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Rafael Del Naranco: En la tierra de mis mayores

A mediados del pasado mes de julio, excesivamente calenturiento, tras cruzar en tren media España sobre roquedales, labrantíos yertos, creer escuchar el sonido de la milana, ver el sereno vuelo de la cigüeña en tierras de Castilla la Vieja, doblar un recodo de olmos y empinar la agreste cordillera de Pajares, penetramos en el Principado de Asturias. La heredad de mi nacencia.

Desde lo alto, hacia lontananza, se divisa un horizonte de apretados picachos y jirones de nubes sobre un paisaje matizado de todos los verdes posibles.

Y uno, ambulante de alboradas, escribidor de crónicas de ausencia, va penetrando en la pequeña aldehuela  que se desparrama al encuentro de los apriscos, olas del mar Cantábrico y añoranzas que llegan con pertinacia a la memoria.

En el hogar familiar, los amigos de antaño, ahora robles, sosegados pinos, duras encinas de sangre y savia, colocaron sobre la mesa de toba madera, testigo silente de tantos encuentros, el saludo dadivoso de la apego, convertido ahora en cecina, jamón casero, mientras de un fogón cercano, a la sombra del retorcido castaño, resistiendo como pocos las puñaladas del tiempo, nos llegaba el olor de nuestra sencilla cocina popular.

Unas “fabes” blancas, con su correspondiente “compango” de chorizo, tocino y morcilla, nos esperan acompañadas de pan de escanda, un cereal que en la profunda Europa hacia las inmensas mesetas rusas, evoca el trigo visigótico, el mismo con el que eran consagrados, empapado en vino de la tierra, emperadores, reyes y el mismo Santo Padre de Roma, sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Patriarca de Occidente y Supremo Pontífice de la iglesia de Cristo Universal.

Es decir, la gloria condescendiente y divina al unísono sobre un canto gregoriano resurgido de la misma abadía de Roncesvalles.

En la sobremesa, entre culines de espumosa sidra y las sabrosas empanadas fritas de hojaldre rellenas de nuez molida y azucarada, alguien, para recordarnos el tiempo congelado en alguna parte de nuestra esencia, entonó la balada de las honduras, esa que si uno las  aprieta sobre los nudillos de las manos duelen y hace brotar escozor.

“Ay, linda amiga que no vuelvo a verte. / Cuerpo garrido que me lleva la muerte”.

Al alba, comenzando a abrirse la mañana sobre las crestas quebrajosas con una temperatura veraniega que seca las gargantas, acudimos a la tumba de madre, cita ineludible para calmar la congoja, aminorar las penas entrecortadas y, si tercia, disipar caducas querencias envueltas en una calina de emigración y abatido olvido.

En la niñez la vida era clara, sencilla, alegre. Las tumbas, lugar para jugar al escondite y comenzar en solitario las primeras escaramuzas del amor, están ahora mohínas. Aquellos cipreses erguidos, cimarrones duros contra el aire, nos asombraron siempre y aún hoy lo hacen, al sentir ante ellos, cuando volvemos a contemplarlos, un respeto solemne.

En un nicho alto, demasiado para poder acariciar la losa, está madre; también un hermano recién nacido convertido en brizna.

En Gijón -pueblo marino de mástiles con sombras donde ella a ramalazos de la posguerra nos trajo al mundo envueltos en ternura traslúcida- nada está igual, todo ha cambiado y uno igualmente.

El hombre de ahora mismo curtido de singladuras, mechones blancos, rugosidades y en la mirada un espacio de tiempo ineludiblemente congelado, busca algo que ya no encuentra: juegos, travesuras y los iniciales ardores convertidos más tarde en ternuras candentes.

Hay en el aire rasgos ajados, escarchadas sonrisas en las esquinas de la calle Eulalia Álvarez, y la certeza de saber que todo actualmente es como ir al encuentro de los hermosos cerezos en flor.

Retornar al vetusto hogar luego de  años de ausencia, es desdoblar el aliento, cubrirlo de añoranzas  y esperar el crepúsculo para que nos ayude a cruzar el río impetuoso de la vida. Se está bien allí, en la calle donde hemos comenzado nuestra larga singladura vivencial. Es inequívoco: Uno siempre intenta regresa a las raíces, a la quietud de la luminiscencia  recordada.

España, lo ibérico que nos circunda, siempre ha sido en nosotros una disyuntiva. Tantos años alejados de ese amasijo de historia embravecida y nos damos cuenta de lo poco que sabemos de ella.

Sentimos sonrojo y nos sustentamos  con los versos de Eugenio de Nora:

“Yo no canto la historia que bosteza en los libros, / ni la gloria que arrastra las sombras de la muerte. / ¡España está en nosotros…!”.

Siempre había sucedido así: éramos sin saberlo en las orillas calmosas del mar Caribe, asturianos de ausencias y doloras. Hoy de malogros resquebrajados. De regreso a los litorales de ese lago con nombre de Mediterráneo, el  tren va cruzando indistintamente terrones cicatrizados mientras el aire intratable achicharra la sementera. Agosto se volvió inclemente.

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