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Rodolfo Izaguirre: La mano

 

Mi hermano mayor fue un traumatólogo que terminó su brillante carrera especializándose en la mano. Cuando le manifesté mi admiración y sorpresa por su decisión de reducir la superficie de su experiencia miró su propia mano abierta y maravillado él mismo, al verla, dijo: “¡La mano es un universo!”, y agregó: “¡Gracias a ella, construimos el mundo!”.

En efecto, la mano ofrece la idea no solo de acción sino de poder, de fuerza y dominio. Es imagen de realeza, de autoridad. Se habla de la mano de la justicia, se acostumbra besar la mano del poderoso y el acto protocolar de presentar al invitado de honor se le llama el besamano: un desfile de los miembros conspicuos de una sociedad que manifiestan complacencia al conocer y saludar al distinguido huésped de honor. Lo que hace la mano derecha no debe saberlo la izquierda, es una sabia advertencia sobre hacer el bien sin mirar a quién, y son muchas las culturas que desarrollan danzas y manifestaciones artísticas empleando un lenguaje de manos, gestos y poses y cada movimiento posee significados precisos de sumisión, respeto, amor o rebeldía.

Tendemos la mano cuando ejercitamos nuestro apoyo y solidaridad hacia el más necesitado, sea este una persona o todo un país agobiado. Hacemos entonces aportes económicos, humanitarios o apoyamos alguna declaración de principios suscrita por mandatarios o cancilleres de otras naciones. Estos procedimientos diplomáticos establecidos por el derecho internacional suelen dar resultados favorables a los pueblos que padecen trastornos de gobernabilidad, pero en caso contrario es aconsejable agotar todos los recursos que ofrezcan un diálogo franco antes de emplear otros métodos más disuasivos. Por eso, en el país habrá que votar, tender la mano no solo a la unidad de los partidos opositores, sino a las cancillerías del mundo antes de volver a la violenta política de calle.

En el cine, pese a las notorias deficiencias del filme, las manos conocieron cierto esplendor y resonancia con Las manos de Orlac, 1960, un remake de dos viejas películas: una, silente, alemana, de 1926: otra, americana de 1933. Es la crispante historia del pianista que pierde las manos en un accidente y un cirujano atormentado le injerta las de un criminal condenado a la horca. Las manos, independientes de la voluntad de su nuevo cuerpo, convierten al pianista en un escalofriante asesino. Desde entonces, las manos en el cine de horror viven solas, reptan impulsadas por el siempre insatisfecho deseo de matar; se incorporan a la larga lista de películas en las que los miembros, manos, torsos, actúan con ansias malvadas separadas de los cuerpos. De esta manera, las manos obtienen en mayor grado el poder de dominio absoluto que el pianista ejercía sobre el teclado o el de cualquier otro desdichado protagonista sobre el entorno de su malhadada existencia. Con la mano abierta damos bofetadas; con el puño, puñetazos.

En la penumbra de las salas de cine vive la mano muerta que toca la pierna de quien está a nuestro lado y comienza suave y con alegre timidez a palpar y a estremecerse. También existe la mano militar áspera y mandona, está el compadre mano Juan y centenares de manos que pueden ser largas, blandas, armadas; la que hace y la que deshace; la mano que roba y la que devuelve lo robado; la izquierda y la derecha; puestas sobre el corazón o sobre el pecho, y de piedra cuando cae sobre el rival en el ring de boxeo, pero solo el diccionario de la RAE puede dar a conocer las muchas manos que existen a quien, como yo, solo tiene dos manos de escritor… ¡vivas e inútiles para otro menester que no sea escribir!

No saber qué hacer con ellas cuando nos enfrentamos a un auditorio puede crearnos pánico, porque la torpeza o exageración de los gestos tienden a distraer o confundir la intención de la palabra. Lo mejor es cruzar las manos en la espalda y encomendarse a la Providencia.

¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!, y la exclamación de Cristo, abismado en las crueldades del suplicio, abre para los creyentes las puertas de la eternidad en la seguridad de que el último soplo de sus vidas los salvará de los tormentos del infierno. Pero el cardenal Richelieu, taimado y peligroso, bajaba la mano a propósito para que el monarca tuviera que inclinarse aún más ante su presencia para besar el anillo, y somos muchos los que pensamos que el cardenal debe estar consumiéndose en el fuego helado de los subterráneos del cielo sufriendo el castigo de que nadie le bese la mano.

A veces, se compara la mano con los ojos, con la mirada, y hay quienes saben leer en la palma de la mano el destino humano. El ejercicio zen más elemental consiste en escuchar el rumor de los árboles cuando no sopla el viento. El más difícil, al parecer, es el de escuchar el sonido de una mano. Yo llevo años tratando de cumplir con el viento, pero el bullicio del país y los dislocamientos de su política me lo impiden constantemente. ¡Mi mayor desgracia, entonces, será la de morir sin saber qué pudo haber querido decir mi mano o cómo será mi país cuando todos escuchemos el rumor de los árboles cuando deje de soplar el viento!

 

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