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Enrique Ochoa Antich: El dilema chavista

Anuncio a mis pacientes lectores que con éste de hoy pretendo abordar otros dos temas en mis próximas columnas, los tres interconectados: con éste del dilema chavista, escribiré acerca del viraje necesario y del gobierno de unidad nacional o pacto o nuevo consenso por el país. Veamos.

El dilema chavista, hoy, es el de escoger entre los delirios o, digamos, dogmas ideológicos y el pragmatismo que reclama la ingente realidad, entre los fantasmas del pasado y un presente que no espera.

Nadie le pide al chavismo que abandone para nada sus creencias políticas, la ética socialista como opción por los más pobres, sus vínculos internacionales inclusive. Mucho menos que repugnen de la admiración y lealtad que siente para con la memoria de Hugo Chávez.

Me tengo por socialista democrático, socialdemócrata, liberalsocialista, como se quiera definir un modo de pensar y de actuar que cree en la democracia directa no como sustituta sino como desarrollo más bien de la democracia representativa con la que coexiste, que opta por una combinación entre mercado y Estado de modo de nunca afectar la creación de abundante riqueza que permita relaciones socialistas de producción, que rechaza todo imperialismo (comenzando por el estadounidense), en fin, que concibe el pensamiento socialista como una profundización y trascendencia del pensamiento liberal y no como su negación.

Pero, sin esperar seducir al chavismo para este pensamiento, respetándolo, puedo esperar de él, como tanto se dice hoy, el notable sentido de la realidad que acompaña a gestiones como las del PT en Brasil, Correa en Ecuador y Evo en Bolivia tan caras al chavismo (prueba de que la izquierda en América Latina ha tenido mil veces más éxito que los populismos y las derechas del siglo XX).

Tomar medidas que no pueden esperar en el plano de lo económico ha de tener un costo, social y político, ¿qué duda cabe? Pero no tomarlas tiene un costo mayor (ya lo está teniendo). Recuerdo que en diciembre de 1994, Gustavo Márquez y yo, Presidente y Secretario General del MAS (cuando todavía ese partido valía la pena) respectivamente, le llevamos por escrito al Presidente Caldera a su despacho una propuesta: convocar una Asamblea Constituyente para impulsar por un lado la reforma política y por el otro aplicar un plan de reforma económica (liberación del control de cambio, aumento en el precio de los combustibles, etc.). “Sea el primer Presidente de la nueva Venezuela y no el último de la vieja”, le dije yo en algún discurso. Caldera se negó entonces, y su gobierno agonizó hasta mediados de 1996 cuando Petkoff consiguió articular un programa que lo sacó a flote sólo que a un costo social y político mucho más elevado que el que hubiese sido necesario dos años antes. Tanto así que ese gobierno fue el primero de toda nuestra historia democrática que no pudo ser actor electoral alguno antes de dejar el poder.

¿No puede el chavismo escrutar, al menos, lo que Correa y Evo hacen en materia económica con notable éxito?

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