Inicio > El pizarrón de Fran > Nelson Totesaut Rangel: Terror dentro de la frontera

Nelson Totesaut Rangel: Terror dentro de la frontera

El terrorismo de hoy dista mucho al de antier. Ya no se requiere de unos Boeing 767 para perpetrarse. Tan solo unos miles de dólares y unos “caballeros del califato” dispuestos a inmolarse por la causa, llevándose consigo al mayor número posible de personas. También es distinto porque cambia su cauce. Ya no solo se efectúa en Medio Oriente. Los “guerreros de Alá” o, mejor dicho: los terroristas (concepto un tanto menos digno que el anterior) se tendrán que conformar con morir en las aceras de una calle de transeúntes, y no en tierra santa.

No obstante, pese a estas incomodidades, pareciera que los orientales llevarán la delantera en esta guerra. Primero, debido a la globalización que existe hoy en día con los grupos yihadistas, lo cual permite accionar el plan o modificarlo de ser necesario. En Barcelona, por ejemplo, se descubrió que la red (o célula) estaba debidamente conectada (y ramificada) con otras de demás ciudades de Europa. En el mismo suceso, la planificación de los ataques se encontraba debidamente estructurada. El plan A era destruir la Basílica de la Sagrada Familia y activar una cantidad de “coches bombas”. Habiendo sido frustrado éste, se procedió con el plan B, que ya todos conocimos.

A diferencia de esto, la red internacional antiterrorista carece de la misma eficacia. Los países, alegando soberanía, se reservan las políticas de seguridad y defensa dentro de sus fronteras. Obviando también el hecho de que el enemigo es global, está preparado y, peor aún, posee el don de la ubicuidad. Además, el financiamiento del mismo viene, en cierta medida, del mismo Occidente, quienes son los grandes financieros detrás de la catástrofe de los atentados.

Primero, por la compra y venta de armas; acto bastante detestable en sí mismo. Segundo, por el pago en el rescate por rehenes; el cual será empleado en la organización, planificación y ejecución de la masacre de otros más. En términos utilitaristas, estaría justificado dejar morir a cualquier rehén, negándole el pago del rescate a sus secuestradores, con la esperanza de impedir un caos mayor; discusión filosófica que, gracias a Dios, no nos toca afrontar.

Mediatización
Pocos saben que fuera de Europa también existen atentados yihadistas. De hecho, -recoge Francesc De Carreras-, según el Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo, “en el mes de julio pasado se han producido en el mundo 154 ataques terroristas de signo yihadista que han provocado 744 muertos, la mayoría en países musulmanes, sólo uno en Europa”. Pero claro, no en vano, las células que trabajan en Occidente saben escoger con precisión. La Rambla, por ejemplo, es la postal de Cataluña, cien millones de turistas caminan sus calles al año; sobre todo en verano. Todo esto, para recordar, que el ataque no era ni contra Cataluña ni contra España. Fue un ataque contra Occidente. Ya que atacar a la Rambla es atacar al mundo; si no véase a las víctimas: 34 nacionalidades distintas y tan solo 1 español.

Odio ganado
Lamentablemente, se podría decir que Occidente obtuvo algo que se buscó. Solo basta recordar la permanente presencia de Estados Unidos dentro de los conflictos internos de Oriente. En 1979 la CIA financiaba y entrenaba a la guerrilla en Afganistán; cuyo uno de sus miembros célebres era Osama bin Laden. Luego, los incesables bombardeos de Clinton en el 92. Sin hablar de la guerra que comandó Bush en 2003, por su sed de petróleo. Todo esto mientras le apostaba a las guerrillas locales para el derrocamiento de los gobiernos en Siria y Libia. Lo que luego provocaría un caos que desmoronaría al Estado, y traería como consecuencia la conformación del Daesh, o Estado Islámico.

Occidente es culpable de Oriente. Esto ha creado un sentimiento generalizado antioccidental en el mundo musulmán. Ganado, por supuesto, por haber sido partícipes del financiamiento de guerrillas internas que trajeron consigo la conformación de paraestados que actúan desenfrenados por doquier. Y, cuando recibimos nuestra pequeña dosis de terror, vemos indignados aquellos monstruos, sin darnos cuenta de lo que son: nuestros hijos.

Te puede interesar

Compartir