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Diana Calderón: ¡No me amenaces!

Es común escuchar a Donald Trump amenazar. Lo hace con cierta frecuencia. Incluso en sus conversaciones telefónicas con mandatarios vecinos. Le gusta mantener la tensión en sus relaciones bilaterales, ubicarse como el mandamás del barrio como en épocas que se creían superadas. En las últimas horas, usó su retórica con Colombia, la nación que por más de 30 años ha puesto todos los muertos en una guerra sangrienta contra el narcotráfico.

Una lucha que acabó con el Pablo Escobar que, sin vergüenza, ahora elevan a héroe en las series televisivas, una lucha que dejó tendidos a candidatos presidenciales, una lucha que alimentó y financió y pervirtió a los más humildes, a los guerreros y ha dejado a este país lleno de viudas y huérfanos. El señor Trump no sabe de esos dolores. Colombia sí y no puede desistir.

Falta, pero se avanza y si llega la paz 360, como resultaría de la posibilidad de ver sometido al Clan del Golfo y de lograr ahora la paz con la guerrilla del ELN, otro será el discurso del Norte y, aún más importante, la vida en los territorios como el Catatumbo, el sur y el Pacífico colombianos.

Hace pocas horas Trump amenazó con “descertificar” a Colombia si el país no logra controlar cuando antes el incremento de los cultivos ilícitos. Y lo hace a pocos días de que el Gobierno de Juan Manuel Santos se reúna en Nueva York en Naciones Unidas y luego de una audiencia en la que el señor ex embajador en Colombia William Brownfield dijera que con la paz se dejó de lado la lucha contra el narcotráfico; lo dijo sí, sin pudor. No ha entendido que la paz se hace y se hizo con las FARC para poder convertir en aliados en esa misma lucha a quienes eran los que controlaban el negocio de insumos, traficaban con la coca y se financiaban con la multiplicación de las siembras.

Colombia se planteó una meta: erradicar 100 mil hectáreas. 50 mil por erradicación forzada y las otras 50 mil por sustitución de cultivos, en lo que, además, las FARC participan. Ya hay 105 mil familias involucradas. La estrategia se diferencia de las anteriores en que esa guerrilla hoy apoya la erradicación y la sustitución y las familias que firman el compromiso de erradicar y no resembrar, reciben un subsidio, se les garantiza la siembra de un producto legal y se les crean las condiciones de la cadena productiva.

Pero la coca en ocho meses no se erradica, y mucho menos se sustituye. Se necesita plata, mucho dinero. Se necesitan los empresarios de la agroindustria que estén dispuestos a apostarle al desarrollo en esos territorios que subsistieron con la economía de la droga. Que los campesinos tengan una alternativa no en la ilegalidad si no en la construcción de un futuro para evitar que las guerras se reciclen. Es un tema que a Trump parece que no le han explicado. O no quiere entender o no le conviene entender. Le interesa amenazar con renarcotizar las relaciones pero sabe también que somos el aliado en América frente a un tema que le importa como es Venezuela.

Ante el aumento de los cultivos: 146 mil hectáreas en 2016 según el Simci de Naciones Unidas y un informe de la DEA que muestra que la oferta de cocaína colombiana en Estados Unidos fue el año pasado la más alta desde 2007 y que representa el 92% de estupefacientes incautados en el año 2016 en ese país, el Gobierno destaca que llevan 31 mil hectáreas erradicadas, el 62 por ciento de la meta en el componente forzoso.

Importante saber por qué la nación de Trump no realiza las incautaciones suficientes. De 600 toneladas en todo el continente, Colombia incautó en 2016, 362 y en la frontera con México, Estados Unidos solo 10. La misma DEA reconoce que que 8 de cada 10 de los cargamentos que salen de América del Sur lo hace por el Pacífico y el corredor preferido por los narcotraficantes es por Centro América y México. ¿Y entonces? ¿No son acaso los policías del mundo? Y además no son los mayores consumidores, según la propia DEA. Su ineficacia es apabullante siendo corresponsables de cabo a rabo

Por qué no explica Estados Unidos su ineficiencia en la corresponsabilidad enorme que tiene en la lucha contra las drogas.

Así que por ahora Colombia solo tiene que seguir por el camino elegido, y de tener que cambiarlo, que sea por haberse demostrado con el tiempo necesario que se requieren otras tecnologías, incluidas las que rechazan los ambientalistas a quienes tanto desprecia Trump.

Colombia debe regresar a esos días de antes de la visita Papal a Colombia y centrarse en el cese bilateral del fuego con el ELN, que regirá desde octubre, y en el sometimiento, que no negociación, del llamado Cartel del Golfo, el más grande exportador de coca (60%) a EE.UU. y Europa. De lograrse, Santos habrá hecho la paz completa. La paz 360, porque son esos actores los que incrementan la siembra de coca, la minería ilegal y el lavado de activos. Y habrá logrado Colombia el fin de una época que empezó con los Castaño como autodefensas, mutaron a paramilitares y derivaron en bandas criminales.

Estos procesos se tienen que hacer bien. No a punta de amenazas. O serán las semillas no de la sustitución sino de las guerras recicladas que surgen de las imperfecciones de los acuerdos las que nos impidan el futuro. No por tanto correr amanece más temprano.

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