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Rafael Del Naranco: El desgarrador éxodo

La información de prensa arribada al principio de la semana a los medios de comunicación y venida de la frontera de Venezuela y Colombia, en la línea divisora de San Antonio del Táchira con Cúcuta, es apesadumbradora:

Habla de una serpenteante y multitudinaria fila de personas aguardando hace días el camino para transitar el paso limítrofe, debido al temor de un cambio de la Constitución Bolivariana, bajo el auspicio de una Asamblea Constituyente promovida por el presidente Nicolás Maduro y observada en la ciudadanía con aprensión a recuento de su tajadura autócrata.

Hace semanas cientos de venezolanos vienen cruzando la raya divisoria para ir al país vecino solicitando un instrumento denominado Tarjeta de Movilidad Fronteriza; la mayoría no han regresado en los últimos días al haber preferido el sendero de la expatriación hasta que la situación política, si posible fuera, se pacifique.

Medio siglo largo hace que no sucedía esa evasión en nuestro país. Sí llegaba del norte de Santander multitudinaria presencia de paisas hacia Venezuela con el deseo de integrarse en esta “tierra de gracia”. Otros lo hacían  cruzando el “Arauca vibrador” acoplado al Orinoco.

Entre un anhelo de afanes que es todo emigrante, hay un afluente de silencios y amapolas mustias, al ser el tintineo del aliento que gime en la oscuridad de su propio huida.

Adecuado sería recordar que ninguna constituyente o pretensión del gobernante de turno, contraria a la ley natural, tiene valor. La naturaleza ha querido que el ser humano sea libre, y no cabe suponer que los miembros de una sociedad se despojen de sus derechos para entregárselos a la voluntad de un individuo.

Y la pregunta, cuando se intenta cercenar los gorjeos desprendidos del espíritu, sería la de Michel de Montaigne: “¿Por qué procurar un bien certísimo buscando un bien en extremo dudoso?”. Ese decir, denegar las esperanzas de un pueblo de ser libres a cuenta del yugo de unas disposiciones nada justas.

Esos miles de venezolanos se desplazan a la frontera colombiana, debido a la precaria situación de nuestra económica, la exacerbación de la política y las permanentes protestas contra una Asamblea Constituyente impulsada a juro por el Gobierno.

Una mujer con deseos de marcharse habló: “Me siento sumamente adolorida al saber que llevo en dos maletas toda mi vida”. Ella, su esposo y dos hijos, cruzaban el puente internacional “Simón Bolívar”, y con los ojos humedecidos añadió: “Lo hago por mis niños, porque ellos no tienen futuro en Venezuela”.

Lo trazó el alejandrino Konstandinos Kavafis: “Iré a otra tierra, iré a otro mar. / Otra ciudad encontraré mejor que ésta. / Cada esfuerzo mío es una condena escrita, / y mi corazón, como un muerto, está enterrado”.

La odisea del éxodo es pasión incandescente desde la misma alborada de los tiempos: dentro de cada persona hay una profunda avidez de hallar una heredad prometida aún sabiendas de que muchos no llegarán al nirvana codiciado.

Al haber sido uno emigrante de la soledad y el llanto, conocemos bien lo que intentamos narrar. Cada exilio crea una especie de ruptura penetrante y difícil de explicar, es igual  un ahogo interior que los años no ayudan aplacar y va alejando de la esencia materna del recodo de la vida, esas emociones que hablan de países maravillosos repletos de leche y miel tras las lejanas montañas o los alucinantes mares, al ser como mascarón de proa preparándonos para  surcar el piélago de la esperanza que siempre se halla un poco más allá de jamás nunca. Unos la llegan a palpar, otros nunca, al volverse ese linde viento de secano, tierra baldía, dolor con escamas hirientes, desazón sin fin.

Y es que los expatriados pertenecemos irremediablemente a la escala de los soñadores por encima de nuestros propios afanes, y sabemos en qué consiste dar la vida por alcanzar unos aledaños fronterizos. En el ADN que contiene el ácido nucleico de las instrucciones genéticas, todo ser humano posee el derecho a emigrar al encuentro de los almendros en flor que le empujan inexorablemente hacia la imperecedera utopía soñada.

Durante años, demasiados, hemos  intentado borrar sin conseguirlo, recuerdos sobre el desarraigo de la expatriación con sabor a sal y llanto en la mirada.

Hoy sabemos con suma certeza la forma y manera en que ella profundiza una ruptura despedazada difícil de explicar con palabras, al reconocer, con total convencimiento, su condición de infortunio vivencial.

La emigración obliga alejarse de las  zanjas primogénitas, esas que aunadas a las rinconeras transitadas en la niñez, cortan de cuajo los afanes familiares y convierten en mascarón de proa hendida al ser humano que somos hoy.

Al trasluz de esa trashumancia, toda nuestra escritura está construida de éxodos ineludibles.

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