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Giovanna De Michele: El Caribe, Houston y Venezuela

El paso del huracán Irma por el Caribe, así como las recientes inundaciones en Houston, Texas, en Estados Unidos, son fenómenos naturales muy adversos y devastadores, que exigen la mayor solidaridad posible.

Sin embargo, la misma no se puede materializar si no se cumplen al menos dos condiciones esenciales, que son: 1) la solicitud y/o aceptación de la cooperación internacional por parte de las autoridades de las regiones en emergencia y 2) la buena disposición de la comunidad internacional para tender la mano a quien lo necesite.

En ambos casos, es necesario comprender que siempre la prioridad la han de tener los ciudadanos en su condición de seres humanos bajo situación de riesgo, sin disquisiciones relativas a concepciones políticas o ideológicas que separan a los gobiernos del mundo.

Estas coyunturas tan lamentables me hicieron recordar la terrible tragedia de Vargas en 1999, cuando Estados Unidos de América ofreció ayuda a Venezuela y el gobierno del entonces presidente Hugo Chávez la rechazó.

Igualmente, pienso en la actual crisis de abastecimiento de productos básicos y medicinas que se padece en Venezuela y la negativa de las autoridades actuales a aceptar la ayuda humanitaria que desde diversas latitudes se ha ofrecido a los habitantes de esta “potencia” necesitada y atribulada por la escasez.

Por otra parte, resulta muy complejo de comprender que las autoridades gubernamentales de Venezuela anuncien una agudización de la escasez de alimentos y medicinas en el país, como consecuencia de las más recientes sanciones impuestas al gobierno de Nicolás Maduro, por parte de Washington, y a los pocos días, esas mismas autoridades venezolanas informen acerca de una donación de 5 millones de dólares para atender la emergencia que provocaron las inundaciones en una ciudad del país con la mayor economía del mundo.

Definitivamente la solidaridad ha de ser una condición inherente a la especie humana, más allá de las artificiales diferencias políticas o ideológicas; pero sin duda, la mayor solidaridad de un gobierno ha de ser con sus propios gobernados. Particularmente por razones de responsabilidad y obligación y, adicionalmente, por un asunto de coherencia y credibilidad. No se puede admitir una crisis para alimentar y sanar a la propia nación, mientras se exhibe gran capacidad de cooperación para atender las dolencias de otras poblaciones.

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