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Rafael Del Naranco: ¿Hacia dónde vamos?

Estas líneas han sido fraguadas tras el resultado de las votaciones del pasado domingo. Un plebiscito en el que el chavismo sin Chávez se empeñó en salvar lo que aún cree poder recuperar de una revolución surgida al socaire de millones de venezolanos y actualmente camino de un despeñadero.

Un alma que afirma conversar con los pajaritos al socaire de san Francisco de Asís y ve el rostro del Comandante en las paredes de los túneles del metro, no ha tenido la sagacidad suficiente que le podría haber llevado a darse cuenta que estaba envolviendo en tolvanera el legado del hombre de Sabaneta.

Es innegable que Hugo Chávez y su política llevaron a muchos venezolanos de la ilusión al desengaño, y aun así, la situación del país no había llegado a la actual marabunta, cuando vemos que la Constitución de la República, salida de una incuestionable Constituyente – no la hipérbole del pasado día 30 de julio-, respetaba valores, leyes y libertades, mientras el actualmente decaído socialismo del siglo XXI se hizo agua salobre, hiel, despotismo y corrupción a espuertas.

Mal servicio hubiéramos hecho a la  memoria del presidente extinto, si estas líneas no fueran escritas con franqueza a su memoria. Las tajaduras que le han dado al teniente coronel llanero colman su sarcófago de hirientes heridas.

Si Nicolás Maduro no rectifica -y  no lo podrá hacer ante el grupo de bravucones políticos que tiene a su lado-, el chavismo, como partido político, se hundirá en el fango. La gobernabilidad posee muchas facetas, y una básica es saber hacer uso en el momento preciso del sentido común. No ha sido la oposición que lo ha ido derribando todo: lo fue, y lo sigue siendo, la desastrosa forma de administrar la nación, con grupitos adosados al patio del pez que escupe agua en los estanques de  Miraflores, y que hemos visto desfilan, una y otra vez, en diversos cargos ministeriales tras fracasar repetidamente en cada uno de los anteriores. Nunca tan pocos hicieron tanto daño a tantos.

El verdadero enemigo del jefe del Estado se halla dentro de su entorno y él lo sabe. Ya no está Fidel Castro abocado a expresarle lo que debería hacer, de la misma forma que en su momento preciso le dijo a Hugo Chávez,  cuando la existencia misma se le iba por los poros del espíritu, que nombrará candidato a la presidencia a Nicolás, al representar para la isla el tablón de su salvación económica. Esa historia fidedigna no está aún matizada en toda su amplitud. Quizás haya tiempo de hacerlo.

Los sopotocientos nominados a dedo en la Constituyente con alma de aparecidos, si así nos atenemos a las declaraciones de los técnicos de Smartmatic, representan en su mayoría al chavismo antediluviano. Son la voz de su amo, incapaces de enfrentarse con denuedo a los brumosos problemas existentes, tanto políticos como económicos. Pavoroso saber al día de hoy que para comprar un dólar son necesarios 16.000 bolívares.

Si a esto acoplamos unos medios de comunicación oficialistas marcados por el servilismo -se puede salvar media docena, entre ellos Aporrea-, nos damos cuenta de la caída estrepitosa de un movimiento político que en pleno siglo XX trajo esperanzas anhelantes a la mayoría de los venezolanos. Parte de la oposición al presente está repleta de chavistas desilusionados que han aguantado loindeciso.

Nadie en el gobierno hace un mea culpa. Los desarreglos provienen de los aduladores de faena y soldada, de los enemigos externos de la revolución, y así seguirá siendo para estos malogrados hasta que terminen de hundir al fondo del mar Caribe la carabela o bongo que tenemos como país.

Quien no se haya dado cuenta a estas alturas de la debacle, de que la tierra de Simón Bolívar se ha convertido en un latifundio de ingobernabilidad personalista, cuyo único fin será un régimen sui generis de un solo partido mal avenido, de una sola idea y  desigual ideología, debería despertar de su adormecida modorra.

El Presidente actúa con las características del autócrata displicente. Vilipendia al mandamás Trump, con razón o sin ella, y no obstante entregó a su campaña electoral la friolera de 500.000 dólares.

Nota aparte: con ese dinero se hubieran adquirido miles de medicamentos tan necesarios en el país, algo inaudito en un gobierno que vocea su socialismo.

Son necesarias, ahora más que nunca, actitudes, no palabras hueras.

El balance de la Constituyente impuesta es gris llegando a negro. No hay libre albedrío en el ecuánime concepto de un derecho impreso en la Carta Magna, sino andrajos que van trenzando una red de intolerancia que cae sobre esta hacienda que el gran jurista Juan Germán Roscio anheló ver emancipada a partir de los albores de la independencia patria.

La situación presente es saber hacia dónde caminamos, en una encrucijada que solamente debe marcar una dirección: vía de la democracia.

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