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Atanasio Alegre: “La lengua va por donde el dolor la guía”

 

Nací en León (España) y pasé 59 años en Venezuela. Funciono académicamente como profesor universitario, jubilado, después de haberme licenciado y doctorado en Psicología. Pero ya para el momento contaba con una licenciatura en Filosofía. Lo que no he abandonado es la pasión por la escritura. Ello, además de una veintena de libros publicados, me llevó a la Academia Venezolana de la Lengua.

Establecidas de esta manera mis coordenadas de referencia, debo señalar que llegué a Venezuela seis meses antes de la caída de Pérez Jiménez. Un escritor inglés, Evelyn Waugh, entonces de moda, escribió: There is always an spot where things are happening. Ese spot o lugar donde estaban aconteciendo cosas, era Venezuela. Se trataba de un país en tránsito hacia lo que fue la modernidad de los cincuenta. Lo proclamaban tanto la arquitectura como las múltiples expresiones de las artes plásticas. Literariamente, si bien yo había dejado atrás El Jarama de Sánchez Ferlosio (la obra que tanto iba a influir en la narrativa española), me encontré con Días de ceniza y Los pequeños seres de Salvador Garnendia y la poesía –como una flauta sonando en lo hondo de un valle– de Gerbasi. Eso, junto al eco estremecedor todavía de Doña Bárbara, cuadraba con lo que alguien que acababa de cumplir 24 años consideraba esencial en cuanto lector. Como hombre de letras conseguí un puesto en la enseñanza y esa fue realmente mi única ocupación junto con la de escritor, como dije.

El país, por otro camino, estaba inmerso en una carrera industrial, dispuesto a asimilar una inmigración europea que llegaba con nuevas formas de vida.

El historiador Manuel Caballero describió aquella época hasta su fin como años de progreso y bonanza social que sumaban en su cuenta medio centenar.

Y eso explica la atracción que ejercía Venezuela como país.

Conseguí una cátedra como profesor universitario el año 1966 en la UDO. Hice después un poststudium en Alemania y accedí posteriormente a una cátedra en la UCV que desempeñé hasta mi jubilación, a mediados de la década de los noventa.

Contraje matrimonio con una joven venezolana descendiente del prócer Cruz Carrillo a mi ingreso como profesor universitario. Cincuenta años después seguimos siendo marido y mujer. Tenemos cuatro hijos, casados, y nueve nietos que viven fuera de Venezuela. Siendo profesor de Psicología evolutiva tuve la idea de organizar editorialmente una Historia ilustrada de Venezuela para niños. Fueron 14 tomos que creo se siguen editando. Más tarde, bajo la dirección del doctor Ramón J. Velásquez coordiné La gran enciclopedia de Venezuela en 12 volúmenes.

Después de la jubilación como profesor, me dediqué por entero la escritura. Ya antes había dirigido Video Forum, la revista de RCTV. Me hice cargo de su dirección a la muerte del profesor Moraña que había hecho como semiólogo una gran labor.

Libre de las tareas universitarias, fui miembro de la Fundación Conciencia Activa y dirigí durante trece años de pleno esfuerzo, la Revista Conciencia Activa 21, ética y valores en un mundo globalizado.

Dejar todo esto y las vinculaciones que ello entrañan con relación a contactos, amigos, conferencias, y a una vida vivida como intelectual venezolano representa un sentimiento de manquedad que es difícil compensar. Pero llegado el momento no me quedó más remedio que sentar plaza –aunque no de manera definitiva– fuera de Venezuela, pero cerca de mi familia.

Mis contactos por vía académica y de investigación con la cultura alemana fueron constantes, tanto antes como después de la jubilación, de manera que hubo años que pasé en Europa más tiempo que en Venezuela.

En referencia a una posible adaptación, a mi edad, uno lo que hace es dejarse llevar y vivir un poco a tenor de la circunstancias. Después de los ochenta, por más sano que se crea estar, uno no es más que una casa con goteras. Me refiero, claro está, a la salud y sus episodios, y así se hace perentorio ocuparse de ella que, dadas las carencias y los costos actuales en Venezuela y la calidad de la seguridad social española, es un aliciente importante para un cambio de residencia.

Si tuviera que resumir esta situación de desarraigo de regreso a España, diría que este no es un país con la apertura que lo fue Venezuela con los inmigrantes españoles.

De Venezuela he traído conmigo la frescura de su lenguaje, pleno de humor; la tolerancia de las gentes de bien, que coincide en cierta manera con la suavidad de su clima, y la humildad que –como decía Santa Teresa (de centenario, hace poco)– es andar en verdad. Esa verdad en la que la mayor parte de los venezolanos –para bien o para mal– ha seguido creyendo que reviste la democracia como única forma de gobierno, ajeno a los cantos de sirena del golpe de Estado. Y eso, a pesar de lo sucedido durante estos diecisiete años que amenazan, hoy, con dejar al país sin futuro.

Dicen que es a distancia cuando mejor se percibe como tema de la imaginación lo que constituye el peso de la realidad, pues bien, sobre esto va mi novela aparecida con el título de Caracas irredenta. Tengo lista para publicar actualmente otra novela. Esto constituye ahora mi ocupación y entretenimiento, mientras dudo si seguir en Madrid o establecerme en Francia –dada esta otra nacionalidad de que disponemos de familia– para seguir siendo como lo fui en Venezuela, un perfecto extranjero. La condición del extranjero perfecto es la de aquel que se imbrica en el país de acogida y no termina nunca ni de estudiar ni de admirar los nuevos hallazgos de la novísima cultura encontrada. Por otra parte, como quiera que hay amigos que lo fueron y dejaron de corresponderme por razones que entiendo a partir de aquello de Montaigne de que el hombre es un ser ondulante y cambiable, quiero dejar constancia –no solo por lo que a mí se refiere, sino en cuenta de esos más de 2 millones de venezolanos que residen hoy fuera del país– de lo que ya dijo en su tiempo otro extranjero –admirable en todo el sentido de la palabra– para que se escuchara en una y en otra parte del Atlántico, me refiero e a un tal Garcilaso de La Vega, el Inca: “La lengua va por donde el dolor la guía”.

 

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