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Nelson Totesaut Rangel: Luces, cámara, acción

Nuestro país ha demostrado ser todo menos normal. Estamos reinados por aquel misterio eleusino que nos hace habitantes de uno de los lugares más extraños de la tierra. Vivir aquí es llevar el don de la actuación por dentro. Somos agentes de acción, haciendo uso de nuestra destreza para sobrevivir a los insólitos estragos cotidianos. Dramáticos, ya que las calamidades juegan un papel esencial en la obra. Y comediantes, arte que empleamos insólitamente y de forma magistral para lidiar con esta tragicomedia que se llama Venezuela.

Descifrar exactamente bajo que parámetro artístico vivimos es realmente difícil de decir. Para mí, es una tragedia griega. Aquí la lucha constante entre lo apolíneo y lo dionisíaco (en busca de esa perpetua reconciliación) se libra diariamente. Hay que recordar -por Nietzsche- que las dos grandes presencias que reinan sobre el plano trágico son Dionisio y Apolo. El primero, materializándose por medio del coro y diálogos, despierta en el hombre su vitalidad natural. El segundo, refiere al campo apolíneo de la razón, sobre el cual los cantos se descarga constantemente. Nosotros, los helenos-criollos, estamos embriagados del impulso dionisíaco, que hace metástasis acabando con el principio individualizador del hombre (es decir, cuando el hombre se pierde a sí mismo dentro de la masa) y le cuesta encontrar la paz y sabiduría en Apolo.

Y no es para menos. Tan solo basta con recordar las noticias de esta semana para evidenciar la pérdida de nuestra cordura. “Efectivos del CICPC lanzan granadas al TSJ y exigen renuncia inmediata de Maduro”. De esta forma cerraban los portales el pasado martes 27 de junio en la noche, con múltiples descargas de la naturaleza desenfrenada dionisíaca sobre el plano de lo apolíneo. Luego, la tragedia continúa con su desarrollo estelar: el sujeto del atentado había robado un helicóptero y, de igual forma, las cámaras; generando una de las noticias más surreal desde que inició este nuevo proceso crónico de protestas. No obstante, con bandera ondeante y plasmado el incansable: “350”, el propósito del OVNI sigue siendo, todavía, un tanto dudoso.

Lo más llamativo de la escena teatral fue, sin duda, lo absurdo del actor (en el sentido amplio del término). Él mismo se identifica como un funcionario de seguridad, lo que explica como se hizo de los medios para perpetrar su cometido y, además, actor real de películas de acción. Luego, asegura tener un respaldo cívico, militar y policial -todo menos político- lo que asoma la posibilidad de la conformación de una célula “paramilitar” similar a una guerrilla o un grupo terrorista. Todo esto desconocido por todos los factores políticos, lo que generó una primera reacción de pánico social ante el posible inicio de un levantamiento armado, bajo el mando de una persona peculiar; de nombre común, pero de aspecto inusual.

Más adelante, resulta increíble la lentitud en la respuesta del Estado, el cual se jacta de poseer uno de los sistemas militares (principalmente antiaéreos) más seguros de todos; incluso, llegando a tentar hasta los gringos. No obstante a esto, una persona es capaz de robar una aeronave de una base militar, lanzar granadas sobre el principal tribunal del país, disparar sobre el Ministerio de seguridad y escapar; todo esto, por cierto, a plena luz del día en la ciudad capital.

En fin, hace poco decía, en tono jocoso, que me levantaba diariamente y lo primero que hacía era revisar si seguíamos teniendo república. Algunos incrédulos me tildaban de paranoico y exagerado. Hoy, no solo me levanto, sino que me acuesto revisando si la estabilidad republicana sobrevive un nuevo día. Ya que nuestra absurda realidad ha mutado, sin duda, al punto de que las películas cobran vida y los actores toman un rol real, dejando en evidencia de que este largometraje “Venezuela” está bastante lejos de acabar. Y, además, todos quieren adquirir un papel de importancia en la esperada secuela, ya que nos dimos cuenta de que existen varios actores que nadie conoce y que están bien dispuestos a participar.

 

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