Inicio > El pizarrón de Fran > Rafael Del Naranco: La sinrazón catalana

Rafael Del Naranco: La sinrazón catalana

Lo sucedido en el Parlamento de Cataluña el pasado miércoles en medio de un acto rayando en el absurdo, es la prueba de que en democracia, cuando se la siembra injurias y desprecios, sus valías se ven arrastradas a la ignominia, mientras se desabriga ella misma ante el conjunto de una nación española que merecía mejor tratado de los secesionistas que han bebido de sus ubres a partir de 1978. Esa actitud amoral no hará a Cataluña mejor, al contrario se revela con ella la catadura de sus personajes más alevosos.

Y esto se percibe con más pasmo  tras la aprobación de un acto fantasmagórico en Barcelona sin la presencia de los partidos de la oposición, lo que marca la batahola irracional del independentismo catalán.

Se puede recordar ahora que el tiempos de la II República, siendo su presidente Manuel Añaza, fue el político  que encajonó en la cárcel a todos aquellos exaltados catalanes que declararon la independencia en esa época.

En tal fecha el jefe del gobierno, Juan Negrín, pronunció unas palabras que hoy siguen teniendo un albor directo.

“Yo no he sido nunca lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas, me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con él ya nos entenderíamos nosotros, o nuestros hijos o quien fuere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco. Y mientras, venga a pedir dinero, y más dinero”.

Lo dice al dedillo el certero refrán bien conocido: “Catalunya es bona si la bolsa sona”.

Un diario español –madrileño a todas luces– al reflujo la bochornosa escena del miércoles subrayaba: los separatistas insisten en ver el mundo al revés: hablan de las “amenazas” que sufren por parte del Estado (español) y aseguran que se les trata de infundir miedo, “cuando son ellos quienes intimidan a los tribunales y a las instituciones del Estado de Derecho agitando el fantasma del conflicto en la calle”.

Y añadía con refulgencia meridiana y sensata: “Quienes más tienen que perder son los independentistas, que no sólo se exponen ahora a la imposición de multas, a la inhabilitación y tal vez a penas de cárcel, sino a algo peor para sus intereses: el ridículo internacional”.

Un español castizo añadiría con galanura ante esa directa opinión: “Viva la madre que nos parió”.

La retorcida acción del catalanismo independiente –que no es mayoría ni por asomo– es un juego más complicado que el ajedrez, y aún así, haciendo uso de la astuta brisca, ese esparcimiento del pueblo en donde el sentido común, la picardía y muchos años moviendo barajas nos enseñan a no dejarse engañar, es un atenuante digno de tener bien en cuenta.

En eso está España actualmente, con la salvedad de que esos movimientos de sotas, caballos, espadas y bastos,  se está haciendo sin el más mínimo pudor dentro del Parlamento catalán  donde hay encajonados un grupo de exaltados: los 10 de la Candidatura Unidad Popular (CUP), denominada izquierda anticapitalista de inspiración leninista que, unidos a “Junts pel Sí” y otros partidos (62 escaños en total), se ven en la imperante necesidad de apoyarse mutuamente si desean obtener la absoluta mayoría en el Parlamento.

Esos diez jacobinos vienen obligando besar el suelo del palacio renacentista a los tres mandamases del actual Govern de Catalunya: Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y Carme Forcadell.

Alguien lo señaló en tiempos de María Castañas: el nacionalismo pierde sus valías cuando la persona ofuscada en esa acción, con poco sentido y nada de lógica, viaja al encuentro del mundo abierto. No es nada nuevo, y aún así el transitar carreteras y cruzar océanos enseña en demasía, abre el intelecto y aviva la conversa.

Sobre la emancipación de Cataluña se viene hablando largo y tendido hace tres siglos. En medio hubo golpes, asesinatos, peleas, falsas historias, hipocresías, nacionalismo de baja estofa, engaños y un abundante odio hacia todo lo que sonara a España, nación ésta de un pasado histórico asombroso.

La tierra hispana, tras la muerte de aquel absolutista llamado Franco, se proveyó de una Carta Magna que los ciudadanos avalaron –incluida Cataluña– bajo la cobija de sus representantes en las Cortes, y ahora, unos políticos “catalanenses” crecidos al donaire de las libertades constitucionales del terruño español, le asienta una  estocada.

Vuelve la heredad carpetovetónica  hacia un pasado que ya se pensaba olvidado cuando en esa Cataluña –quien la conoce la admira y respeta– se observa la amoralidad de sus lenguaraces segregacionistas envueltos en apetencias descomedidas.

Las palabras del poeta Eugenio de Nora deberían abrigar a la nación española en su conjunto bajo el cielo de  la unidad para el bien de todos:
“Yo no canto la historia que bosteza en los libros, ni la gloria que arrastran las sombras de la muerte. ¡España está en nosotros!”.

Te puede interesar