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Alirio Pérez Lo Presti: Pensar en vivo y directo

La contemporaneidad abre trochas inimaginables con respecto a la presencia del hombre de pensamiento. Si no fue el primero, Theodor Adorno fue, por lo menos, el más destacado de los pensadores que comenzaron a reflexionar sobre un fenómeno profundamente actual y contemporáneo: los medios de comunicación de masas y las posibilidades que tienen, tanto para lo malo como para lo bueno.

Los grandes medios de comunicación, que son tan pujantes e importantes, lo mismo pueden servir para manipular conciencias e imponer consignas, o para difundir temas educativos y culturales. Adorno, testigo presencial de la revolución rusa y dos guerras mundiales llegó a decir que escribir poesía después de la existencia de los campos de concentración se había vuelto imposible, porque la “alta cultura” no puede estar por encima de las vicisitudes materiales e históricas; rematando con la sentencia: ¿Cómo hacer un poema acerca del ruiseñor o de la rosa después de haber vivido un horror como el de Auschwitz?

Esa tradición va a continuar con hombres de un impacto avasallante en la cultura occidental como es el siempre recordado Jean-Paul Sartre, quien se convirtió en el filósofo como referente político por antonomasia. Independientemente que no se compartan sus ideas políticas, Sartre fue y sigue siendo el ejemplo de cómo el hombre de ideas se puede llegar a fusionar con lo más pedestre de la existencia, que es a fin de cuentas el arte de la política.

Esta línea de filósofos va a desembocar en Michel Foucault y lo que muchos consideran “una nueva manera de hacer filosofía” en la cual ciertas poblaciones son asumidas desde la necesidad de reivindicar sus derechos como el caso de los homosexuales, los presos y los enfermos mentales, llegando a un punto en el cual estos temas, hasta ese momento marginados, se terminaron convirtiendo en bibliografía casi obligatoria en cualquier universidad del planeta. Para Foucault la identidad social se construye perversamente y se establecen políticas de exclusión que afectan al individuo etiquetándolo como manicomial, hospitalario o carcelario y lo vuelve asunto central tanto de su obra como del debate de los filósofos que tradicionalmente excluían estos asuntos. Lo importante no es intentar conquistar el poder sino establecer la pura posibilidad de resistencia. No pudo ser más cruel la vida con Foucault, quien termina convirtiéndose en un enfermo de Sida y muere por esta condición.

Esta relación entre el hombre de ideas y su tiempo deviene en la Venezuela del siglo XX con la presencia de Arturo Uslar Pietri y su insólita relación con los medios de comunicación, convirtiéndose en un caso único del gran pensador que sale al ruedo de la vida pública tanto a través de la política como con el uso de los medios de comunicación audiovisual, particularmente la televisión y sus infinitos alcances.

Pero la contemporaneidad da para más y a esta saga de hombres de carácter mediático y abrumadoramente cultos se acopla Fernando Savater,  y va a hacer de lo audiovisual el instrumento para la difusión de las ideas a escala planetaria, siendo un espectáculo deslumbrante el escuchar sus siempre atinados y sobrios planteamientos acerca de múltiples filósofos y temas propios de nuestro tiempo.

De los hombres de ideas que siguen dando qué pensar, Mario Vargas Llosa no deja de impresionar por sus espectaculares artículos de prensa tan eruditos como insuperablemente escritos. Vargas Llosa tal vez sea el último gran pensador latinoamericano de alcances universales, en quien se acoplan el dominio a la perfección de un arte como la literatura con la disquisición filosófica y la posición política sin ambages, la cual agradecemos.

El descomunal esfuerzo que significa ser un pensador en el controvertido mundo de hoy no solo es algo que se reconoce con vehemencia, sino que nos lleva a un asunto que induce que nos hagamos la interrogante de por qué aparecen figuras tan notorias como Theodor Adorno, Jean-Paul Sartre, Michel Foucault, Arturo Uslar Pietri, Fernando Savater o Mario Vargas Llosa, y la respuesta puede ser llana: precisamente es el conflicto personal que cada uno de ellos ha establecido con el tiempo que les ha tocado vivir lo que los ha llevado a cultivar sus ideas, pero más interesante aún, la presencia de carácter mediática o su interés en los medios masivos de comunicación es lo que los ha catapultado a tener una visibilidad y una presencia en la sociedad que no sería posible sin la existencia de las más novedosas tecnologías y los nuevos medios.

El siglo XXI pareciera depararnos sorpresas más intensas y de un carácter absolutamente original, en donde el hombre de ideas, lejos de desaparecer, será parte de las nuevas y tormentosas formas de expresarnos, en donde como suele ocurrir con los grandes fenómenos de multitudes, serán pocos los que podrán vanagloriarse de haberse salido triunfadores, para hacer un lugar un tanto mejor este extraño planeta que habitamos.

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