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Alfredo Toro Hardy: ¿Guerra en Corea?

Desde finales del siglo XIX Corea fue ocupada por Japón, permaneciendo como colonia de aquél hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. En ese momento Estados Unidos y la Unión Soviética dividieron en dos al país, adscribiendo las mitades a sus respectivas esferas de influencia. Las conversaciones para la reunificación de ambas partes fracasaron y para 1948 dos regímenes ideológicamente contrapuestos se habían ya consolidado. La torpe exclusión pública de Corea del Sur como zona de interés estratégico de Estados Unidos, por parte del secretario de Estado de ese país, Dean Acheson, proyectó la impresión de que Washington no estaría dispuesta a defenderla en caso de invasión. Ello desencadenó la ofensiva del Norte y puso en marcha una sangrienta guerra que habría de prolongarse por tres años con participación activa de Estados Unidos.

Finalizadas las hostilidades se firmó un armisticio en el que las partes se comprometieron a cesar el fuego, pero sin firmar un tratado formal de paz. Técnicamente éstas permanecen aún en guerra. Desde entonces la familia del líder fundador de Corea del Norte, Kim Il-sung, permanece en el poder. Aquel fue sucedido por su hijo Kim Jong-il, quien a su vez lo fue tras su muerte por su hijo Kim Jong-un. Fue precisamente el segundo de éstos quien inició el programa nuclear del país.

En los años noventa ello estuvo a punto de llevar a la Administración Clinton a un bombardeo de sus instalaciones atómicas. Sin embargo, una evaluación de costos y beneficios hizo evidente la improcedencia de esta vía, llevando a la Casa Blanca a firmar un acuerdo con el régimen de Pyongyang en 1994. En base al mismo Corea del Norte se comprometía a suspender el enriquecimiento de uranio y Washington se obligaba a proveer la instalación de dos reactores nucleares de agua ligera para generación eléctrica. Ambos se comprometían, a la vez, a adelantar la normalización de sus relaciones políticas y diplomáticas.

De lado y lado hubo incumplimientos y cuando en 2002 Estados Unidos confrontó a los norcoreanos por la continuación del enriquecimiento de uranio, éstos alegaron que Washington tampoco estaba honrando su parte del trato. Pyongyang se comprometió sin embargo a suspender tal enriquecimiento, si Estados Unidos le brindaba garantías explícitas de no atacarlos y firmaba un acuerdo de paz.

Blandiendo su prepotencia habitual la Administración Bush, entonces en el poder, prefirió recurrir a la dureza, exigiendo el cese inmediato y sin condiciones del enriquecimiento de uranio. Ello ocurría en el año mismo en que Bush había transformado a la acción preventiva en eje central de su doctrina militar y colocado a Corea del Norte dentro del llamado “Eje del Mal”. Esto, a la vez, un año después de anunciar el desarrollo de un sistema misilístico defensivo para proteger a Estados Unidos de “naciones villanas como Corea del Norte”.

Acorralar a un régimen aquejado de paranoia crónica no era desde luego el mejor curso de acción. Sobre todo porque no se disponía de capacidad para doblegarlo sin asumir costos desproporcionados. En efecto, en 2003 el Pentágono presentó al Presidente la opción del bombardeo de las instalaciones nucleares pero, al igual que había ocurrido en tiempos de Clinton, ésta fue desechada por improcedente. Atacar a Corea del Norte implicaba la destrucción de Seúl, la capital de Corea del Sur, la cual se encontraba a distancia de tiro de veinte mil cañones norcoreanos.

Fue en virtud de ello que Bush aceptó una negociación a seis, en la que Pyongyang y Washington resultaron los protagonistas principales. Ello distaba, no obstante, de la negociación cara a cara perseguida por Corea del Norte, desesperada por encontrar una reconciliación con Estados Unidos. Fue un proceso frustrante y con pocos resultados. Ante la ausencia de un tratado de paz que pusiera definitivamente fin a estado de beligerancia, Pyongyang detonó su primera bomba atómica en 2006.

Sin embargo, el programa nuclear iniciado por el segundo de los Kim nunca persiguió como prioridad objetivos propiamente militares, tratándose de un instrumento político destinado a obtener concesiones. Su hijo, en cambio, busca transformar al país en una potencia nuclear con capacidad efectiva para amedrentar a Estados Unidos. Luego de cinco pruebas nucleares, un arsenal con más de veinte bombas atómicas, numerosos ensayos misilísticos, la capacidad para lanzar misiles intercontinentales y la aparente capacidad para miniaturizar cabezas nucleares, la cosa va en serio. En poco tiempo Pyongyang podrá convertirse en una amenaza nuclear al territorio continental estadounidense.

Llegado a este punto las opciones reales para Washington parecieran reducirse a dos: un ataque preventivo a las instalaciones nucleares norcoreanas a expensas de una terrible represalia sobre Corea del Sur o una negociación cara a cara llamada a normalizar las relaciones y firmar un tratado de paz. No hay salida fácil y nada garantiza que Kim Jong-un esté dispuesto a deshacerse de su armamento nuclear.

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