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Néstor Francia /Análisis de Entorno: El difícil Plan Económico (11-09-2017)

Varias reflexiones surgen de la presentación el pasado jueves, por parte del presidente Maduro, del “Plan Constituyente por la Paz y la Prosperidad Económica”.

En primer lugar se debe tomar en cuenta, y así difundirlo, que el Presidente no ha sacado una varita mágica con la cual se resolverá las dificultades de un día para otro. La generación de excesivas expectativas no solo no tiene asidero en la realidad, sino además es harto peligrosa. Los problemas de la economía venezolana tienen varios orígenes. Uno es la guerra económica, evidente y muy agresiva. Otro es que se ha cometido errores de aprendizaje, al afrontarse la dificilísima tarea de sustituir el modelo capitalista neoliberal que se heredó por uno nuevo que apunte a la justicia económica y social. Otro, que hay problemas de crecimiento, al incorporarse a la distribución de bienes y servicios millones de venezolanos que antes estaban excluidos, y al incrementarse sensiblemente la inversión social. Otro, de índole cultural, que tiene que ver con los patrones de consumo del venezolano. Otro, reconocido por el presidente Maduro, el agotamiento del modelo rentista petrolero.

Sobre esto último habría un par de cosas que decir. El experto Fernando Travieso, con algo de razón, señaló en el programa meridiano de Vladimir Villegas que el término “renta” petrolera es erróneo, y que debe hablarse más bien de “ingreso”, puesto no estamos sentados esperando que nos llueva los dólares del cielo, sino que producir, transformar  y comercializar el petróleo requiere de mucho trabajo. Eso es verdad, pero solo en parte. El porcentaje de la población que trabaja directamente en la industria del petróleo es muy pequeño, pero el ingreso, que alguna vez llegó a proveer más del 80% de todo el presupuesto nacional, ha servido a una población poco productiva, no porque no trabaje, sino precisamente por causa del modelo rentista que produjo conductas clientelares (esperarlo todo del Estado) y facilistas (generar ingresos particulares con bajo esfuerzo). Muchos seudo empresarios y politiqueros se enriquecieron traficando y trampeando con el maná petrolero.

Un ejemplo histórico de las distorsiones que generó en nuestro país el rentismo petrolero es lo que se conoce como el éxodo rural, fenómeno que se produjo en la primera mitad del siglo XX, paralelo a la extensión de la industria petrolera nacional, consistente en la migración masiva  de los campesinos hacia los campos petroleros y ciudades, motivada por los cambios económicos ocurridos cuando se pasó de una economía basada en rubros del campo a una economía petrolera. La mayor consecuencia de esta migración fue la desaparición de poblaciones rurales enteras en diversas zonas, las cuales quedaron abandonadas como pueblos fantasmas, y por ende la afectación extendida de la agricultura y la ganadería. A este abandono se refirió Miguel Otero Silva en su célebre novela Casas muertas, ambientada en unos pueblos llaneros (Ortiz y Parapara de Ortiz), que la emigración a las ciudades convierte en despoblados. Venezuela pasó de ser un país eminentemente rural (en 1936, 66% de la población era rural) a un país altamente urbanizado, con 87% o más de la población residenciada en áreas urbanas, con Caracas, Maracaibo, Maracay, Valencia y Barquisimeto como las principales ciudades. Esto produjo una “macrocefalia” demográfica y económica, con la población altamente concentrada en la zona norte-costera del país. Desde el punto de vista productivo, la única excepción en esa enfermedad económica y socio-cultural es acaso la zona sureña de Ciudad Guayana, donde se desarrolla una importante actividad minera y metalúrgica.

El éxodo rural es una de las más funestas consecuencias socioeconómicas del rentismo petrolero. No solo porque propició el abandono del campo, afectando de manera notable la posibilidad de alcanzar la soberanía alimentaria, sino que además se reflejó en la depresión social de las áreas rurales, con alta deficiencias en la provisión de servicios públicos esenciales, como la electricidad, el agua potable, la educación y la salud. Pero no solo eso, la ilusión de mejoría socioeconómica del campesinado al trasladarse a los centros urbanos, se transformó prontamente en pobreza y exclusión aun mayores, y ello llevó al surgimiento y generalización de los sobre poblados cordones de miseria que rodean a nuestras ciudades.

Una situación como la descrita es por sí sola muy difícil de revertir o superar, pero se ve agudamente empeorada por la actual agresión económica externa e interna.

El “Plan Constituyente por la Paz y la Prosperidad Económica” trata de ser la aplicación práctica, adecuada a la situación actual concreta, de los principios expresados en el Plan de la Patria acuñado por Chávez. Su implementación no va a ser fácil, no va a resolver todos nuestros problemas de manera inmediata, va a encontrar oposición y escollos formidables, inclusive de índole cultural. Debería ser tomado como un asunto de relevancia nacional, no solo en lo discursivo, sino sobre todo en la práctica.

Tiene que incorporarse al desarrollo del Plan todo el país: el Estado, la instituciones del Gobierno, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, los gobernadores, los alcaldes, la organizaciones civiles, el Poder Popular y, por supuesto, la Asamblea Nacional Constituyente. Y una de las tareas principales es la comunicacional, para que el pueblo comprenda a plenitud las características, los objetivos y los métodos de este Plan. La tarea es gigantesca y ardua, no es hora de contar los pollos antes de nacer.

Mucho más habría que decir sobre este espinoso tema, pero por hoy se nos acabó el espacio.

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