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Víctor Maldonado: Civismo en acción

Desde hace más de 100 días, los venezolanos están inmersos en una nueva experiencia ciudadana que Michael Randle llama “no violencia estratégica”, es decir, una resistencia civil no violenta que tiene como objeto dar un vuelco o cambiar radicalmente el sistema político y social.

Algunos, los que están en el poder, se oponen a reconocer la validez del intento, pero la verdad es que los gobiernos se miden por su eficacia, es decir, por la capacidad que demuestran en resolver efectivamente los problemas básicos de la gente, como comer completo, pensar lo que les venga en gana, y tener garantizadas sus libertades a ser, tener y producir, al amparo de condiciones de marco legales, que operen a favor del ciudadano y no en contra. Le guste o no al régimen, el inventario de los derechos humanos, proclamados universalmente, se ha convertido en un dedo acusador, que no cesa de exigir una vuelta a la cordura. Desgraciadamente, los que están al frente del país no están dispuestos a conceder nada que les perturbe sus ganas de concentrar todo el poder. Pero el intento no les está resultando nada fácil, sobre todo porque se están desgastando aceleradamente, al no entender que el uso de la fuerza bruta es un corrosivo altamente eficiente de las posibilidades de mantenerse a largo plazo.

Estos últimos días se han logrado éxitos cívicos indiscutibles, entre los que resaltan el plebiscito y la huelga ciudadana. Todas estas iniciativas han demostrado dos aspectos que resultan cruciales para aquellos que quieran mantenerse en el poder. El primero, que los gobiernos necesitan más al pueblo, que el pueblo a los gobiernos. Lo segundo, que sin una mínima legitimidad institucional, no hay régimen que pueda persistir. Y la verdad es que ni una cosa ni la otra las tiene a favor el gobierno actual. De un gobierno ineficaz no puede depender nadie, y precisamente esa ineficacia se da porque las instituciones no están haciendo lo debido, o están comprometidas con el civismo en acción. El saldo es la paralización económica. Por eso, la acción cívica que millones de venezolanos están protagonizando se traduce en un esfuerzo colectivo de deslegitimación que procura desafiar la validez de un gobierno ineficaz y que lo priva de su principal fuente de poder: la colaboración de la sociedad para su sostenimiento.

El régimen sabe que no las tiene todas consigo. La realidad es una atroz acusación que no cesa de exigirle cambios y rectificaciones. Sin embargo, el gobierno luce incapaz de imaginar una solución diferente al socialismo interventor y autoritario, que se vale de unos pocos cuadros, altamente ideologizados, para administrar represión, y mantener una persecución ineficaz en el intento de lograr atajar la crisis. El discurso oficial está agotado de realidad y altamente sesgado por el resentimiento. Pero en algún momento van a sentir el vacío de los que no tienen sustento, y esa será la oportunidad para implementar el cambio que todos aspiran.

¿En qué consiste ese cambio? Democracia, libertad y justicia son sus indicadores más conspicuos, luego de tantos años de trama populista que nos ha arrinconado en la miseria y el autoritarismo. Por querer lograr lo que el régimen no quiere dar, los ciudadanos siguen activos, y se mantendrán así hasta que no haya ninguna alternativa que conceder el cambio que todos exigen.

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