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José Rafael Revenga: La Generación de la Independencia

En primer lugar una aclaratoria, ciertamente innecesaria. Cualquier coincidencia entre quien escribe y la persona a quien me refiero principalmente  en el siguiente relato es sólo el desprendimiento azaroso de una hilacha del ADN del abuelo a lo largo de cuatro generaciones.

Mi reconocimiento a  quienes me han hecho conocer al abuelo (José Rafael Revenga, 1786 – 1852):  Mauro Páez Pumar, Manuel Pérez Vila, Augusto Mijares, Pedro Grases, German Fleitas, Simón Alberto Consalvi y Carlos Hernández Delfino.

Mi agradecimiento sin medida a “don Pedro”, el profesor Grases, quien desde sus clases en secundaria me hizo conocer y valorar La Generación de la Independencia.

La Generación de la Independencia es aquella constelación de ciudadanos excepcionales que en una Caracas de menos de cuarenta y cinco mil habitantes y en escasos veinte años -de 1810 a 1830- lograron una hazaña que todavía hoy nos resulta casi inverosímil.

Entre otros: Roscío, Mendoza, Peñalver, Gual, Tovar, Vargas, Revenga, Cajigal, Sanz, Zea,  Ustáriz, Urbaneja, Palacio y obviamente Bolívar.

Me permito referirme a dos anécdotas:

En la primera,  me remonto al 5 de julio de 1827. En esa calurosa mañana, Simón Bolívar, quien había  llegado a Caracas hacía unos seis meses acompañado por José Rafael Revenga como Secretario General y había pasado la noche en la Quinta Anauco,  asciende, junto con Revenga, el Ávila. Antes de partir,  Bolívar nombra a Páez jefe superior del Departamento de Venezuela.

Al salir de la Quinta Anauco Bolívar y Revenga pasan primero  por los restos de la iglesia de la Santísima Trinidad. Continúan por la cercanía de la iglesia de La Pastora y luego al cruzar la Quebrada de las Canoas escogen la trocha a la izquierda y remontan por el  neblinoso Camino de los Españoles.

Ambos se dirigen al puerto de La Guaira sobre unas buenas mulas. Tomarán unas tres horas para recorrer los 17 kilómetros. Luego   embarcan en una goleta que zarpa hacia Cartagena la cual tomaría unos tres días en llegar al destino.

En lo alto de una colina, muy cerca de los llamados “castillos de la cumbre”, – seguramente  el de San Joaquín-  los dos amigos detienen su caminar a unos 1.500 metros sobre el nivel del mar. Bolívar dirige su mirada por última vez a su ciudad natal. Había regresado a ella después de una ausencia de cinco años.

En la víspera Bolívar había pronunciado su última proclama en Venezuela en la cual afirmó:

“Yo he nacido ciudadano de Caracas y mi mayor ambición será la de preservar ese titulo.”

Ese mismo día –el 4 de julio- Bolívar se reúne con José María Vargas y Revenga a fin de ultimar los detalles formales para la creación de la Universidad Central. Unos días antes –el 24.06- habían redactado los nuevos estatutos republicanos que le otorgaban autonomía y carácter secular y abandonaban el carácter Real  y Pontificio de la Universidad de Caracas. Vargas se encarga del nuevo Rectorado.

El Libertador nunca más regresaría en vida a su Patria. El 16 de diciembre de 1842 sus restos mortales remontaban el Camino en sentido contrario a bordo  de una carreta.

Qué de recuerdos han tenido que inundar el ánimo de los dos amigos: el encuentro de Revenga con Bolívar en septiembre de 1814 en Cartagena. De inmediato, Bolívar lo nombra su secretario y emprenden la campaña por el Magdalena.

Revenga venía de pasar tres años en los Estados Unidos al ser designado en marzo 1811 como comisionado  del primer Congreso Nacional junto con Telésforo de Orea a fin de obtener el reconocimiento estadounidense para la nueva república.  En noviembre de 1811 entrega una copia de la Declaración de la Independencia al presidente James Madison y al secretario de estado James Monroe en una cena en la Casa Blanca. Con la caída de la Primera República a mediados de 1812 la misión concluye.

Los desvelos ocasionados por la puesta en marcha a partir de junio de 1817 del semanario El Correo del Orinoco hecho realidad gracias a una imprenta traída desde  Trinidad. Revenga asume la dirección de la nueva publicación por varios meses.

En Angostura el 15 de febrero de 1819 Revenga acompaña a Bolívar en la instalación del Congreso.

Después del triunfo militar de Bolívar en Boyacá se encuentran los dos amigos de nuevo  en Angostura el sábado 11 de diciembre de 1819.

Ese 17 de diciembre –exactamente once años antes de su muerte- Bolívar proclama la República de Colombia. El próximo día nombra a Revenga titular de los despachos de Hacienda y de Relaciones Exteriores.

La lealtad de Revenga con El Libertador resultaría  en su expulsión del país por oficio del 21 de febrero de 1830  firmado por Miguel Peña, secretario del interior  de Páez.

Revenga marcha hacia Curazao y en carta del 26 de marzo se defiende. La condena al  exilio se ve reducida y a los seis meses, en agosto, regresa a su patria.

Hay que tener en cuenta que Revenga junto con mas de dos mil personas firman el 24 de diciembre de 1829 la resolución de la asamblea convocada por Páez en Caracas por estimulo de Bolívar la cual se pronuncia categóricamente por la separación y la soberanía independiente de Venezuela pero  reconocía a la vez, la jefatura suprema de Bolívar. Vargas, Urbaneja Tovar, Soublette, Sanabria, Yanez también la respaldan.

Revenga es testigo, el 16 de diciembre de 1842, del retorno de los restos mortales de Bolívar ordenado por el presidente Páez. La próxima mañana son llevados a la iglesia de San Francisco. Habían transcurridos unos quince años y medio desde el último adiós de Bolívar a Caracas y exactamente 12 años de su muerte y 23 años de la fundación de la República de Colombia en Angostura.

La segunda anécdota, si bien es personal, en el hondón de fondo, apunta más allá, suscita y evoca una dimensión transpersonal.

En 1969, mi hermano José Luis y yo acompañamos a un entusiasta Mauro Páez Pumar a la iglesia de Las Mercedes en la parroquia de Altagracia en Caracas para ubicar y desenterrar los restos de Revenga sin la certeza de poder dar con ellos.

Tuvimos que hacer remover un piso de mosaico en una nave  a la izquierda de la nave central, luego se levanto una gruesa capa de cemento. Dimos con el piso de ladrillo original y sobre él encontramos una pequeña lápida de mármol y detrás de ella una urna. En la inscripción sobre la lápida leímos: “JRR, 9 de marzo de 1852, recuerdo de sus hijos”.

Días mas tarde los restos de Revenga fueron trasladados con toda solemnidad y honores en ceremonia al vecino Panteón por decisión del Presidente Rafael Caldera y colocados en el altar mayor  a un costado y a los pies de Bolívar quien solía decir de Revenga “es mi otro yo”. Nuestros padres y esposas nos acompañaban.

Los ecos de las vidas republicanas de los integrantes de la Generación de la Independencia  no se extinguen. Muchos de ellos rebotan, reverberan  y retumban, para siempre, dentro de las paredes del Panteón.

Resuenan en su soledad para luego irrumpir extramuros, para propagarse puertas abiertas y así rasguean las cuerdas de nuestro subconsciente colectivo en la búsqueda de un nuevo acorde para su música callada.

Bolívar y la Generación de la Independencia –creo que podemos llamarla también con toda propiedad la Generación de la Libertad– nos convocan a que hagamos nuestros los valores que sirvieron de guía para sus acciones:

El arrojo en las contiendas civiles, la lealtad como base  de la amistad, la destreza en la práctica del oficio del estadista, el manejo probo de la hacienda pública, el ideario de libertades.

Con demasiada frecuencia, y a través de todas las edades de la República, hemos incumplido  con dicha convocatoria. Hemos sido sordos al llamado. Hemos reincidido una y otra vez en lo que Arturo Uslar Pietri en su discurso en el Congreso Nacional en el Bicentenario del Nacimiento del Libertador describió como: “No es esto lo que Bolívar hubiera querido.”

Frente a ese  trágico venir a menos, a ese camino desandado, a esa incoherencia fundamental, surge, se yergue y se contrapone el más profundo ser de nuestra gente.

Como el mismo Uslar lo calificó en otra ocasión:

“Si algo hemos sido es un pueblo que nunca se ha resignado a la injusticia ni ha hecho las paces con la indignidad.”

Entre esas dos dimensiones bascula la siembra de la Nación. El desenlace entre el  rehacer y el deshacer de la República depende del rumbo que demos a nuestros quehaceres y afanes.

Bolívar y su Generación de la Independencia  lo claman sin cesar y nos lo reclaman a bandera desplegada, a tambor batiente y paso redoblado.

Nota:

Grases, Pedro. “La Generación de la Independencia”      en ESCRITOS SELECTOS, Biblioteca Ayacucho, Caracas,|1989.

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