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César Malavé: Contagiemos la esperanza ¡vamos a las primarias!  

Logrado el consenso, para las gobernaciones, en los estados Nueva Esparta, Anzoátegui y Vargas, la oposición democrática venezolana ha decidido realizar primarias en 20 estados. Lo que se traduce en un verdadero reto para todas y cada una de las organizaciones políticas que la integran y,  para el pueblo en general que ansía un cambio. Unas primarias palidecidas, aburridas, ayunas de emoción popular, serían el peor punto de partida imaginable hacia esa crucial fecha  de octubre. Lo que saldría de unas primarias macilentas sería abanderados disminuidos, puestos a depender de que la unidad nacional obre a partir de entonces un redoblado esfuerzo.  Es bien sabido que los estándares universales de participación colectiva en elecciones primarias no alcanzan jamás los niveles que se observan en los comicios generales. Apenas suelen convocar entre 10 y 15 por ciento de los votantes. En Venezuela, con una población electoral, para las regionales, que según el último corte del CNE ronda los 18 millones de ciudadanos, una concurrencia “normal” en las primarias del 10 de septiembre estaría entre 1.8 y 2.5 millones de personas sumados los votantes de los 20 estados. Pero, esa estimación aplica en un país normal; es válida, pues, para una sociedad con una democracia, otra vez, normal. Y ése, definitivamente, no es nuestro caso. Lo ideal es que el 10 de septiembre el país exprese, con una voz vigorosa, rotunda, su decisión de cambiar su hastío frente al actual estado de cosas. Una prueba que, en cualquier otra nación, no pasa de ser una operación rutinaria, y hasta anodina, susceptible de ser observada a la distancia, es, sin lugar a dudas, en cuanto respecta a los venezolanos, una experiencia decisiva. Capital, después del evento democrático del pasado 16 de julio.

La insomne Sala Situacional de Miraflores, con muchos recursos y escasos escrúpulos, da muestras constantes de saberlo. Las ilegales trabas colocadas a los electores venezolanos son una señal. También la recurrente siembra del miedo, la confusión, y la sistemática campaña de descrédito que toda la plataforma comunicacional del Estado ha desatado contra los precandidatos de la oposición en todos los estados usando para ello la fraudulenta ANC. De allí surge la importancia concluyente de participar. Aupar a un candidato, o candidata, entre los que compiten en cada región, es comenzar a sellar de una vez el triunfo  de octubre. Echar el miedo a la espalda. Imprimirle calor a esta inestimable oportunidad de proferir un grito de libertad. Combatir la abstención, el silencio. Aplastar la resignación. Contagiar la esperanza. Todo esto forma parte de la fórmula que hará posible lanzarle un salvavidas a una patria que perdemos, dolorosamente, día tras día. El voto, y la conciencia, de los jóvenes, tienen, como nunca antes, un peso específico. 54 por ciento del padrón electoral, según las cifras del CNE, serán votantes con edad entre 18 y 29 años, en octubre de 2017. Y, conforme a la tendencia tradicional, es precisamente esta masa de la población, junto a los llamados ni-ni, o indiferentes, los que más se abstienen. Urge revertir esta fatídica propensión. Votar implica escoger entre opciones. Pero el acto mismo de votar, esta vez, representará mucho más que una opción. Será la única salida posible frente a los fantasmas de la violencia y la destrucción en ciernes. De las primarias dependerá en mucho lograrlo. Las primarias constituirán un ejercicio ciudadano. Pero un ejercicio, a fin de cuentas, en un país en donde los ciudadanos poseen cada vez menos derechos políticos, sociales y jurídicos.

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