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Guillermo Ortega: El legado de Stalin

Stalin fue el responsable de equiparar socialismo con planificación central y propiedad estatal. Marx tenía un conocimiento económico bastante más sólido que sus seguidores soviéticos, pero su interpretación terminó convirtiéndose en fórmulas dogmáticas. Las razones por las que esos principios dejaron de ser populares en el pensamiento de izquierda tiene mucho que ver con el estrepitoso fracaso tanto de la planificación central como del estatismo.

Hoy, en la mayoría de los países socialistas se reniega de ese legado. Sin embargo, el legado de Stalin no deja de ejercer cierta atracción para el mundo de izquierda. Incluso, algunos creen que el ideal de los planificadores está cada vez más cerca. La revolución informática hace pensar en esos sueños de recopilar y procesar toda la información para asignar recursos.

Hoy se contaría con todas las herramientas necesarias para realizar esa descomunal tarea. Controlar qué quiere la gente, cuándo lo necesita, cómo acabar con el “derroche” de una economía de mercado, siempre pasa a ser algo muy apetecible para los cultores del legado. En términos técnicos, un problema que ha estado planteado en toda la literatura marxista prácticamente desde que Marx dejó sin resolver en el famoso tomo III de El capital el tema de la transformación de valores, cuánto cuestan socialmente las cosas, a su expresión en precios, cuánto en realidad se paga por ellas.

Todos los países socialistas fueron cautivados por ese espejismo de la planificación central y todos terminaron topándose, más temprano que tarde, con la realidad del mercado. El más reciente, para sorpresa de muchos, es Corea del Norte, que a pesar de todas las sanciones, ha estado creciendo a una tasa sorpresivamente alta abriendo parte de su economía a zonas de la economía privada. ¿Cuál es el problema? Teóricamente, hay un viejo teorema en economía según el cual la sabiduría omnipresente de un planificador central debería asignar recursos de la misma manera que el sistema de precios. En la práctica, toda la información relevante que procesa el sistema de precios no puede ser encapsulada por un sistema informático; demasiada incertidumbre, demasiadas transformaciones que no pueden ser incorporadas.

La lógica de funcionamiento de un sistema de planificación es incompatible con toda la información que procesa el sistema de precios, mucha manejada a escala individual. Mientras la máquina burocrática toma sus decisiones, a qué precios asignar las cosas, demasiadas cosas están sucediendo a escala individual, de empresas y personas que no pueden ser incorporadas a las decisiones del planificador central. En el mundo socialista, muchos se dieron cuenta de esos problemas muy temprano.

Lenin en 1924 ya había empezado a corregir los errores, los chinos tan temprano como 1953 ya habían comenzado también a discutir algunas implicaciones de sus decisiones. Marchas y contramarchas han implicado diferentes ritmos de correcciones.

Hoy en La Habana, esas tesis del planificador central ya han terminado en el rincón de algunas escuelas de Sociología que siguen venerando los himnos del estalinismo. Chinos, vietnamitas y ahora norcoreanos han demostrado que se puede convivir con una economía de mercado sin ser rehenes de la ingenuidad del legado planificador central.

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