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Guillermo Ortega: Criptomonedas y Banco Central

De vez en cuando resurge la idea de sustituir los bancos centrales, eliminar la discrecionalidad en el manejo de loa asuntos monetarios. En un país donde el banco central es la principal agencia de recaudación del Gobierno a través del impuesto inflacionario, no debe extrañar que la gente esté dispuesta a ensayar cualquier extravagancia.

Es el caso de la dolarización, pero también hay quienes ven en algunas de las llamadas criptomonedas una oportunidad de salvación. En un articulo anterior, decíamos que el surgimiento del dinero digital es un excelente escenario para repasar algunas lecciones básicas de teoría monetaria. El dinero es básicamente fiduciario: depende de la confianza que tienen los agentes económicos en realizar transacciones con él.

La idea popularizada por Paul Samuelson, uno de los grandes economistas del siglo XX, de que si un poder superior introduce el dinero, sea el Estado o alguien desde una computadora en un garaje, un activo sin respaldo creado de la nada, en el cual la gente “cree” en sus atributos como medio de pago, el abaratar costos de hacer transacciones permite el desarrollo de una economía monetaria. El surgimiento de las criptomonedas es de cierta forma la idea del helicóptero llevada al extremo.

Dinero sin respaldo, con un algoritmo de creación que cautiva a los neófitos en teoría monetaria y que entusiasma a algunos de que puede sustituir otras formas de pago eliminando a su vez toda discrecionalidad. Pero así como es un campo fascinante para descubrir asuntos vinculados al valor de las monedas, también pone al descubierto el rol de los bancos centrales. Ha ocurrido que las criptomonedas son víctimas de su propia popularidad. Ocurre que euforias y olas de pánico hacen que los precios de esas monedas tengan variaciones muy dramáticas en sus precios.

Una moneda, para ser utilizada como instrumento de pago, básicamente debe tener un precio relativamente estable; de lo contrario, es sustituida por otros instrumentos. Es cierto que toda la teoría monetaria moderna apunta a que es necesario reducir la discrecionalidad en el manejo de la creación monetaria, sobre todo aquella que se fundamenta en una línea muy primitiva de tratar de producir bienestar a través de la manipulación de la cantidad de dinero. La gente acepta que ese poder superior reparta una determinada cantidad de dinero, pero que no se convierta en el gran benefactor utilizando esa condición.

Esas fluctuaciones en el precio de las monedas digitales pone en evidencia una tarea muy fundamental de un banco central moderno. La disyuntiva para esas criptomonedas es que, para dejar de ser simples commodities, activos que despierten mayor o menor interés, o convertirse en instrumentos de pago que compitan seriamente con monedas tradicionales, necesitan un mecanismo regulador, capaz de atender euforias y pánicos; requieren un banco central moderno.

Si Ben Bernanke, uno de los estudiosos más agudos de esos episodios a comienzos del siglo pasado, no hubiera más que duplicado el balance del banco central en la crisis de 2008, la tragedia habría sido épica. La idea del monetarismo extremo de eliminar toda discrecionalidad –compartida por los fanáticos del dinero digital– es, a efectos prácticos, ciencia ficción de baja factura.

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