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Alirio Pérez Lo Presti: Una temporada en el infierno

La historia de la civilización ha cultivado un deslumbramiento tradicional en relación a las cosas asombrosas, que posean una marca de teatralidad, de misterio o de franca locura. Lo vemos en el arte, en todo aquello que tenga que ver con las ciencias o los asombrosos adelantos tecnológicos de nuestro tiempo. Siempre existe una larga cola detrás de cada una de estas manifestaciones humanas, percibidas por el común de las personas con deleite, fascinación, temor o admiración.

La historia de la poesía moderna, por ejemplo, tiene la marca de lo tenebroso. No es casual que un poeta maldito como Arthur Rimbaud sea el que haya surcado el rumbo de la creación artística de este género literario. Lo poético cambia porque solo con la avasallante presencia de la locura es que se crean las cunetas que deslumbran y hacen que se imiten los modelos a seguir. La breve obra de Rimbaud posee el suficiente poder y la aplastante fuerza que se necesita para “demoler  la creación”. Sus obras: Poesías, Cartas del vidente, Una temporada en el infierno, Iluminaciones y Cartas completas, marcaron una ruta creativa que va desde los movimientos vanguardistas como el surrealismo hasta el peso de la creación de las más disímiles artes del siglo XXI.

Pero el asunto obviamente va mucho más lejos en el tiempo y la larga lista de extraordinarias relaciones entre lo que percibimos como anormal y la fascinación que nos produce es parte de todas las manifestaciones de la cultura universal. En la tragedia griega, lo extremadamente grave es lo que termina por fascinar: desde el incesto del rey Edipo hasta la filicida Medea, que en un ataque de locura por celos, le da muerte a sus hijos, cada expresión artística del hombre no hace sino rendirle un culto a la locura macabra que se encuentra presente en cada rincón de la existencia. Miguel de Cervantes Saavedra pudo expresar su percepción del mundo solo a través de la enajenación y logra recrear en un viejo loco los temas fundamentales en relación al hombre y sus múltiples vínculos con el entorno. De esta manera se burla de tantas cosas prohibidas y plantea los más peliagudos problemas sin entrar en conflicto con las personas de su tiempo y logra que sea la risa la que se apodere de los lectores.

Haciendo un recorrido por el brillo de la música, pareciera una especie de biografía psicopatológica en donde muchos de los más grandes representantes del humor musical parecieran necesitar de la muleta del alienado para recrear sus producciones. No menos presente está el artista plástico y su intensa relación con lo raro que va desde la grandeza creativa de Van Gogh hasta el deslumbrante Armando Reverón.

La idea del científico loco como potencial hombre que seduce y que es capaz de destruir, suele causar tanta fascinación como rechazo y no menos extravagantes son los creadores contemporáneos de las más intrincadas microtecnologías, que son capaces de ingeniar desde juegos hasta las inusitadas formas de comunicación con neolengua incluida, que las nuevas generaciones asumen como parte cotidiana de sus vidas. En los deportes, la competencia se ha vuelto cada vez mayor, porque las inalcanzables marcas ya no son ni siquiera pensables de lograr  por  el hombre común y el su- peratleta se muestra como una forma anómala de ejercitar el cuerpo, con su redundante impacto en la mente del individuo y de lo cultural.

Pero todas estas maneras de encantamiento hacia lo mórbido, de manera paradojal, terminan por formar parte de la cultura cotidiana y pierden su carácter de hallarse al margen de lo social para finalmente ser objeto de interés de los centros de estudios, convirtiéndose en un saber de tipo convencional. Nada de especial tiene, porque así ha funcionado lo civilizatorio.

El asunto se hace más que interesante cuando sobrepasa al individuo y adquiere un carácter social y no podía estar por fuera de estas premisas que asomo, el caso de los liderazgos. Cuando después de un Adolfo Hitler, parecía que la humanidad iba a entrar en una época de reflexión, surgen los más descabellados personajes y el siglo XX llegó a parecer una especie de museo del terror por la cantidad de guías con los más disonantes desvaríos y la relación con las grandes masas precisamente por los desvaríos mentales del líder.

Ese rasgo de intervinculación entre lo insano y las muchedumbres es la marca de Caín que nos sigue persiguiendo incluso en nuestro tiempo, en donde los más disparatados sujetos siguen haciendo el papel de conductores de las naciones, llenando de interés las vidas y las carencias más retorcidas que se encuentran en el mundo íntimo de los pueblos en una espera acechante para disparar a la escena del protagonismo a los líderes más insensatos. Con todas las cuotas de progreso que podamos adquirir y con los más impresionantes avances tecno-científicos, está en la naturaleza social del hombre el ser seducido por las fuerzas oscuras que se hallan siempre latentes.

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