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Rafael Del Naranco: Los 50 años de la familia Buendía

Supe de la existencia de Cien años de soledad (1967), en una pequeña redacción de un diario provinciano español – “La Voz de Avilés” – en el Principado de Asturias. Poder leerlo sucedió más tarde, cuando a razón de extrañas circunstancias salí en 1975 camino de Caracas en una singladura que duró cuatro décadas. Una vida con sus impetuosas envolturas.

Mi único contacto con Gabriel García Márquez sucedió, siendo yo director de la revista Elite, en la vivienda de Miguel Ángel Capriles en un acto en que a Gabo se le hizo entrega, de manos del presidente Jaime Lusinchi, de una cédula venezolana “con el deseo que no se sintiera nunca más indocumentado”, frase  famosa de la portada de un libro –Cuando era feliz e indocumentado– con los artículos que durante varios años su desconocida figura de entonces, empezó a publicar en la revista Elite.

El primero de esos reportajes, insertado el 11 de agosto de 1959, llevaba por título “Por fin un heredero para Mónaco”. Más tarde vino a Caracas y pasó en la ciudad un tiempo largo en compañía de amigos para él inolvidables, entre ellos su paisano Plinio Apuleyo Mendoza, la hermana de éste, Soledad Mendoza, Teodoro Petkoff, Jesús Soto y Simón Alberto Consalvi, entre otros.

Cien años de Soledad es tumulto literario impresionante, único en su género literario y en su calidad imaginativa, el nacimiento de un mundo incomparable con personajes perennes cuyo primogénito círculo la formaban el Coronel Aureliano Buendía, José Arcadio Buendía, Úrsula Iguarán, Amaranta, Santa Sofía de la Piedra, Melquíades y algunos más. Hoy suelo leer ese sortilegio creador, telúrico, abriendo cualquier página y sigo sintiendo la misma delectación, o tal vez más, que la primera vez que tuve la obra en mis manos.

En Cien años de soledad descubrimos con pasmo otra dimensión, la magia, el sortilegio, la alquimia y la irisación perturbadora de la ciénaga.

Macondo -la Troya moderna- era un pueblo marcado por la fantasía y el tiempo imperturbable, donde habían unos gitanos vendedores de todo lo imposible y un cambalache de personajes en cuyo epicentro, Úrsula, era la representación genuina del matriarcado ginecocrático, el cordón umbilical de una historia interminable donde el amor envolvía cada acto de la realidad circundante en una marisma sexual y violenta.

Ella, viento vertebral de la novela, es el segmento de una ceremonia de iniciación esotérica, pues en la trashumancia de luz, sombra y adivinación, la mujer renace en círculos de pasión, demencia y arrebatos, de tal forma que sus alucinaciones son parte subliminal de la realidad, tal como la agorera troyana Casandra.

En esas páginas cruza la historia de la Tierra en un santiamén, un ciclo de cien años donde vamos de la prehistoria de la raza humana hasta buscar una segunda oportunidad que ninguno de los personajes tendrán nunca más.

Razonablemente sea chocante, y aún así, entre Troya y Macondo, el entorno y la invención es el mismo. El Mediterráneo y el Caribe son aguas buenas para la ensoñación, el desparpajo y la alegoría.

El rito asombroso dura una tarde con su noche y al desmembrarse en motas de luz comenzado el alba, regresa a la cháchara de Macondo a dar oídos a las ficciones de Aureliano Buendía o los regaños de Úrsula.

Gabriel García Márquez tiene un “don” hierático. Un aliento recóndito que le habla al oído entre gallos capones.

Cuentan por Riohacha que en una  anochecida en cierta tasca putera de Barranquilla, discutió con su propio álter ego y decidió en ese instante que su imaginación luciferina (así la retrataría Mario Vargas Llosa) con puñeteras mentiras y fabulosas irrealidades, la compartiría con el “don” y sería su amanuense.

La entelequia que todo lo sabe, el Aleph universal que antes se acurrucaba en la calle Garay de Buenos Aires, en los aposentos de Beatriz Viterbio, el amor convertido en bruma de Jorge Luis Borges, aceptó.

Ya he dicho más de una vez que en Bahía de Todos los Santos, ciudad brasileña de la negritud donde nació el realismo mágico con su ventarrón oceánico, el sumo sacerdote de esa religión de árboles creciendo en el aire y mujeres pariendo entre hojarascas de plátano y mariposas amarillas, Jorge Amado, con el pelo blanco y la comisura de un babalao, solía decir entre taza de café boca abajo, tabaco negro bañado en ron, que si un escritor nace sin el “don” poco valdría esforzarse.

Tanto Homero como Gabo retratan a los humanos en un mundo de realidades que nos parecen irrazonables y encierran la verdad de nuestra existencia con sus miedos y unas esperanzas elevadas sobre el horizonte.

En La Ilíada, igual que en la ciénaga colombiana, todo está repleto de desventuras que sujetan la esencia de seguir indisolublemente existiendo, aunque la ciénaga de Macondo ya no volverá a cumplir otros cien años de soledad hasta que no regrese la próxima eternidad.

rnaranco@hotmail.com

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