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Antonio Navalón: América sin rumbo

En este ocaso de los paradigmas y las ideologías, hay nuevas verdades que afectan a las Américas, a la que habla inglés y a la que habla español y portugués. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca no solo ha instaurado un cambio cualitativo en la estructura política moderna, sino que también evidencia los efectos colaterales de la crisis económica de 2008, como el agotamiento de las sociedades modernas, la nueva era de la comunicación e Internet, con todo lo que significa para la percepción social y la articulación política.

La catarsis moral que supuso el crack de 2008 ha dado lugar a un nuevo referente mundial que no se articula a través de las instituciones, sino por la percepción social de la impunidad y el cáncer de la corrupción. En Brasil, el único elemento contaminante de la política social de los años de gobierno de los presidentes Lula y Dilma Rousseff es su conexión con esa apoteosis del soborno y de la corrupción institucional que es el caso Odebrecht en todo el subcontinente.

El fracaso chavista, más la experiencia de los Kirchner en Argentina, condujeron a América Latina a una crisis en la que los sistemas populistas han terminado por naufragar. Venezuela, uno de los países más ricos en reservas de petróleo del mundo, también es un Estado agónico donde la gente se está muriendo de hambre o de un simple resfriado por no tener acceso a medicinas. En el caso de Argentina, una vez que el populismo que significó la era Kirchner dijo adiós, el gran debate se gestó en torno a la percepción social de la batalla perdida contra la pobreza, que ahora deja al 30,3 % de los argentinos en esa condición.

En Estados Unidos, la crisis ha agudizado la disminución de su clase media, a la que ya solo pertenece un 49,9% del total de su población —120 millones de personas—, mientras que en 1971 ascendía al 61%. El propio Jesucristo dijo: “A los pobres siempre los tendréis entre vosotros” (Marcos 14.7). Pero lo que no dijo es que, después de tanta Escuela de Chicago, de tanto Banco Mundial, de tanto Fondo Monetario Internacional y de tanto sacrificio social en busca de la disciplina fiscal y financiera, no se conseguiría eliminar el odio social acumulado, que se ha ido convirtiendo en un partido de la pobreza en constante crecimiento, y que muestra el fracaso de los sistemas políticos. La crisis de 2008 ha terminado por desencadenar la percepción mundial de que la corrupción es el gran enemigo del siglo XXI y la impunidad, su consecuencia más inmediata.

América no tiene rumbo. Europa, por razones políticas, de disciplina social y, sobre todo, porque se ha convertido en el gran campo de batalla de la lucha de este siglo XXI, la lucha religiosa, tampoco lo tiene. Y, por su parte, a China le basta con no volar por los aires en sus propios números de desajuste social y mantener su estructura política, pese a la mutación que supone su éxito económico.

¿Cuáles son las fuerzas que van a configurar de aquí en adelante este curioso, violento y contradictorio siglo? En mi opinión, la injusticia económica ya no tiene su traducción en explosiones revolucionarias que toman por las armas el poder, sino que ahora se traduce en un círculo vicioso de corrupción, impunidad y miseria que socava la autoridad moral de los gobiernos. Está claro que, a estas alturas, no haber hecho nada frente a la hecatombe de hace casi una década ha traído estos fangos en los que el partido de la pobreza, la ausencia de rumbo, el robo generalizado, el soborno y la falta de rendición de cuentas son parte fundamental de la crisis que atravesamos.

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