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Ramón Guillermo Aveledo: Política básica

El poder es el invento humano para la procura del bien común. Originalmente, su cometido fue garantizar el orden, una noción que se fue ampliando y profundizando, cuando la idea presente de orden público se demostró insuficiente y adquirió la dimensión futura, prospectiva, de orden social.

La política es el invento humano para organizar el conflicto en la sociedad, así como la lucha por el poder en su seno. Para que esta no sea con base en la fuerza, es decir de la violencia, sino en el marco de la inteligencia, mediante reglas que cumplen gobernantes y gobernados, las cuales se dictan de acuerdo a formalidades conocidas, establecidas para asegurar los derechos de todos.

En lo político, puede decirse que la civilización es un proceso histórico cuyo sentido es el paso del poder personal al institucional, del poder absoluto al limitado, y del poder concentrado al distribuido.

Que esa es una idea “burguesa” de la política y solamente una modalidad, precisamente la “burguesa”, entre las varias que de democracia existen; se oirá decir desde alguna ideología de esas que justifican las dictaduras con pretextos de “derecha” como la seguridad nacional o de “izquierda” como la justicia con promoción del proletariado, o ambas como es el caso del curioso experimento que es este torbellino en medio del cual se ve involucrada la sociedad venezolana.

Pero lo cierto, por históricamente comprobable, es que siendo imperfecta siempre la sociedad humana, la organización que mejor garantiza esa búsqueda del bien común, con respeto a la persona y su dignidad, en clima de libertad y paz, es la democracia. Y cuando esta falla, que no es ninguna rareza, un entramado institucional garantiza que el humano “derecho a pataleo” trascienda al desahogo y se convierta en posibilidad de resolver los problemas, cambiar las cosas y seguir adelante.

Esas ideas, bastante elementales, escapan a la comprensión de quienes nos gobiernan desde la superstición de que son amos y señores del poder, de la república entera, de nuestras vidas y nuestros destinos.

El resultado es que en vez de los equilibrios propios de la política, en cuanto al poder, la economía y la vida social, sufrimos los múltiples desequilibrios que su proceder genera. Del costo de la vida a la represión, de la escasez al irrespeto a la Constitución, de la inseguridad a la discriminación, de la corrupción a la “constituyente”. Nada es más antipolítico que la arbitrariedad.

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