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Nelson Totesaut Rangel: La política del Venxit

Estados Unidos, México, Canadá, Perú, Brasil, Chile, Colombia, Argentina, Paraguay; Mercosur en general, Alemania, Noruega, Italia, Suiza; la UE también, en total suman más de 40 países aquellos que se manifiestan contra el rumbo que ha cogido la política del gobierno venezolano. De hecho, al momento de enumerar a los adversarios, resultará más fácil nombrar a los aliados que le quedan al proyecto bolivariano: Cuba, Bolivia y una que otra isla caribeña sin mayor incidencia.

Muchos creerán que el campo internacional sirve solo de retórica intervencionista. Un club de mandatarios que se encargan de negociar algo tan abstracto como el rumbo de las relaciones internacionales. Empero, si bien en Venezuela creemos que todo se reduce a nosotros, tener buenas relaciones con el orbe pasa a ser esencial para el desarrollo de cualquier Estado. Si el objetivo es el progreso y el bienestar social, las relaciones internacionales servirán de puente legitimador para dicho fin. Ya que, si quieres comerciar con el resto del mundo, debes de evitar caer en la listilla del escarnio; cuya consecuencia no será más que la de frustrar nuestro siempre anhelado deseo por el desarrollo pleno.

Hace años que los economistas vieron el desarrollo fuera de las fronteras. El comercio internacional es fundamental para subsistir y progresar. Nosotros sabemos de eso. Vivimos de la renta de un producto que se extrae y se vende fuera. Lejos estamos de consolidar un Estado autosuficiente. Cosa que, producto de la globalización, se ha convertido en aspiración de nadie. Los países velan por competir en el mercado internacional, con algún producto de calidad, que los diferencie frente a la competencia.

Sin embargo, para esto -y para desgracia de algunos-, el papel ético se encuentra presente en todo el proceso. Si un país quiere participar en el juego externo, deberá de poseer unos antecedentes claros, que lo desliguen de cualquier acusación y que legitimen su razón de ser. Es decir, si quiero progresar es necesario tener buenas relaciones con los demás. Ni más, ni menos.

Nueva realidad

Que ciertos países sean enemigos jurados del actual gobierno, sorprende poco. Estados Unidos, por ejemplo, ha sido adversario histórico del proceso bolivariano. Que otros, tales como Ecuador, Perú, Brasil y Argentina, los cuales antes se presentaban como aliados, ahora no lo sean, responde a un fenómeno de cambio en la política del continente: el resurgimiento de la derecha. Pero, lo más preocupante, que un tercer grupo de “neutrales”, como Canadá, Suiza y Noruega, se sumen a las filas de los enemigos de la Revolución. Esto, nos ha de indicar algo más.

Hay que hacer un inciso: no todos los pronunciamentos se han de ponderar de igual manera. Los férreos adversarios han calificado como “dictadura” al actual gobierno (cosa que ya es bastante fuerte). Otros no han querido ir tan lejos y se pronunciaron en favor del diálogo y contra cualquier mecanismo que lo frustre. Ahí el detalle de la Constituyente. Pocos países aceptaron la legalidad de la misma porque la vieron como una herramienta que fracturaría, más aún, la reconciliación nacional. Al gobierno le sirvió (y le ha servido) para sus fines en la lucha por el poder. No obstante, el fin de la política ha de ser la convivencia pacífica de sus fuerzas internas; no la persecución política, así la misma esté justificada en el marco de los parámetros legales.

Lamentablemente, así siempre ha sido. La diferencia es que hoy el mundo lo ve con ojos distintos. Aquí entraría en juego el Canciller de la República, aquél que debe de velar por sumarnos y no restarnos alianzas. Aquél, cuya labor, es mantenernos en el mundo y no sacarnos de él. Quien tiene que dejar de “condenar” e insultar y sentarse a entenderse con los demás. Aquél que debe desligarse de la política de aislamiento internacional, tendiendo puentes y no destruyéndolos. Aquél que ha de ser premiado por la cantidad que nos dio y no por la que nos quitó. Aquél que ha de abandonar la nefasta política del Venxit, que está provocando un divorcio de Venezuela con el resto del mundo.

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