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Nuevas definiciones de viejas palabras; por Alejandro Oliveros

Fotografía de Alexey Menschikov

 

Desde 1997, a principios de setiembre, se realiza en Mantua, la ciudad natal de Virgilio, uno de los festivales literarios más concurridos de Europa. Este año, los organizadores han pedido a 31 escritores, de diversos países, una definición que sirva para explicar el “mundo de ellos y el nuestro”. El suplemento “La lettura”, de Il corriere della sera, ha publicado una decena de ellas, de las cuales hemos escogido y traducido cuatro, a cargo del francés, Laurent Gaudé; la alemana Mercedes Lauenstein; el español Fernando Aramburu y el italiano Nicola Gardini.

DESEO (Desir), Laurent Gaudé

El deseo y la escritura siempre me han parecido palabras hermanas, que nos plantean una tensión semejante; algo de la sed de conocer, de explorar, de aprovechar. Al igual que la escritura, el deseo (desir) no significa comodidad o placer. No es la satisfacción, sino el apetito, la carencia, la impaciencia.

Como la escritura, el deseo no es algo limpio ni educado. Se relaciona con cosas subterráneas, inconscientes, incontrolables, que surgen y nos sorprenden. El deseo es el enemigo de la saciedad. En el mismo momento en el que finalmente alcanza su objetivo, renace. Es lo que ocurre con la escritura: después de cada texto escrito queda la sensación, casi inmediata, de que es necesario comenzar con el siguiente texto, para recuperar todo lo que falta. Es un movimiento infinito. Por fortuna.

MELANCOLÍA (Schwermut), por Mercedes Lauenstein

El concepto de Schwermut está relacionado con la famosa noción de Weltschmerz; es decir, un sentido melancólico del mundo. La melancolía de Schwermut, sin embargo, no indica un estado de ánimo sombrío, algo que afecte a todos por lo menos una vez en la vida. Se trata, por el contrario, de una predisposición que caracteriza a una persona desde el nacimiento. La marca de fábrica del Schwermut es el suspiro. Ah, tener que despertarse”; “Ah, tener que acostarse”; “Ah, esa brizna de paja en el viento”; “Ah, todo. Un suspiro! En el suspiro la Schwermut halla reposo; como, por ejemplo, cuando estamos frente a un vasto paisaje, una extensión de agua o los viejos techos de las casas. Esta condición a menudo se confunde con una depresión benigna, pero, en realidad, se trata de un malentendido. En realidad, no es más que un acercamiento a la vida en tono menor, con su propia belleza, pero nada de compasivo. Las personas melancólicas escuchan música melancólica. Pregúntenles: Pero, ¿por qué siempre esta música tan triste?” “¿Por qué me lo preguntas? Porque me hace feliz. Una respuesta que solo los melancólicos pueden entender. Las almas felices se preguntan si estas personas están mal de la cabeza. En realidad, están destinadas a tener una relación de amor-odio con su propia melancolía. Ah la melancolia!, dicen suspirando, La vida no es fácil, pero juntos podemos lograrlo. Vamos a dar un paseo, cuéntame todo; o si no, escribe! Escribe, escríbelo todo”.

P.S. Obviamente, la Schwermut tiene que ver más conmigo que con el resto de mis compatriotas. El alemán promedio, mejor conocido por su sobriedad, encontraría a la Schwermut demasiado teatral.

SOLEDAD, por Fernando Aramburu

Me refiero a la soledad que no pesa, aquella que escogemos libremente. Considero esta soledad como un ámbito indispensable para la creación. Es el espacio en el cual nos retiramos temporalmente para transformar en símbolos nuestros recuerdos, nuestra experiencia de los asuntos humanos, los sueños, las dichas y las desgracias. De niño, tenía la costumbre de jugar solo en una habitación de la casa familiar. Esa sensación de estar relacionado, incluso sin compañía, la siento cotidianamente mientras escribo. Tengo necesidad de la soledad como fase preliminar para poder estar con los otros y ofrecerles el minucioso fruto de mi trabajo. La soledad es también el lugar en el cual a diario hago cuentas conmigo mismo. Si he actuado bien o no, me lo digo en esos momentos de soledad. En fin, la soledad es un observatorio desde el cual contemplo el mundo. A menudo, incluso si tengo personas a mi alrededor, estoy solo.

SOMBRA, por Nicola Gardini

Sombra, del latin, umbra (véase sobre todo Virgilio). Es la oscuridad que llevamos detrás, que todas las formas llevan detrás. Un muerto también hace sombra, como una montaña o un pájaro en vuelo, o una polilla. La sombra no hace distinciones entre los vivos y los muertos, entre pequeño y grande; la realidad de la sombra es una sola; se respire o no, seamos seres humanos o no. Por esto me gusta la sombra: vida y muerte se encuentran sin negarse; hombres animales y cosas; el que es y el que ya no es. El lenguaje de la sombra rehúye definiciones y prejuicios. En la sombra el pasado es presente.

De la sombra se han dicho cosas terribles; que es el mal, que no es el mundo; que incluye lo peor de nosotros, comenzando por la vanidad; que miente y confunde. Alguno, nos dice una vieja leyenda, ha tratado de quitársela a golpes de espada. Todas, metáforas negativas que podemos ciertamente sustituir con otras metáforas. La sombra es siempre concebida como un sistema de valores opuestos y reducida a ser lo contrario de la luz, del bien, de la certeza, de la autenticidad. ¿Pero de cuánta luz, de cuánto bien, de cuánta certeza, de cuánta autenticidad podemos afirmar que se componga la historia humana o incluso una sola hora de nuestros días? Prefiero la sombra, la incertidumbre, la ambigüedad, la ironía, lo irrealizable.

Quiero la repuesta que se escapa, el sentimiento inasible, el discurso que se reduce o alarga según la posición del pensamiento, la cosa presentida, el sentimiento que no se puede aferrar, la posibilidad siempre renovada, el recuerdo. La sombra no es un doble disminuido, no es el contrario del ser. El ser es algo que ocurre, que se mueve, que se transforma continuamente. La sombra, nuestro fin y nuestro comienzo, le pertenece.

En esta Venezuela inimaginada e inimaginable de un, hasta ahora, ingrato siglo XXI, hemos sido víctimas del “trastrocamiento”, como diría Nietzsche, del sentido de las palabras. Lo cual no es más que uno de los derivados de todo totalitarismo. El lenguaje ha sido doblegado para que las significaciones dejen de ser lo que eran. Toda semiótica es inútil. Palabras como democracia, paz, educación, cultura, dialogo, felicidad, han cobrado un sentido perverso que las autoridades tratan de imponer a la fuerza: paz quiere decir guerra; democracia, dictadura; felicidad, miseria y, fatalmente, vida quiere decir muerte. Como se recuerda, el lenguaje es la casa del ser; el desamparo, espiritual y físico, al que hemos sido reducidos, es apenas una demostración. Vivimos a la intemperie, aferrados al sentido original de las palabras, que es lo único que le da sentido a nuestra existencia. No es otra la tarea de poetas y escritores: devolver el sentido original a las palabras de la tribu.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

 

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