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Editorial / El País: Sanciones contra Kim Jong-un

El ensayo real del mayor arma de destrucción masiva inventada por el hombre —y nunca utilizada hasta ahora en un escenario bélico— no puede ser despachado simplemente como un paso más en la escalada de tensión entre la dictadura norcoreana y sus potenciales enemigos, y muchísimo menos como otra bravata de Kim Jong-un. Se trata de la constatación del inmenso poder destructor y desestabilizador que ha acumulado el que posiblemente sea el régimen más tiránico del mundo. Y de la urgencia de la necesidad de hacer algo efectivo cuanto antes para evitar que este enloquecido juego termine en una guerra nuclear.

Obviamente, la dictadura comunista de Corea del Norte es la responsable de este sinsentido en el que un país sacrifica sus recursos y población en el afán de alcanzar una capacidad bélica sin parangón en un país con sus parámetros económicos y sociales. Pero también es cierto que la comunidad internacional ha sido incapaz de frenar durante años el avance inexorable del régimen de Pyongyang hasta el punto en el que nos encontramos. Ya sea por desinterés a veces, por tácticas equivocadas otras o por conflictos de intereses en el gran tablero geoestratégico internacional, lo cierto es que desde que en 2006 Corea del Norte explotara su primer ingenio nuclear nadie ha logrado frenar su peligroso avance tecnológico.

Ante esta amenaza de primer orden a la paz y seguridad mundial, el Consejo de Seguridad no tiene otro camino que incrementar las sanciones al régimen norcoreano hasta lograr su vuelta a la mesa de negociación. Más que nunca, se requiere el concurso de China y Rusia para aislar a Kim Jong-un y forzarle a poner su programa nuclear bajo control internacional.

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