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Mark Weisbrot: Sanciones de Trump contra Venezuela: ¿será posible la recuperación económica?

Las sanciones impuestas la semana pasada por el gobierno de Donald Trump han cambiado significativamente la situación económica a la que se enfrenta Venezuela y las opciones en materia de políticas abiertas al gobierno para recuperarse de una profunda depresión. Esto se suma a los daños inmediatos y al sufrimiento que causarán en cuanto a una agudización de la escasez de alimentos, medicinas y otros artículos de primera necesidad, junto con el daño a la economía.

Antes de estas últimas sanciones, el gobierno contaba con la posibilidad de poner en marcha un programa de recuperación económica que pudo haber reiniciado el crecimiento económico. Las importaciones en Venezuela ya se han visto recortadas en más de 75% desde 2012.

Esto significa que la economía venezolana podría comenzar a recuperarse con bastante celeridad en respuesta a las reformas adecuadas, sin tener que sufrir nuevas reducciones en la producción o en el empleo. Por lo menos esa era la situación hasta el pasado viernes, cuando Trump emitió su orden ejecutiva.

Ya con las sanciones, si Venezuela llegara a estabilizar el tipo de cambio y su economía, y esta volviera al crecimiento, se le negarían los préstamos, las inversiones, e también las fuentes propias de ingresos, como los dividendos de la empresa Citgo en EEUU que pertenece a Venezuela. Esto hace que una recuperación sostenida se vuelva casi imposible sin ayuda externa, o un nuevo gobierno que cuente con aprobación de la administración Trump.

Las sanciones también empujan al país hacia un impago de la deuda, lo cual generaría toda una nueva serie de problemas financieros graves, incluyendo el embargo de activos petroleros venezolanos a escala internacional, junto a una merma en el precio del crudo del país.

Otra forma en que las sanciones impiden la recuperación es hacer imposible una reestructuración de la deuda.

Pero ninguna de las anteriores opciones se encuentra disponible para un gobierno que se enfrenta a una expulsión del sistema financiero internacional, tal como lo impone actualmente el gobierno de Trump. Ciertamente, Venezuela ya había sido en gran parte excluida de los mercados internacionales de bonos para nuevos préstamos, antes de la orden ejecutiva de Trump, pero no se trataba de algo necesariamente irreversible (en fechas tan recientes como el año pasado, una reestructuración de la deuda que habría pospuesto miles de millones de dólares en pagos casi llegó a concretarse). Hoy por hoy, la falta de acceso a los mercados financieros internacionales por parte de Venezuela es irreversible, por lo menos mientras que Trump o su sucesor así lo deseen.

¿Qué se puede hacer? Ahora que el gobierno de Trump se ha comprometido firme y abiertamente a un cambio de régimen mediante la destrucción de una ya debilitada economía venezolana, queda claro que Venezuela tendrá que buscar ayuda externa para poder sobrevivir, tal como lo hizo Nicaragua, cuando Ronald Reagan (de igual modo, sin motivo legítimo y buscando un cambio de régimen violento) declaró un embargo económico en contra de ese país en 1985. Por supuesto, estamos en un mundo diferente al de la Guerra Fría de los años 80 (a pesar de los paralelos que se vienen acumulando en los últimos tiempos), pero todavía existen otros países que cuentan con una política exterior independiente, entre los cuales destaca China.

China emitió un fuerte comunicado condenando las últimas sanciones de Trump. Al igual que el resto del mundo, los chinos entienden que las sanciones contra Venezuela no son otra cosa que un evidente intento de derrocar a un gobierno soberano.

China cuenta con más de 3 billones de dólares en reservas y le ha prestado unas decenas de millardos de dólares a Venezuela, de los cuales la mayor parte ha sido cancelada, y se espera que el resto se pague en envíos petroleros.

Puede que China esté dispuesta a ayudar. No hay forma de saber lo que el gobierno de Beijing estaría dispuesto a hacer, pero tendría sentido para el Gobierno venezolano acercarse a este con un plan económico que brinde ciertas garantías de que su dinero no se desperdiciaría. Eso implica un plan que incluya las reformas básicas necesarias para estabilizar el tipo de cambio y la inflación, a modo de permitir la reanudación del crecimiento sostenible. Los chinos son famosamente reacios a decirle a cualquier gobierno soberano cuáles han de ser sus políticas económicas, y no pondrían condiciones de ese tipo en cuanto a préstamos o inversiones, pero puede que estén más dispuestos a ayudar a Venezuela en esta situación si se les presenta un plan sensato que apunte a la recuperación económica. También tendría sentido que el Psuv (el partido de gobierno chavista) se acerque al Partido Comunista de China, ya que este tipo de relaciones entre organizaciones políticas y la influencia del Partido Comunista pueden incidir en este tipo de decisiones.

Contrarrestar las sanciones ilegales (tanto en derecho estadounidense como internacional) de Trump beneficiaría a todos los venezolanos. Evidentemente, en cuanto a efectos inmediatos, cualquier ayuda que logre aliviar la escasez de alimentos y medicinas sería importante, y si permitiera reiniciar el crecimiento económico eso sería una ventaja más.

China tiene intereses nacionales propios en no querer que toda Suramérica vuelva a estar dominada por el gobierno de EEUU, como lo fue el siglo pasado, sobre todo con un presidente cada vez más agresivo, volátil y perturbado al mando. Pero en este caso, sus intereses coinciden con el interés del mundo en general, en el que la soberanía nacional y el derecho a la autodeterminación son de vital importancia, habiéndose conseguido con mucho esfuerzo.

Venezuela es un país polarizado y es casi seguro que el conflicto requerirá una solución negociada, si ha de evitarse una guerra civil. Una mediación internacional con la participación de terceros aceptados por ambos bandos podría ayudar, junto a actores neutros y éticos que pueden jugar un papel importante, como el Papa Francisco, quien ha hecho llamados al diálogo en repetidas ocasiones. Pero el futuro de Venezuela debe ser decidido por los venezolanos, preferiblemente por vía de elecciones democráticas. No es algo que Donald Trump deba decidir.

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