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César Malavé: Con fuerza y fe votemos  el 16 de julio            

La desdichada expresión pronunciada por Maduro el 27 de junio, en el Poliedro “Lo que no se pudo con los votos, lo haríamos con las armas” enrarece aún más el clima de  un país incendiado por la violencia en sus cuatro costados, sacudido por una crisis humanitaria no declarada pero real y pavorosa. La historia de la Patria Venezolana registra actos deleznables en el ámbito político, como el asalto al Congreso ordenada por José Tadeo Monagas y la insensatez, frente al Presidente Vargas, de Pedro Carujo. No obstante las acciones del madurismo sobrepasan el monagazo y la desventurada actitud del guapo Carujo frente a la decencia política de José María Vargas. Carujo, por cierto, sería nombrado jefe de tropa de los alzados de 1835 contra el Congreso, y sobre todo contra la figura y la influencia telúrica del general Páez.  Carujo en la cima de  esa tropelía, justo así como ahora el coronel Vladimir Lugo es condecorado, gracias a la gesta de ir, primero, a ultrajar en persona al parlamento, y comandar luego su brutal asalto, el 5 de Julio, seguido por una turba bien equipada de todos los aprestos revolucionarios: palos, piedras, tubos, cuchillos.

Por tratarse de un Presidente, es más reprochable el atrevimiento de Maduro al amenazar con imponerse por las armas. Y menos cuando el gobierno no cuenta con el pueblo suficiente para vender su fraude constitucional. Maduro luce hoy como un líder solo y al propio tiempo mal acompañado, sin autoridad ni promesa, sin palabra ni obra rescatable, ya sin más cartas por jugar, no podrá vencer ni convencer. Los delirios del miedo infundido por el gobierno sobre la población venezolana ha sido convertido; por la miseria, la desesperación y la rabia; en coraje.  En arrebatos de temeridad y en un incontenible y contagioso desplante de heroísmo colectivo. Esa inspiración se agiganta en fuerza y fe con un Leopoldo López más cerca de acompañar al pueblo cuando, al fin, se dispone a sellar su triunfo.  Está muy claro en el pueblo venezolano que tolerar la Constituyente de Maduro sería colocarle una lápida definitiva a la democracia y a las libertades. Nos habremos resignado entonces al latrocinio de una camarilla insaciable y a ser esclavos de una doctrina que fracasó todas las veces que fue ensayada, con ancho y devastador saldo de luto y penuria. Lo ocurrido en la Asamblea Nacional es apenas una muestra.  Comenzando porque la Constituyente, con reglas a convenir, disolvería todos los poderes constituidos y vaciaría cada elección posterior. En este sentido decir que la Consulta Popular del 16 de julio será “simbólica”, en el sentido de que no tendría el justo valor, es ilógico. Y es desatinado, porque todo símbolo representa una idea y, además, que una sociedad sin símbolos colapsa. Y, por encima de todo, esta consulta, llamada a ser multitudinaria, transparente clamorosa e irrefrenable, marcará una expresión unánime de desobediencia civil. Por encima de la simbología, nuestro acto, el domingo 16 de julio,  será una manifestación incuestionable del pueblo, un gesto irreverente, incontrovertible, vivo, y absolutamente práctico con la eficiencia que toda expresión popular implica

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