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Nelson Totesaut Rangel: No tengo miedo

Que un país presente divergencias internas es algo natural. La rivalidad entre pueblos se puede generar por la justificada sensación de preponderancia a cierto grupo por encima del otro. Usualmente, tiene orígenes históricos: heridas no cicatrizadas que dejan un resentimiento cíclico que revive de vez en cuando. En el caso español, un país unido con saliva de loro.

Siglo XVI – XVII
Recoge John Elliott, en su libro Haciendo Historia, que un catalán del siglo XVI alegaba que los castellanos: “volen ser tan absoluts, i tenen les coses pròpies en tan, i les estranyes en tan poc que sembla que són ells sols vinguts del cel i que la resta dels homes és lo que és eixit de la terra” (quieren ser tan absolutos, y tienen sus propias cosas en tanto, y las ajenas en tan poco, que parece que ellos han venido del cielo y que el resto de los hombres es lo que ha salido de la tierra). El cisma catalán es tan antiguo como la propia España.

Cuando Felipe II escoge, en 1561, a Madrid como la Capital hispana, la Unión de Castilla y Aragón pretendía una preponderancia castellana. Las pugnas sociales no se hicieron esperar. En 1640 los catalanes se sublevan contra Felipe IV. Y, luego de 19 años de intensa confrontación bélica, Madrid logra sofocar la rebelión. Es decir, la unión se había completado, la corona era una sola, solo se requirió de las armas y dos décadas de guerra, para consolidar una ficción.

Siglo XX
La victoria de Franco en la guerra civil, traería consigo un férreo control autoritario sobre la cultura catalana. El idioma catalán sería abolido. Lo que no solo implicaría la prohibición de comunicarse por medio de él, sino la traducción absoluta de toda la señalización y nombres de una región entera. Los estudios se centrarían en la hispanidad castellana y los símbolos de identidad colectiva (bandera, por ejemplo) eran ilegales. La república española jamás ha sido tan homogénea como con el franquismo. Tan solo la sardana (danza folklórica) y los partidos de fútbol, eran las únicas expresiones de mera identidad regional.

Evidentemente, esto no estaba destinado a durar. Con la muerte de Franco, en 1975, se empieza a recuperar la perdida cultura catalana. Décadas de dictadura no pudieron soslayar una cultura que había quedado reducida a la clandestinidad.

Al comienzo el movimiento empezó lento. La generación de entonces había crecido bajo la idea de República. El movimiento nacionalista carecía de mayores simpatizantes. Uno de los pocos convencidos era Ramon Llumà (alcalde de Solsona durante 23 años), quien visualizaban a una Cataluña independiente y, cada vez que la Guardia Civil le preguntaba por la bandera de España que debía de izarse en el Ayuntamiento, él respondía con peculiar originalidad: “Se encuentra en la tintorería”.

Siglo XXI
La actualidad pinta el verdadero reto español. Ya no existen ni guerras ni dictaduras que justifiquen ir contra el ánimo de una sociedad por su autodeterminación. No estamos en el siglo XVII, cuando Felipe IV pudo acabar con la revuelta por medio de la espada. Tampoco en el XX, cuando Franco se hizo de la misma fuerza para forzar la creación de un país homogéneo. Nos encontramos en la coyuntura de la diplomacia del siglo XXI, la cual aboga por la solución pacífica de los conflictos, por medio del diálogo y el entendimiento civilizado.

El primero de octubre se pretende realizar un referéndum consultivo, el cual es indudablemente ilegal. No obstante, los sentimientos arrastrados y acumulados de una sociedad son tan reales como legítimos. Es por ello que han de ser tratados con la astucia requerida si se vela por la unidad a futuro de un país. Ya que, buscar violentar la solución del conflicto, generará un cúmulo de disgustos que ha demostrado no acabar; ni con la espada, ni con el fusil.

El reto lo tiene Rajoy. Evitar el referéndum por medio de la Guardia Civil (ya más de 3.000 funcionarios han sido enviados a Cataluña) parece ser el camino escogido. Lo que sugiere una inevitable confrontación, con los catalanes gritando: No tinc por (no tengo miedo); primero empleado como lema antiterrorista y ahora antiespañol.

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