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Maryclen Stelling: ¿No hay escapatoria?

Los últimos acontecimientos dibujan una sociedad fracturada donde se impone el criterio de lo político en tanto oposición entre amigo y enemigo, entre buenos y malos, consolidándose peligrosamente el convencimiento de la necesaria eliminación del otro.

El combate y la violencia de calle, con intensidad extrema, se apoderan de todos los ámbitos de la vida “ciudadana”, en tanto espacios de reagrupamiento entre “amigos y enemigos” y trasmutados en campos de batalla. Se impone la cotidianidad de la violencia y la destrucción como estrategia política. Los recursos del arsenal del terrorismo se convierten en práctica legítima de una gesta heroica que se libra en diferentes ámbitos.

Nada parece neutralizar el conflicto, encauzarlo y detener la escalada de la violencia. Por el contrario, gradualmente se impone la retórica de la defensa de la confrontación y se intensifica la lucha por el poder, con el poder y del poder.

Se reduce la política a un problema de confrontación callejera, discursiva, mediática, de poderes y cívico-militar. Al fragor de la batalla se construyen relatos autocomplacientes con escasas autocríticas y sus propios héroes y víctimas. Suerte de historias paralelas que se disputan “la verdad”.

El conflicto entre poderes deviene descaradamente en enfrentamiento y guerra abierta trasladada al plano físico, máxima expresión de un proceso de disociación política. Confrontación de fuerzas que se conjuga con un vergonzoso “peloteo” público de la culpa y la inocencia, en un contexto donde la ingenuidad y la candidez política desaparecieron hace rato. Con cada episodio confrontacional se modifican las relaciones de fuerza. Se desatan los demonios a la espera de la decisión final, que pareciera provenir, más que del diálogo, de la confrontación de fuerzas, de la guerra y de las armas como jueces.

En el fragor del combate a muerte política, surge desde la ciudadanía un grito desesperado: “¿Qué podemos hacer los no alineados ni alienados para lograr un entendimiento entre las partes?”, desde donde nos preguntamos: ¿la violencia derrotará al diálogo? ¿Escribimos la historia de la paz o la historia de la guerra? ¿Cómo recogemos el país y emprendemos una necesaria reconstrucción política y moral?

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