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Carlos Raúl Hernández: Perro de la calle

Tensión máxima. Cientos de millones de televidentes  sintonizaban la final de  Quiero ser millonario. Jamal Malik, el muchacho de un barrio marginal de Mombay donde los grados de miseria eran difíciles de imaginar para occidentales, estaba a punto de ganar el primer premio. Faltaba la última de la cadena de preguntas que había respondido. No era ningún  académico, sino alguien  forjado como niño de la calle, y había sobrepuesto el horror de su vida. Sobrevivió entre bandas de narcotraficantes, pandillas que cegaban muchachos con plomo derretido en los ojos para ponerlos a pedir limosna y prostituían pequeñas, para salvar a su hermano y a la amiguita con la que mantendrá toda la vida una relación sentimental. El, su hermano Salim y Latika se convierten en una tríada inseparable y se apoyan para sobrevivir al infierno.

Esa noche estaba bajo los reflectores del evento masivo más importante de la India. Había respondido las preguntas hasta llegar a la final de 350 mil dólares. Detrás tenía una vida de adversidades. Llegar al programa entre miles de aspirantes fue otro éxito. Años atrás la fatalidad lo había separado de Latika, no tenía como encontrarla, pero sabía que, como toda La India, ella lo vería y al verlo buscaría contacto con él. En una pausa del concurso el ancla lo aborda en el baño, y le induce respuestas falsas para hacerlo fallar. Aunque titubea en el aire, está seguro de lo que debe decir. No es endeble y nadie lo hace flaquear. Tiene una naturaleza sólida, no es un badulaque que cree tonterías y no se deja desviar de su camino. Le había faltado suerte en la vida, pero le sobraron tenacidad e inteligencia para llegar a ese momento de gloria.

Hombre de acero
No fue un viento favorable, ni que la vida lo llevó ahí y fue generosa con él, sino que llegó con los pies rotos en la marcha. No cae en trampas y se burla de su burlador, el ancla del programa, un canalla que lo denuncia en la policía por hacer trampa. Lo torturan y no le arrancan nada porque no hay nada que arrancarle y regresa al día siguiente a la final. Hablamos de la película más premiada de 2008, Quiero ser millonario aunque el nombre original es Perro de barrio, dirigida por Danny Boyle, al que recordamos por Transpoiting, y La Playa con Leonardo Di Caprio. Las cosas que sabe Jamal las sabe con seguridad, afincado sobre la tierra, y no hay tentación que lo mueva de su sitio. No es un papagallo de los vientos sino un árbol bien plantado. Las interrogantes que responde sin dejarse engatusar por el repulsivo conductor del programa las aprendió en experiencias muy duras.

Es la metáfora de cualquier líder triunfante con la capacidad de discernir, sentido de la realidad, certeza en el pensamiento para reconocer una imbecilidad dígala quien la diga o como venga envuelta. Churchill, Betancourt, Felipe González, Thatcher, Clinton, Gorbachov, fueron líderes de gran escala porque se abrieron paso en la confusión y al no haber rutas trazadas dependió de su talento y coraje construirlas. No se montaron en una nave hacia el poder sino que debieron hacerla. Churchill la emprendió desde finales de los 20 contra Hitler en defensa de la sociedad democrática y cada vez que lo decía en los Comunes, lo azotaban las burlas de sus colegas. A Betancourt lo adversaron sectores de las élites y de los militares, la izquierda insurreccional, y triunfó para bien del país. Felipe González rompió con el marxismo y se enfrentó a su partido. Y su amigo y lugarteniente, Alfonso Guerra, montó una trapisonda para enjuiciarlo.

Nadar en aguas negras
Hombres de cartón, disfraces de líderes, hubieran provocado fracasos colectivos. Thatcher chocó tanto con conservadores como laboristas por la apertura económica, y con Reagan, Gorbachov y Juan Pablo II, cambiaron el mundo. Todos tenían algo en común: mordían como bull dog hasta que arrancaban el pedazo y no eran galgos juguetones que saltaban de una pelota a un hueso de goma. Muchos  terminan arrastrados a un torrente, las sociedades resienten que estuvieron en un lugar que no merecían y causan tribulaciones en el destino de los que los siguieron. Las cosas que respondió Jamal Malik las sabía muy bien porque las había aprendido como perro de la calle. El locutor le pregunta quién cantaba una vieja canción. Entre el sonido del reloj que marcaba los límites para vacilar y gotas de sudor en la frente, desfilan por su memoria el momento y las circunstancias en las que la oyó y vio al artista interpretarla.

En su barrio, cientos de  letrinas estaban colocadas a manera de palafitos en una hondonada y los detritus hacían un pequeño lago de oxidación. A ellas se llegaba por tablas de madera que servían de puentes precarios sobre las aguas negras y pestilentes. Para jugarle una pesadez, cuando estaba en la letrina, los otros muchachos retiraron los pequeños puentes, de manera que no podría llegar a la orilla seca y se perdería el concierto. Antes que faltar al show de su estrella favorita, se lanzó a las aguas pútridas, las remontó, salió de la nauseabunda piscina y pudo ver a su artista ¿Y cómo no iba a saber el nombre del tercero de los mosqueteros, -la pregunta final- aunque lo tuviera sepultado en el subconciente, si en las aventuras del barrio él llamaba a su hermano Athos y él mismo era Porthos? Nadie podía confundirlo.

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