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Robert Gilles Redondo: ¡Que nos asistan, por favor!

 

La catástrofe que vive Venezuela agota todas las adjetivaciones que existan en nuestra lengua castellana. El panorama es indescriptible. Se nos ha sometido n un proyecto político de naturaleza totalitaria que ha desmantelado la República, generando un inédito estado fallido y forajido. Un estado gangrenado por el narcotráfico, convertido en el cártel de la droga más poderoso del mundo por cuanto tiene a su servicio la estructura logística y la seguridad militar de todo el poder del Estado. Quienes dicen ser los representantes de esos poderes públicos y del naufragante proyecto político son, en realidad, los ejecutores del crimen más perfecto que ha visto el mundo y que nos podría recordar acaso los horrendos crímenes del nazismo contra el pueblo judío en el siglo XX. Mientras eso se realiza, un pueblo, treinta millones de víctimas, se ven sometidos a la hambruna, a la miseria absoluta, sin acceso a los servicios de salud y a los medicamentos, sin servicios públicos y con los niveles de violencia más altos que ni se comparan con el de los países en guerra. Un aparato productivo destruido en su totalidad, con la economía en default, un inédito proceso de hiperinflación y la paralización, por destrucción, de la industria petrolera.

Mil veces lo han dicho: el otrora país más rico de América Latina hoy vive la más grande crisis humanitaria, económica, social, cultural y política de toda su historia. Y digo cultural porque la espiral arrastró a los venezolanos a una terrible disociación social al punto de convertirles en parte del problema.

El panorama no podría complicarse más. Sumado a todo lo desgraciado que puede ser intentar describir a la Venezuela del 2017, existe una oposición revestida de invocaciones rebeldes que se arroga –en la denominada Mesa de la Unidad – la exclusividad del liderazgo, manejo y, casi que con infalibilidad pontificia, la estrategia de lo que debemos hacer como nación para liberarnos del lastre chavista. No bastó la estafa del diálogo de 2016, no bastaron los más de ciento cuarenta jóvenes venezolanos asesinados por las fuerzas armadas en el segundo trimestre de este año. No bastó el plebiscito del 16 de julio. Nada ha bastado y todo ha sobrado. Se impone de nuevo, sin derecho al pataleo – so pena de ser llamado agente del régimen o del G2 -,  un diálogo que sin más ni menos contradice todo lo dicho durante este tiempo y desconoce las decisiones que hasta la fallida Asamblea Nacional había tomado, pasando por la declaratoria del abandono del cargo, la declaratoria de dictadura y la invocación del derecho a la rebelión consagrada en el artículo 350.

El diálogo, en ningún modo, puede ser el motivo para aceptar la permanencia del dictador en el poder que detentas por lo demás, de forma ilegítima. Mucho menos para reconocer la existencia de la tumultuaria asamblea constituyente que no es sino la más selecta colección de trúhanes del chavismo y la de unos cuantos malogrados ignorantes que realmente se creen el libreto ideológico que allí les proveen. ¿En eras de la vocación democrática que algunos se arrogan debemos aceptar y convivir con la ANC?

Pero el diálogo tampoco puede ser una vez más la feroz bofetada a las víctimas de la tortura, a los asesinados, a los lisiados, a los presos políticos, a los que mueren por hambre, sed y por falta de medicinas. No se puede dialogar con quien inflige sin pudor la peor y más dolorosa humillación a nuestro país y sus tradiciones en toda nuestra historia. Esa etapa de llamar a la recapacitación se agotó. Y se agotó el día en que las Fuerzas Armadas decidieron asumir la mortal represión durante las inmarcesibles manifestaciones de este año y se agotó el día en que la narcodictadura decidió pasar por encima de todos, a cualquier precio, con tal de seguir ejecutando su miserable proyecto totalitario.

Así que frente a este espectro no podemos sino alzar la voz. Alzarla contra ese fatídico proceso de negociación que se gesta en la República Dominicana para reforzar la convivencia de algunos sectores políticos con el narco régimen. Pero además de alzar la voz, no sólo por rechazo a quienes fungen de voceros y mediadores, tenemos el deber de pedir a la comunidad internacional asistencia directa a nuestra crisis.

Para ello hay que asumir la necesidad de superar políticamente a quienes están decididos a convivir con el chavismo el tiempo que sea necesario, a costa de esa falsa invocación de la salida pacífica, constitucional y democrática. Esto pasa por la constitución de un Gobierno para la Transición que presente a la comunidad internacional una clara hoja de ruta para la asistencia humanitaria y militar en Venezuela. Tal como lo ha expresado en su mandato la sociedad venezolana el pasado 16 de julio.

Ha llegado el momento de entender que en nuestro estado de absoluta indefensión no podemos sino casi que implorar que vengan a por los indeseables, nos asistan en nuestros esfuerzos por ponerle fin a la narco dictadura y al genocidio que se vive a diario en Venezuela. Tenemos que comenzar sin más demora la reconstrucción de la patria. De lo contrario, nada nos salva. Que no nos retrase la paciencia democrática. Que nos salve, por fin,  la determinación histórica.

 

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