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Un héroe de la transición; por Federico Vegas

 

I

Decimos que a la oposición le falta un líder, un conductor que nos unifique. Por supuesto que nos hace falta, pero, ¿existen las condiciones para que tal personaje exista y sea efectivo? ¿Podía acaso existir un líder opositor en la Alemania de Hitler, en la Rusia de Stalin, en la Cuba de Fidel, hoy en día en la de Raúl?

Si comparamos con los citados contextos al actual régimen que nos aplasta, alguien podría decir que exageramos o tratamos de ser efectistas, pero si nos fijamos en el ángulo de la pendiente que van señalando las sucesivas violaciones, fraudes, muertes y mentiras flagrantes, la comparación adquiere más sentido. Para ser más prudente, me limito a decir que la aparición de un líder de oposición, congregante y capaz de reconducir al país, fue más factible en las democracias de Carlos Andrés II y Caldera II que en los regímenes de Chávez y Maduro.

Más que un héroe de oposición necesitamos un héroe de transición hacia un nuevo contexto político, alguien que sea más puente que monumento, que limite su heroicidad a esa función y luego entregue el testigo del poder y el estrellato a otro corredor. En la historia de Venezuela hay un ejemplo notable, incluso insólito. El que un militar, ministro de la Defensa de la dictadura más férrea y larga que ha conocido Venezuela —los 27 años de Juan Vicente Gómez—, haya sido uno de los creadores de nuestra democracia moderna, es una proeza difícil de explicar. Vista desde el presente suena a cuento de hadas.

II

Cuando era niño conocí a Eleazar López Contreras. Tenía una figura de Don Quijote próspero, pues era el hombre más flaco y alto que había visto en mi vida. “Espigado” es un mejor adjetivo por lo pálido y una tendencia a desaparecer cuando estaba de perfil. Su aparente fragilidad era elegante y parecía estar callado hasta cuando hablaba. De hecho, no recuerdo haberle escuchado palabras, sino un sonido antiguo y agudo de poco fuelle que todos se esforzaban en entender. Algo no me cuadraba con el cuento de que aquel hombre había sido presidente de Venezuela.

Mi abuelo lo veneraba. Había servido en su gobierno, antes en el de Gómez y después lo haría en el de Medina. Me tomo tiempo entender, y asumir, que el abuelo había sido un gomecista. Nací en 1950 y a los ocho años vi nacer una nueva democracia que iba a ocupar una buena parte de mi vida. “Dictadura” era entonces una mala palabra, algo inconcebible, primitivo, y resulta que mi abuelo había estado al servicio de un tirano.

Nunca le pregunté sus motivos ni su visión de esos años. De niño le tenía miedo, y, justo cuando empezamos a hacernos amigos, le dio por morirse. En un cuento titulado “La Carpa”, logré contar la historia de nuestro encuentro y despedida. Todavía sé muy poco de su pasado. Su infancia está en el género de las leyendas familiares que ya a nadie interesan. Sólo sé que quedó huérfano siendo muy niño y que su padre era un general, algo que entonces era tan poco meritorio como ahora, y un detalle que es una posible excusa: Juan Vicente Gómez le pagó sus estudios y ayudó a su familia.

El abuelo Ovidio se graduó de abogado y creo que era agregado naval, por una pequeña historia que nos contó mi madre:

 —En un acto de mi colegio, yo hacía de “Bella durmiente” y tenía mucha emoción de que papá me viera. Y resulta que llegó cuando ya casi terminaba la función. Recuerdo que estaba haciéndome la dormida, esperando el beso salvador, cuando escuché un revuelo entre el público. Giré la cabeza entreabriendo los ojos y lo vi llegar con un uniforme blanco tan deslumbrante que hasta las monjas se alborotaron. El también venía de una función.

Ovidio Pérez Agreda estuvo involucrado en dos casos que demuestran la confianza que le tenía el tirano: el juicio a quienes participaron en el fracasado levantamiento del cuartel San Carlos en 1928, y, antes, en 1923, en la investigación sobre el asesinato de Juancho, hermano de Juan Vicente Gómez y vicepresidente de la república.

A Juancho le dieron 27 puñaladas en su hamaca guindada en una habitación del “mismísimo” (para usar una expresión bien gocha) Palacio de Miraflores. Como suele suceder, lo primero fue culpar a la oposición, pero pronto corrieron fuertes rumores que iban desde conflictos familiares hasta el despecho amoroso de un subalterno. Los chismes se devoraron la verdad y el crimen quedó en el archivo de los grandes misterios. El propio Gómez se encargó de los interrogatorios, que deben haber sido cruentos, y mi abuelo fue uno de los fiscales. Quizás llegó a saber quiénes fueron los culpables, pero nunca compartió el secreto. Mi padre se lamentaba de no haber conversado con su suegro sobre este caso.

—¿Por qué nunca le preguntaste? —le reclamé.

Se quedó pensativo y respondió con sinceridad:

—No me atreví.

III

En el levantamiento frustrado del cuartel San Carlos está involucrado Eleazar López Contreras de diversas maneras. La versión más conocida es que fue el héroe absoluto al acabar sin ayuda de nadie con el alzamiento. El 6 de abril de 1928, López, entonces jefe de la guarnición de Caracas, se entera de una sublevación al norte de la ciudad. Se dirige inmediatamente al cuartel acompañado de su chofer y lleva como única arma un fuete. Su llegada desconcierta a los soldados rebeldes y los somete sólo con voces de mando y el pequeño fuete que se haría famoso.

La historia que me contaron de niño tiene algunas variantes. Cuando López se dirige en carro a enfrentar el golpe, vio que venía llegando el capitán Pimentel, uno de los involucrados. Entonces le dice a su edecán y chofer: “Sanabria, hágalo preso”, y Sanabria se baja con un sable mientras López sigue caminando para el cuartel. Pimentel está armado y le dispara a Sanabria cuatro tiros calibre 22. Ninguno fue mortal. Sanabria, mientras se desangraba, mantuvo con la punta de su sable a Pimentel contra una pared.

López llega caminando al cuartel y pide que le abran el portón. Se abre solo un postigo y un soldado le dice que el cuartel está tomado.

—¿Por quién? —pregunta López.

—Por nosotros —responde tímidamente el sublevado.

López introduce su revólver por la apertura y dispara. Un segundo guardia decide abrir el portón.

Al día siguiente, López es uno de los jueces instructores en la preparación del expediente contra todos los alzados. De pronto, decide inhibirse y remite el expediente al gobernador de Caracas.

¿Cuál es la razón para semejante cambio de actitud? Resulta que entre los cadetes alzados se encuentra su hijo mayor, Eleazar López Wolkmar, de 20 años. Gómez le ofrece liberar al joven, pero López no acepta y su hijo pasará un año en prisión. Luego es desterrado, pero ya estaba enfermo de muerte por las malas condiciones en que había vivido.

El caso del victorioso López Contreras se complica. ¿Por qué supo antes que nadie lo que se estaba cocinando? ¿Por qué acudió solo? ¿Fue invitado a participar y prefirió llevarse todo el mérito? El hijo es una pieza que no encaja y Gómez manda al padre a la guarnición del Táchira, que es un puesto de mucha importancia, pero convenientemente lejos de los escandalosos corrillos caraqueños. Tres años más tarde será nombrado ministro de Guerra y Marina. López sabía callar y esperar.

Su vida militar estuvo signada por ese tipo de rumor, de dudas, de recelos. Se le vinculó al alzamiento del general José Rafael Gabaldón y al del general Román Delgado Chalbaud, cuando la Expedición del Falke. La explicación a tantas versiones quizás sea que todos querían a su lado a un hombre culto, inteligente y buen organizador. Hoy lo califican de militar “moderno”, una manera de celebrar lo mucho que tenía de civil, o de civilizado. El militar “primitivo” solo puede expresarse con las armas, generalmente exhibiéndolas o asesinando ciudadanos desarmados, y desconfía y desprecia las instituciones civiles.

Eleazar López Contreras quería ser médico, pero, igual que mi abuelo, quedó huérfano siendo muy niño, una circunstancia que a veces lleva a buscar la paternidad en las esferas del poder. Su verdadero padre era un militar que abandonó su hogar en Queniquea, un pequeño pueblo ensartado en las faldas de los Andes, dejando a su esposa encinta. Ese mismo año, el fugitivo muere en Cúcuta de fiebre amarilla. Sabemos que esa figura paterna que el niño jamás conoció iba a llenarla Gómez. El mismo López lo dijo mientras enterraban al terrible y temible patriarca que parecía inmortal: “Fue el mejor padre que he tenido”.

Eleazar debe haber conocido esta suerte de padre putativo a los 16 años, cuando la Revolución Restauradora se llevó con sus promesas románticas y aires de aventura al excelente estudiante que una vez quiso ser médico. El líder de la Revolución, Cipriano Castro, y su subalterno, Juan Vicente Gómez, serían las figuras de un drama de fidelidades y traiciones, “conjuras” y “aclamaciones”, en el que Gómez, más zamarro, recio y prudente, iba a prevalecer.

El joven de Queniquea, convertido en capitán, conocerá pronto las actitudes opuestas de ambos jefes. En la batalla de Tocuyito, que sella la victoria de la Revolución, recibe un balazo en el brazo y lo llevan a un dispensario en Valencia, donde no mejora; Gómez lo envía a Caracas y se encarga de que lo traten los mejores médicos. Un año después, López es teniente coronel y edecán del presidente Cipriano Castro. Tiene apenas 17 años y va a durar poco en el cargo. Cipriano Castro, famoso por sus arrebatos, no le perdona una equivocación y lo destituye entre insultos. Imagino que para entonces ya López habría decidido quién sería su verdadero jefe.

No le resultará fácil definir esta posición. Tanto Castro como Gómez desconfían de él, pues cada quien lo cree en el bando contrario. Como ya he propuesto, quizás ambos presumían de la lealtad del prometedor oficial. Este enredo de sospechas lo deja varado en puestos relegados, más civiles que militares, paseando por toda la geografía de Venezuela, desde La Vela de Coro hasta las Salinas de Araya.

Unos diez años después, cuando ya Gómez tiene tiempo siendo el dueño absoluto del país, se convence de que López Contreras está de su lado. Los espías del régimen han interceptado una carta del hermano de Castro donde cuenta que López Contreras ha sido invitado a una rebelión y se ha negado. Lo ascienden a coronel cuando ya sus compañeros son generales, pero ya nada podrá detener su capacidad administrativa y creadora. Es nombrado director de Guerra y se ocupa de modernizar el armamento del ejército venezolano. Ahora sus viajes son a Francia, Inglaterra, Bélgica, Estados Unidos, comprando ametralladoras y cañones. También participa en la modernización de la Escuela Militar, lo cual le va dar un gran prestigio entre los nuevos oficiales.

Tendrá tiempo para escribir. Es un apasionado de la historia y publica dos libros: Síntesis de la vida militar de Sucre y Bolívar conductor de tropas. Tiene buena pluma, lo que no suele ser tan usual en un militar como el espíritu de subordinación al jefe:

En nuestra consagración al servicio de la Institución de la Armada de la República, bajo la experta dirección del Benemérito General Don Juan Vicente Gómez, creador del moderno Ejército Venezolano, hemos recibido el mayor estímulo para orientar nuestro criterio y espíritu militar, por medio del estudio de las campañas preconcebidas y desarrolladas por el genio incomparable de Bolívar.

En 1931 es ascendido a ministro de Guerra y Marina. Cuatro años después muere Gómez y el ministro de Guerra es encargado de la presidencia. Nunca antes ni después fue tan necesaria su consigna de “Calma y cordura”, como cuando enfrento a los poderosos familiares de Gómez y otras figuras que querían continuar con el mismo sistema.

IV

¿Cuál era ese sistema?

No hay que forzar tanto la barra para encontrar semejanzas entre el final del gomecismo y el inevitable final del madurismo (digo esto basándome en una estrofa de Sor Juana Inés: “Y no hay razón para nada, habiendo razón para tanto”). Al fin y al cabo, o “al fin del cabo”, se trata del mismo país bajo una tiranía con disfraces similares. Dos rasgos resaltan: Gómez hizo reformar varias veces la Constitución para ajustarla a sus necesidades de permanencia. Sus más firmes opositores, y quienes más carne pusieron en el asador, fueron los estudiantes.

Bajo Gómez se va a dar una evolución más definitiva por la aparición de una inesperada riqueza, solo comparable al filón que hoy es el narcotráfico. Al comienzo de su mandato se dio un gran auge económico gracias a la agricultura y la cría, pero luego llegaron las compañías extranjeras, brotaron chorros de petróleo y comenzaron a descender las exportaciones de café y de cacao. Entre 1916 y 1926, las exportaciones de petróleo se multiplican por mil. Venezuela deja de ser un país agropecuario y se transforma en un país minero, pero manejado con el criterio de una gran hacienda.

Gómez, junto a sus compadres y familiares, se reparten las tierras del país. Una de las haciendas del Benemérito va desde el Cunaviche al Capanaparo. Con tanto petróleo no es indispensable desarrollarlas y muchas se mantienen ociosas. Son símbolos de poder más que medios de producción, mientras el dictador otorga concesiones como si el país fuera suyo y la nación venezolana es saqueada por extranjeros que parecen redactar las nuevas leyes sobre derechos de extracción. Otra semejanza notable y dolorosa con el régimen actual, que vende y recontravende el país a los rusos y a los chinos. Se trata del mismo musiú con distinto cachimbo. La vida es una ruleta, el problema es que la nuestra es rusa.

Los estudiantes que se rebelaron contra Gómez no lograrán ningún cambio, salvo el más importante, el de sus propias almas. La llamada “Generación del 28”, por iniciar su movimiento en el carnaval caraqueño de 1928, irán a dar a La Rotunda, al castillo de Puerto Cabello, a las colonias de Araira, al presidio de Palenque, y finalmente a un exilio que será fundamental para consolidar su formación y una nueva visión del país.

V

La primera tarea de López como presidente será sofocar un conato de rebelión propiciada por los familiares del dictador. La propia impetuosidad y prepotencia de personajes como Eustoquio Gómez, primo del fallecido, facilitó el proceso. El Congreso lo ha nombrado Presidente Constitucional de la República para el periodo 1936-1943 y comienza decretando la libertad de los presos políticos, restableciendo la libertad de prensa y permitiendo el regreso al país de los exiliados.

Resulta ser un hombre conciliador, dado a buscar entendimientos más que a ejercer a represiones en un momento que el pueblo le exigía que eliminara todo aquello oliera a gomecismo. Va a conocer y tener que lidiar con erupciones de libertad: disturbios espontáneos o propiciados por partidos políticos, movimientos estudiantiles y sindicatos. Centrará su represión en los comunistas, un adjetivo que ha servido para todo e incluyó al entonces incipiente e impaciente Rómulo Betancourt. Se aprueba una nueva Constitución Nacional que reduce el período presidencial de 7 a 5 años y se elimina la reelección. López quiere dar la impresión de que no ha venido a eternizarse.

La lista de instituciones que se crean es apasionante, especialmente porque van a ser efectivas y a perdurar: Consejo Venezolano del Niño, un Instituto Técnico de Inmigración y Colonización que planifica repoblar los campos y aprovechó lo que nos ofrecía una Europa en crisis, la Ley del Trabajo que redacta el joven Caldera, el Servicio Técnico de Minas y Geología, el Instituto Pedagógico de Caracas, nuevos cuerpos que van desde los Bomberos de Caracas hasta la, hoy desvirtuada, Guardia Nacional, el Museo de Bellas Artes y el Museo de Ciencias, el Banco Central de Venezuela, el Ministerio de Agricultura y Cría, el Ministerio de Comunicaciones.

La frase de Rufino Blanco Fombona no es exagerada: “López había hecho en 5 años lo que sus antecesores no habían hecho en 50”. Me atrevo a decir que ha sido el presidente que ha hecho más con menos y en una de las situaciones más críticas y explosivas de nuestra historia, cuando estaba en juego, como ahora, entrar en el caos y la barbarie. Gracias a López Contreras, Venezuela se convertirá en el país del retorno, y podrá expresarse y dar frutos esa generación de jóvenes médicos, ingenieros, artistas, escritores y los políticos que transformarán a Venezuela y la llevarán al esplendor de la segunda mitad del siglo XX.

VI

A López lo sucede el general de división Isaías Medina Angarita, también, para ese momento ministro de Guerra y Marina. Otro caso excepcional, pues Medina ofrece aún más libertades y progreso. Pero no voy a alargar este ensayo hablando de Medina, quien tiene toda mi simpatía. Recomiendo El pasajero de Truman, de Francisco Suniaga, para explorar una de las aristas de cómo termina su presidencia. Las novelas a veces enseñan más que los libros de historia, pues los pueblos solo tienen la historia que son capaces de imaginar.

Una de las razones del final de Medina es que, apenas se inicia el golpe, organizado por los ya no tan jóvenes adecos junto a militares que pocos años más tarde se quedarán con el poder, muchos creen que López Contreras está con los sublevados. Es el drama de siempre: todos quieren tenerlo de su lado. Pero ni siquiera López sabe bien lo que está pasando. Cuando se presenta a ofrecer su ayuda a Medina cae en el epicentro de la trampa. La Junta Revolucionaria de Gobierno ordenará su expulsión junto a Medina y será enviado a Estados Unidos mientras un “Jurado de Responsabilidad Civil y Administrativa”, los declara reos de peculado. Los acompañan 150 venezolanos más, entre ellos, Ovidio Pérez Agreda.

VII

La casa de Eleazar López en Miami se convirtió en un centro de conspiración de hombres que la historia había dejado atrás. Me recuerdan la tripulación del Falke, hombres con pasado y hombres con futuro, que en el presente solo encontrarían fracaso y desolación. López comentaría:

Estoy agradecido con este destierro, con la prisión, con esos juicios políticos a los que me tienen sometido, pues completan mi figura de político venezolano. Yo he sido de todo en Venezuela: Ministro, Presidente, Jefe de Guarnición, invasor, guerrillero, todo menos preso político y desterrado. Y en Venezuela no puede haber jefe político sin una historia de destierro.

Tiene razón, pero una cosa es un desterrado que llega a presidente y otra, muy distinta, un presidente desterrado.

¿Qué pensaría mi abuelo del inesperado exilio?

La historia le había dado la oportunidad de servir a la democracia naciente. Fue gobernador del estado Bolívar con López y ministro de Trabajo con Medina. Una de sus primeras actuaciones fue adecentar la plaza de Ciudad Bolívar, la cual solía estar invadida de animales: “Todo el que encuentre un cerdo en la plaza es suyo”, decretó para poner orden. Funcionó por unos días, pero pronto se supo que algunos sinvergüenzas estaban arreando los cochinos de sus vecinos hacia la plaza con el cuento de que andaban sueltos.

Uno de sus cargos fue cónsul en Georgetown. Ir a servir en aquella ciudad tan caliente y húmeda no era un castigo, sino una de sus obsesiones. La reclamación de los límites de Venezuela con la entonces Guayana Británica en la zona del Esequibo era un tema que lo apasionaba. Creo que descubrió un documento importante, decisivo, concluyente, una clave que sigue siendo un secreto de Estado o un documento perdido entre la negligencia y el despiste.

Lo que nunca perdió fue su agradecimiento a Gómez. Volvió a Venezuela cuando Pérez Jiménez retomó la vía militarista y despachó a los adecos. La democracia volvía a lucir como una fantasía inoperante. No se podía hablar mal del nuevo dictador, pero si del que había muerto en el 1935, en todos lados menos en la mesa de mi abuelo, un comedor muy concurrido gracias a las delicias culinarias de su esposa, la dulce María Delfina, protagonista de mis mejores sueños infantiles. No en balde mis abuelos son los padrinos de Armando Scannone.

En uno de esos almuerzos de tres horas, uno de sus cuñados empezó a criticar el gomecismo. Lo hacía con prudencia, tratando de mantener cierta altura. El abuelo lo atajó en la segunda frase:

—En esta mesa no se habla mal del general Gómez.

—Pero Ovidio, tú tienes que comprender…

El cuñado no había terminado la frase cuando mi abuelo ya había puesto su revólver sobre la mesa. Pálido, alcanzó a añadir:

—Ovidio, tú sabes bien que yo nunca he sido un hombre de armas.

El abuelo se dirigió a su hijo menor:

—Leopoldo, vaya a mi habitación. En la mesa de noche hay un 38 cargado. Tráigaselo al tío Rafael.

El tío nunca volvió. Debe haberse arrepentido de su imprudencia, porque veneraba los mondongos de su hermana.

Al abuelo lo recuerdo triste, ausente, con una expresión parecida a la nostalgia, pero estanca, pues era un mundo al que ya no quería volver. A veces el pasado es demasiado pasado, como si te partieran en dos y avanzaras divido, incompleto.

La acusación de peculado que estableció el famoso tribunal habla de 70.000 bolívares gastados sin el adecuado sustento durante la construcción de la avenida Táchira de Ciudad Bolívar. Bautizar con el nombre de un estado andino una avenida en Guayana es un acto de adulancia. Ese es mi reclamo al abuelo, pero lo cierto es que la avenida sigue en su sitio y con el mismo nombre. Con respecto al asunto del peculado, pude hacerme una opinión treinta años después de su muerte. Un día me encontré en el restaurante Da Guido al padre de mi cuñado más querido. Antonio José Puppio fue uno de los líderes adecos en Ciudad Bolívar y sería un gran abogado. Conversar con él era un placer, especialmente de esa historia de Venezuela tan lejana y tan cercana, poblada de fantasmas que a veces se nos aparecen. En ese almuerzo me hizo una revelación que me cortó la digestión, pero me permitió ver el pasado como en una película bien enfocada y en colores. Me contó, sin preámbulos, que él había sido el que llevó el caso en contra de mi abuelo. Su explicación fue sencilla, diáfana:

—Había que buscar culpables que justificaran el golpe, y tu abuelo fue el elegido. Era el único que había construido algo. Un amigo de los dos se me acercó y me dijo: “Pero, chico, por qué la agarran con Ovidio. Ese hombre es buena gente”. Yo le respondí: “Es el candidato ideal, pues es muy echón”. Al menos en eso sí estábamos de acuerdo.

La explicación fue demasiado rauda y escueta para explicar el inicio de un viaje con tantas ramificaciones. A lo mejor yo no hubiera nacido si el abuelo hubiese sido menos echón. Lo cierto es que prefiero tener un abuelo engreído que ladrón, además me cuadra con su porte. Aprovecho para decir que era impresionantemente buenmozo, y sé de unos lances románticos que no me atrevo a incluir en este relato con ínfulas de ensayo, pero seguro los escribiré pronto, pues con estas remembranzas ya están latiendo, rompiendo las fuentes como en los partos.

VIII

El golpe de Estado de la Junta Militar en 1948 que desplazó a los adecos, también le permitió a Eleazar López volver al país. Los nuevos jerarcas buscaban el apoyo o el perdón de un hombre que no podía estar de acuerdo con la nueva política, un militarismo que él creía haber logrado dejar atrás. Se retira a la vida privada y se dedica a escribir, a explicar y justificar sus actuaciones. En Proceso Político Social, de 1955, se centra en el episodio crucial de su vida, la última etapa de la dictadura de Juan Vicente Gómez y su ascenso a la presidencia. No lo he leído. Dudo que haya podido explicar su cambio, el enorme giro que le dio a su vida. ¿Era algo que se estuvo cocinando en esos años de prudencia, de calma y de cordura? Quizás no le gustó nunca ser militar. Se veía tan fuera de lugar cargado de medallas e insignias, como disfrazado a la fuerza. O quizás lo marcó el espíritu de los estudiantes. Siempre estuvo en contra de cómo habían sido tratados los estudiantes, lo más prometedor del país, ese futuro a punto de ser presente que puede llegar a ser cercenado.

Al caer Pérez Jiménez, López regresa a la política buscando la concordia, su mayor especialidad. Comienza por acercarse a su antiguo enemigo político, Rómulo Betancourt, el nuevo presidente. Debe haberlo aconsejado cuando Rómulo atravesó por situaciones similares a las suyas. El país entero lo acogió con cariño y respeto, agradeciendo, sobre todo, su aporte cívico, al haber servido de puente para la transición de una dictadura a una democracia. Pero nunca le gustó que lo llamaran “presidente de transición”. “Yo me considero”, solía decir, “un presidente de evolución y no de revolución”.

Murió a los noventa años y acompañé a mi abuelo al entierro. De vuelta a la casa lo vi llorar mientras manejaba. Me impresionó la ausencia de lágrimas, de gestos. ¿Sería que en realidad no estaba llorando, o que lo hacía como alguna vez lo harán las piedras?

En esos meses, o en esos años, le escuché a mi madre decir lo que hubiera sido un sacrilegio en la mesa de sus padres:

—Ese Rómulo Betancourt no era tan mala gente.

No debo revelar aquí el final del cuento que escribí sobre el final del abuelo, pero no resisto colar unas cuantas líneas que están casi al final:

Cuando murió la abuela, sin avisar, sin quejarse, el abuelo se mudó a una casa en El Rosal y se dedicó a fumar y hacer crucigramas. Nunca más he visto viejas tan atractivas como las que lo persiguieron, pero a todas las enamoraba y las despedía con la misma triste y leve sonrisa. En las tardes salía en interiores con un bate y apaleaba unas trinitarias sembradas en los linderos de la casa. Según él, era la mejor manera de podarlas. Y era cierto, las ramas parecían disfrutar los golpes furiosos y de cada batazo brotaban en pocos días puñados de flores agradecidas.

 

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