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Juan Guerrero: Lo virtual como realidad

Toda una familia se ve involucrada alrededor de un insólito hecho, muy garmendiano, que tiene como centro la verosimilitud, dejando al lector la posibilidad de re-construir el final de la historia, a partir de ciertos referentes.

Hace ya unos cuantos años leí la obra del genial escritor venezolano, Julio Garmendia (1898-1977). El escritor de cuentos fantásticos tan trascendentales de la literatura universal, como La hoja que no había caído en su otoño, o Manzanita, también escribió un curioso texto, Sí, no; no, sí… (1979). En ese cuento costumbrista Garmendia coloca en el tapete, entre otros temas, la innovación tecnológica del teléfono y la tendencia de la juventud de entonces –siglo XX- con la (in)comunicación.

Toda una familia se ve involucrada alrededor de un insólito hecho, muy garmendiano, que tiene como centro la verosimilitud, dejando al lector la posibilidad de re-construir el final de la historia, a partir de ciertos referentes.

“Cuando Merche o Carmen Lourdes contestan a ciertas llamadas que reciben por teléfono, si se hallan presentes el viejo o la vieja, empiezan a decir, respondiendo a lo que oyen por el hilo: -Sí… No… Sí, sí… Sí… No…

-De ahí no salen –dice el viejo.

-De ahí nadie las saca –dice la vieja.”

Así inicia ese breve cuento garmendiano de lectura rápida aunque muy difícil de asimilar y comprender. Y traigo a colación este relato por la actualidad de su contenido y su moraleja.

Días pasados leí un mensaje, enviado por mi querida nuera, donde hacía mención a la advertencia de un especialista en psicología infantil (?) indicando la gravedad de los niños y jóvenes por el uso de los teléfonos celulares. En congresos y encuentros los sesudos aprendices de educadores, indican que se deben restringir y hasta censurar, prohibiendo tanto la tenencia de estos adminúculos como el uso de la información en las redes sociales.

Nunca he estado de acuerdo con semejantes seguidores de Torquemada ni con los inquisidores modernos de la pedagogía ultraconservadora. Creo que en el fondo de todo ello reside un cierto temor, muy oculto en estos expertos, a permitir a los jóvenes el uso de estos instrumentos de comunicación y la asimilación de una manera muy novedosa en la adquisición de información y conocimiento para la formación de criterios.

El cuento de Garmendia fue escrito a mediados del siglo pasado y la juventud de aquellos tiempos logró finalmente, imponerse a una trasnochada generación de padres negados a la modernización de las comunicaciones.

Eso es exactamente lo que está ocurriendo ahora con el uso de la telefonía celular, laptops, tabletas y demás objetos de comunicación que han acelerado y están por sustituir las formas que la comunicación siempre trae alrededor de lo novedoso. Son esas maneras de saber integrarte y permitir, tanto la relación grupal como la ahora más importante relación consigo mismo.

Porque lo nuevo de estos sistemas y programas cibernéticos es la posibilidad de contrastarte contigo mientras estás viendo en la pantalla al Otro-diferente. El espacio y la temporalidad están hecho añicos y los jóvenes son los primeros que han entendido ese fenómeno.

Las nuevas formas de interconexión, modales, lo ceremonioso del saludo, atención y despedida de quien está frente a mis narices, de manera física, ya no es igual ni volverá a serlo como hace 25-30 años atrás. Tampoco la forma de funcionamiento de los grupos sociales. Lo nuevo de las relaciones sociales, obviamente, tampoco tiene que ser todo ni bueno ni mejor que antes. Pero es indispensable para entenderlo, no estarse con tantas restricciones ni censurar tanto a nuestros niños ni jóvenes.

En apenas una página y media Julio Garmendia desarrolla su singular cuento, donde el viejo don Vicente Emilio queda impactado al interrumpir la charla de Merche, empujarla mientras le arrebata el auricular y colocárselo en su oído. Después de una breve lucha, entre empellones y gritos, Merche recobra el teléfono.

Y eso es precisamente lo que hace de don Vicente Emilio otra persona. Enterarse de “algo” que lo lleva a un mutismo total. Desde entonces, el viejo que tanto se enorgullecía de su abolengo y noble apellido, “probablemente, era el papá de Merche, o, si se quiere, el esposo de la madre de la hermana de Merche.”

Por eso, apreciado lector, déjese de estar censurando y prohibiéndole a sus hijos el acceso a la comunicación y uso de redes sociales. En todo caso, participe con ellos en su aventura de descubrir esta hermosa y novedosa manera de integración social, sea grupal o mejor, dejando que sea él quien se interne en su yo y descubra su inmensa riqueza de vida interior.

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