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Jorge Zepeda Patterson: Cataluña y Trump: ¿Cómo llegamos a esto?

¿Quién en su sano juicio habría creído hace dos años que Donald Trump sería el próximo presidente de Estados Unidos? ¿Quién podría haber adivinado en el 2000 que los mexicanos volveríamos a votar por el PRI apenas dos sexenios después de habernos librado de 70 años de la llamada “dictadura perfecta”? ¿Cómo imaginarse que tantos catalanes que celebraron como suyo el triunfo de España en la copa del mundo de 2010 hoy se sientan obligados a salir en defensa de Cataluña contra lo que consideran un exceso de Madrid?

Catalanes independentistas ha habido siempre, priistas de hueso colorado siguieron siéndolo incluso después de que la apertura democrática los echó de Los Pinos, supremacistas blancos y otros extremistas apoyaron a Trump desde el principio. El tema no es ese sino entender cómo diablos los que eran segmentos no mayoritarios terminaron convirtiéndose en tendencias dominantes en un momento dado y contra las probabilidades. ¿Qué ha sucedido para que miles de catalanes moderados e incluso favorables al Estado español se sumen a los otros para exigir respeto a Cataluña? ¿Cómo explicar el voto a favor del PRI de varios millones de mexicanos hartos del PRI? Y podemos decir cualquier cosa sobre la llamada white trash estadounidense, pero es obvio que muchos votantes de las clases medias optaron por el empresario de los reality shows, contra todo pronóstico.

Desde luego existen enormes diferencias entre los tres fenómenos a los que hago referencia. No obstante, y sin ningún deseo de simplificar, me parece que hay un elemento común. Los tres pasan en algún momento por algo que los alemanes llaman zugzwang (zug, movimiento y zwang, exigencia, obligación). Designa en ajedrez la posición en que uno de los jugadores queda reducido a un estado de impotencia activa: está obligado a mover, pero cualquier movimiento solo empeora su situación.

Recordé esta alusión ajedrecista al leer las declaraciones del Rey en defensa de las acciones del Gobierno nacional. El contenido de su declaración pudo haber sido más afortunado, pero en esencia el monarca estaba haciendo lo que considera es su deber para con el Estado español. La actuación del propio Rajoy, más allá de que algunas decisiones pudieron haberse efectuado con mayor tino político, estaba haciendo una interpretación lógica de lo que la ley le demanda. Justamente ese es el tema. La situación parecería haber desembocado en esa impotencia activa que describe el zugzwang: el protagonista está obligado a moverse, pero cualquier movimiento empeora la situación. Al menos el tipo de movimiento que el protagonista considera que es su deber. El mismo que incluso muchos catalanes que no desean la independencia se sienten obligados a hacer al salir a las calles para protestar por lo que consideran una represión inaceptable en contra de sus conciudadanos. Pero al hacerlo, saben que indirectamente apoyan una causa que no era la suya.

Toda proporción guardada me recuerda los dilemas a los que se enfrentó Hillary Clinton a lo largo de la campaña presidencial. Las reseñas de su reciente libro de memorias lo revelan. Una y otra vez se vio obligada a responder a Trump ante las obvias falsedades y distorsiones, pero, ahora entiende, eso no hizo sino alimentar la figura del provocador. Defendiéndose se perjudicaba, no haciéndolo, también. Los medios de comunicación quedaron atrapados en la misma impotencia. Imposible no dar cuenta de los escándalos e infamias, pero al hacerlo terminamos convirtiéndolo en una celebridad a ojos de millones de votantes.

¿Y el PRI? El PRI regresó al poder por la sensación de empresarios y votantes de centro de que simplemente era la menos mala de las opciones luego de desilusionarse de los Gobiernos del PAN y de comprarse la idea de que López Obrador, el candidato de la izquierda, era una amenaza para México. Otra vez, una impotencia activa.

Lo que el zugzwang nos muestra es que en estas situaciones embudo la solución no se encuentra en la lógica inmediata que se desprende de las posiciones de las piezas de ajedrez. Quizá la única salida estriba en tomar un poco de distancia del tablero y tratar de enfocar la situación desde lo que los norteamericanos llamarían pensar fuera de la caja. El ajedrez no lo permite, la vida política sí. Cualquier cosa antes que mover al rey y sus alfiles en un inexorable y lastimoso jaque.

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