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Mario Valdez: ¡Epa Isidoro!. El último cochero

Luis María Frómeta Pereira (conocido como Billo Frómeta), inmortalizó a Isidoro Cabrera, lo conoció cuando tenía 22 años en 1938, desde esa noche el cochero lo acompañó hasta el final de sus días. En diciembre de 1963, Caracas perdió a uno de sus iconos, Billo sintió la despedida del amigo, llego a exclamar “porque te vas, sin esperar el Cuatricentenario de Caracas”. Su saludo siempre fue ¡Epa Isidoro!, le compuso una canción para que no pasara al olvido y lo inmortalizo.

Billo no era cantante, era director, no cantaba nada. Pero en 1970, en una fiesta se paro ante el micrófono y cantó, le salió del alma “Epa Isidoro”, no estaba en la programación, todos los músicos quedaron asombrados, le hicieron el coro, todos pararon de bailar y empezaron a cantar y aplaudir, el éxito fue total, parecía que el espíritu del cochero se había posesionado del músico. Desde ese día en todas sus presentaciones y bailes era y es hoy, una canción obligada en el repertorio. Epa Isidoro, buena broma que me echaste// El día que te marchaste sin acordarte de mí serenata// Epa Isidoro, cuando vuelvas por Caracas// Explícale a las muchachas que te fuiste lejos sin decir adiós.

Un canario que en Caracas

El 2 de enero de 1880, en la casa número 2, entre las esquinas de Teñidero y Chimborazo en la parroquia La Candelaria, nació Macario Isidoro Cabrera González, siempre fue conocido como Isidoro, su primer nombre fue poco conocido, su padre fue Victorino Cabrera era de origen canario. Desde adolescente heredó el oficio de su padre, montado en su carruaje tirados por caballos, aunque en fue en 1911 cuando obtuvo la licencia oficial.

La elegancia de Isidoro y su Coche

Isidoro Cabrera, era un hombre elegante, ligeramente gordo de buen vestir y mejor trato, supo codearse con lo mejor de la época, fue testigo de muchos amores y galanteos, guardo grandes secretos, en los paseos que a cualquier hora de la madrugada hacía por las calles de aquella ciudad de los techos rojos, fría, bañada por la brisa que bajaba del Ávila. Él y Billo simpatizaron desde el primer día, nació una amistad que les duro hasta la muerte. En las décadas de los años 40 y 50, llevaba y esperaba a Billo en todas las presentaciones y fiestas que tenía, disfrutaban el paseo con guitarras y amores. Fue testigo mudo de los amores y conquistas de los patiquines y pájaro bravo de ese entonces, pero su hermano del alma fue el músico.

Comenta el Cronista Román Martínez Galindo, que Billo le relató cómo fue el primer encuentro con Isidoro y su coche. Corría el año 1938, la orquesta que amenizaba a Caracas se llamaba la Billo’s Happy Boys”, la fiesta más importante de la época se hizo en el “Club Paraíso”, asistió como invitado de honor el general Eleazar López Contreras, presidente de la República. Billo, un joven inquieto y enamoradizo de 22 años, cuenta que a la medianoche llegó a la mansión “en su regio y señorial coche refulgente de rojo, con lujosos asientos tapizados en cuero negro, tirado por un enjaezado muy bien cuidado caballo alazano engalanado con gríngolas bordadas de azules arabescos andaluces el cochero conductor de aquel carruaje que parecía salido de una novela de Alejandro Dumas, el famoso cochero Isidoro”. El caballero andante era pulcro en el vestir y sus modales “vestía de rigurosa etiqueta, tocado por un sombrero a lo gentleman londinense, anudaba corbata y hacía gala de camisa sport fix a la última moda, de flux negro con finas rayas longitudinales todo confeccionado en legitimo casimir inglés, y cortado por el sastre Chacho, los zapatos negros de patente reflejaban la luz como límpidos espejos y sobre ellos ostentaba polainas como si fuera un lord que estuviera de visita en el Paris de la bella época”. Evidentemente siempre fue un hombre importante que causaba respeto y confianza.

Entre las esquinas de San Francisco y Monjas

Así como hoy vemos las paradas de taxis, Isidoro también tenía sus paradas, la más usual, estaba ubicada entre las esquinas de San Francisco y Monjas, en la calle lateral de la Asamblea Nacional. Si no lo encontraban allí, lo buscaban por Capitolio, el bulevar del Panteón o la plaza Altagracia. Isidoro Cabrera era el único en su oficio que era conocido y lo llamaban por su nombre y apellido, porque los otros colegas cocheros eran conocidos y los llamaban por sus sobrenombres o apodos, Rabanito, Masca vidrio, Morrongo, el Elegante, padre Eterno, otros. También tenían sus carruajes en las esquinas del centro de Caracas.

A finales del siglo XIX, las calles de la ciudad eran de tierras, no había llegado el cemento o pavimento, salvo las calles principales que eran empedradas, esa fue la ciudad donde comenzó sus inicios el joven Isidoro. El transporte para las mercancías y las personas se hacía con bestias, esa era la tracción, animal. Habían arrieros de burros y mulas, carruajes sencillos, de cuatro ruedas lujosos y techados, las frutas y los productos agrícolas los traían desde Petare, Chacaíto y Chapellín pasando por el pueblo de Sabana Grande hacia el centro de Caracas.

El Cochero querido por todos

En 1989, el General Ignacio Andrade era el presidente de la República, Isidoro lo condujo en su carruaje hasta la casa de Gobierno, en el trayecto el presidente lo conoció mejor y le ofreció ayudarlo, cuando descendió del coche le dijo: “Vuelva mañana que le voy a hacer un regalo”. El presidente le cumplió, le obsequio un coche nuevo un “Victoria” ingles.

El Cronista Lucas Manzano cuenta que Isidoro, mantuvo una gran amistad con don Julián Sabal, una estrella de la sociedad caraqueña, cliente del prestigioso Club Venezuela. El cochero lo buscaba a su casa o al trabajo y lo trasladaba al club, lo esperaba hasta que saliera igual hacia con Billo. Dice el Cronista que “Días antes de postrarse en el lecho, Don Julián Sabal, sin que Isidoro lo sospechara escribió de su puño un párrafo en el cual le dejaba su ropa, zapatos, y unos cuantos bolívares para que reformara su coche y renovara los caballos. Isidoro Cabrera, el fiel y honesto cochero trajeado todo de negro y con los caballos enlutados, acompaño al cortejo fúnebre durante todo el trayecto”. Era cumplidor con sus amigos.

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