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Alfredo Toro Hardy: Rescatar el humanismo

La llamada paradoja de Moravec constituye un elemento central de la tecnología digital y, por extensión, de la robótica. De acuerdo a la misma los altos niveles de razonamiento requieren de poca computación mientras que las habilidades sensomotoras requieren de enormes niveles de computación. En términos de empleo ello se traduce en algo simple. Aquellas actividades laborales que dependen de la movilidad y de las destrezas manuales se encuentran resguardadas de la amenaza planteada por las computadoras y los robots. Por el contrario, aquellas sustentadas en el pensamiento analítico y en altos niveles educativos se encuentran en la mira destructiva de éstos. Mientras plomeros, electricistas o enfermeras pueden respirar tranquilos; radiólogos, médicos internistas, hematólogos, periodistas o analistas, deben empezar a preocuparse por la viabilidad de sus empleos a mediano plazo.

En artículos anteriores hemos hecho referencia a un trabajo fundamental de Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne, de la Universidad de Oxford. Según el cual en poco más de una década la mitad de los puestos de trabajo en Estados Unidos pueden verse arrasados por la tecnología digital. Eso implica, de más está decirlo, que las ondas expansivas de sus innovaciones tecnológicas se harán sentir en el planeta entero. Luego de los obreros y empleados sometidos a una labor repetitiva y puntual, cuyos puestos de trabajo están siendo ya sustituidos por las máquinas, las próximas víctimas serán quienes se encuentren del lado equivocado de la paradoja de Moravec.

Para hacer frente al reto al empleo planteado por la tecnología, el antídoto casi universal pareciera estar siendo buscado en las carreras tecnológicas. Ese sería el consejo que los padres sensatos darían a sus hijos. Sin embargo, adentrarse en mayores niveles de especialización tecnológica podría ser el consejo equivocado. De acuerdo a Martin Ford: “Una de las paradojas de la era de la computación es que el trabajo se hace cada vez más especializado, tornándose por tanto más susceptible de ser automatizado”. Luego añade: “Ello equivale a asumir que en la época de la mecanización de la agricultura la mayor parte de los trabajadores de la tierra desplazados podían encontrar nuevos empleos manejando tractores. El problema es que los números no dan” (Rise of the Robots, New York, 2015).

Así las cosas, si no todos podrán conducir los “tractores” de la tecnología digital, habría que preguntarse cuál es la opción. Dos ejemplos pueden acercarnos a la respuesta. El primero es el de las escuelas Montessori que,  a contracorriente de la educación primaria tradicional, han enfatizado una formación no convencional. Esta última se sustenta en una jornada no estructurada, en la promoción del autoaprendizaje y en un involucramiento táctil con materiales diversos. Sorprendentemente, quinientos innovadores prominentes, incluyendo allí a Larry Page y a Serge Brin de Google, a Jeff Bezos de Amazon y a Jimmy Wales de Wikipedia, provienen de este sistema. No en balde se habla de la Mafia Montessori.

El segundo ejemplo lo proporciona Singapur. Un país que careciendo de cualquier materia prima pasó en cincuenta años de la más abyecta pobreza a encontrarse entre los cinco países con mayor PIB per cápita en el mundo. Pero a pesar de su éxito Singapur confronta un problema. Su énfasis en las carreras tecnológicas y en la disciplina ha generado un techo de crecimiento, determinado por la poca capacidad de sus ciudadanos para pensar “fuera de la caja”. Hasta el presente ello ha sido compensado por la posibilidad de atraer a lo mejor del talento disponible en el mundo. Sin embargo, sus ciudadanos comienzan a resentir a un talento foráneo que les sustrae oportunidades. Para hacer frente a esta situación, el gobierno está inyectando dosis masivas de arte moderno, ciencias sociales y formación artística en todas sus dimensiones. El objetivo no es otro que el de propiciar el pensamiento creativo.

Los casos Montessori y Singapur tienen un denominador común: la importancia de la creatividad. Promover el pensamiento lateral, el pensamiento  crítico, la imaginación, son elementos centrales de ese proceso. Ello resulta tanto más importante en la era digital cuanto que, junto a las destrezas sensomotoras, la otra gran limitación de las máquinas es la creatividad. Ellas pueden llegar a ser incomparables en la ejecución, pero la gran visión de conjunto y la imaginación les escapan por completo.

Una frase del reputado neurólogo Robert Burton resulta clave: “Mi verdadera preocupación es que nuestra creciente obsesión con las máquinas inteligentes no está haciendo perder nuestras habilidades cognitivas. Basta con observar el declive sufrido por las carreras humanísticas, el ocaso evidenciado por la novelística y la obsesión de la información por sobre la contemplación” (“How I learned to stop worrying”, The New York Times, 09/21/2015).

Para enfrentar a las máquinas hay que rescatar al humanismo.

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