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Guillermo Ortega: La tragedia inflacionaria

El proceso inflacionario que vivimos en Venezuela es particularmente doloroso. Una tasa de inflación mensual de 25%, que anualizada alcanza 1.000%, acompañada de una brutal caída en el producto, ha tenido un efecto devastador en mucho hogares. Es una combinación cuya magnitud tiene muy pocos puntos de comparación con otros procesos. En términos académicos, este episodio no tiene nada de particular. Un enorme desbalance fiscal, financiado por una expansión monetaria sin precedentes, es el récipe que se encuentra en cualquier libro de texto para generar tasas de inflación de esos niveles. Por supuesto, cualquier narrativa tiene sus peculiaridades, pero esa combinación de desbalance fiscal y financiamiento monetario es la puesta en escena.

El BCV se ha convertido en la principal agente de recaudación de impuesto inflacionario. Entre mayo y julio prácticamente ha duplicado la base monetaria, produciendo un efecto equivalente en los precios. A una tasa de inflación mensual de 25%, los precios se duplican a ese ritmo. Pero eso no es un resultado para sorprenderse, cualquiera que hubiese hecho un ejercicio sencillo de programación monetaria, con los ingresos proyectado del gobierno y el cierre del mercado cambiario, considerado un mínimo de importaciones, concluiría que una expansión monetaria equivalente era necesaria para financiar el nivel de gastos del gobierno. Nada para sorprenderse.

Lo que si es muy particular del proceso venezolano es el impacto de la inflación en la distribución del ingreso. La inflación tiene efectos reales que pasan por el efecto sobre el uso de a moneda y su impacto sobre la distribución del ingreso viene dado por la inhabilidad de los agentes para cubrirse contra los efectos sobre su activos. Es por eso que se dice que es un impuesto que perjudica principalmente a los pobres.

Pero en Venezuela, con el control de cambio, con tasas de interés reales ridículamente negativas y una estructura de salarios que en buena medida está atada al salario mínimo, el efecto de la inflación ha sido magnificado. Un ejemplo describe lo absurdo de la estructura de precios relativos. En Venezuela, una persona tiene que gastar 10% del salario mínimo en comprar un cartón de huevos, mientras que en otros países de la región para adquirirlo se emplea menos de 1%.

El control de cambios permite la alineación de los precios a favor del arbitraje y de toda clase de actividades improductivas, no para proteger a la población de menores ingresos. Los cambios diferenciales son en buena medida culpables de esa contabilidad tan disparatada. No hay episodios similares donde la inflación haya encontrado una estructura de indexación tan primitiva y causado ese impacto en los sectores de menores ingresos.

Desde el punto de vista práctico, aun con las peculiaridades que tiene el proceso que vivimos en Venezuela, cortar de raíz ese proceso no tiene nada de extraordinario. Todo comienza por atender el desbalance fiscal y anclar las expectativas. No es fácil, hay que hacer un rigurosa programación y establecer un solido compromiso, pero se puede hacer en un tiempo relativamente corto. Eso sí, no existen fórmulas mágicas.

macroentorno@gmail.com

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