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Rafael Del Naranco: Certificado patriótico

El gobierno ha creado un “carnet del patriota” como si la nación fuera una talega en la cual los valores de la lealtad pudieran ser entregados a recuento de un acatamiento convertido en una encerrona.

Nadie, en ningún tiempo, debería necesitar un “certificado” que manifieste el apego a la tierra de su nacencia primogénita, aún a sabiendas de que ciertos hechos imperantes son  impuestos por un sector sugestionado de que la patria empieza bajo sus propios designios, cuando en verdad,  lo que llamamos “nuestro suelo”, es un sentido de compromiso que debe respeto a la razón y un apasionamiento integral hacia la libertad sin matices.

La querencia al hogar reverdecido  no se asigna: nace en las propias raíces, siendo cicatero que el poder establecido haya comenzando a imponer una especie de juramento de lealtad revolucionaria para recibir lo que en justicia a cada venezolano le pertenece.

Con tan actitud, se obliga a obediencias ineludibles ante el proceso bolivariano. No es la primera vez que hablamos de esa imposición de matiz dominante que comenzó con la llegada al poder del Comandante.

En los regímenes absolutos se comienza imponiendo un carné y se termina acatando a juro la manipulación mental. Se planifica la existencia hasta el más mínimo detalle, y cada mujer u hombre se habrán convertido “voluntariamente” en masa amorfa. No es una alucinación, sino la realidad palpable que llega para quedarse.

La lealtad es una adhesión a la nación que forma su estructura sin monopolización, ya que lo contrario conduce a la deslegitimación e incluso al totalitarismo. Una cosa es respetar a la República y otra distinta exigir a los ciudadanos  un compromiso que se termina convirtiendo en un obligante  acatamiento autócrata.

Con demasiada frecuencia ha sido utilizada la palabra Patria –con mayúscula– en los cenáculos de los politiqueros iluminados hacia la prioridad de convencer a los electores de ofrecer, si necesario fuera, su existencia plena al régimen imperante.

Recordemos que Chávez, hacedor del actual sistema político, solía decir que su revolución era armada y que el pueblo –su pueblo en sentido de posesión– derramaría hasta el último aliento por ella.

No será uno quien haga suya  la pregunta de lord Acton: “¿Es el patriotismo el último refugio de los mezquinos?”. Quizás algunos lo piensen, lo avalen y lo crean, al existir ejemplos devastadores en la historia reciente del continente. Preferible sería no recordarlo.

La exaltación intransigente es un  nacionalismo exacerbado atestado de complejos que es aprovechado a favor de su propia mitomanía. En él siempre imperan los sentimientos sobre la razón y sirve de comodín al momento de manejar a las multitudes.

El pueblo, en el sentido más honorable, es el espíritu de una sociedad, y aunque se haya debilitado su significación a cuenta personajillos de la farándula política que la llevan a los arrabales de sus apetencias personales, aún debemos mantener en alto el concepto humanístico que la enaltece.

De condición afectiva –y no es la primera vez que lo pensamos– la nación es un estremecimiento interior que hacemos nuestro; es el camino a la escuela entre labrantíos, afluentes, bosques y nublados del lar; la lluvia, la nieve y ventisca; las sombras de la noche, el sonido de una campana; el abrazo de dos enamorados; los niños y jovencitas de piel suavizada y los veteranos con años y arrugas; la flor del durazno, el mango, los relatos de las ánimas; las colinas cubiertas de musgo, el salitre del mar y el mismo inmenso piélago embravecido; los muñecos de trapo; la comunión con nuestros antepasados y el recuerdo hacia  los seres que nos han forjado tal como somos.

Los países que crucen esa quebrada pedregosa serán los mayores lacerados en un mundo cada vez más sin fronteras. Durão Barroso, expresidente de la Comisión de Europa, apuntaló en Bruselas al dejar su cargo: “Patriotas somos todos, la cuestión es cuándo hay tendencias populistas y chauvinistas que perjudican a un mundo cada vez más abierto y globalizado”.

Toda brusquedad fervorosa mal encauzada lleva con ella servilismos que abren caminos al despotismo. Un fundamento válido es respetar al Régimen y otro muy distinto exigir un compromiso que se termina convirtiendo en  un obligado sometimiento que pudiera alcanzar niveles alarmantes.

Un nación donde sus ciudadanos sean capaces de considerar que la democracia, y por ende la libertad, es un don natural de todo ser humano y por ende nadie, ni los dioses del Olimpo, pueden fraccionar, será siempre un pueblo libre, y en esa grande y sublime actitud, el Estado venezolano conservará la responsabilidad inherente de dar a cada elector de esta tierra de gracia la autonomía de tomar voluntariamente sus decisiones en el plano político que más le conciernan.

No hacerlo sería apesadumbrado.

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