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Guillermo Ortega: El patrón oro

Últimamente, sobre todo después de la crisis financiera de 2008, se han hecho muy populares las voces que reclaman volver a un esquema de funcionamiento monetario donde se extraiga toda la capacidad discrecional de la política monetaria. Una especie de mecanismo de autocontrol. Es un debate si se quiere recurrente y la referencia obligada es el patrón oro que operó en la economía mundial entre 1873 y 1937.

Muchos olvidan la razón precisa mediante la cual ese patrón de funcionamiento fue desechado en primera instancia. Una de ellas, justamente la falta de discrecionalidad, la posibilidad de que en determinadas situaciones, por ejemplo como ocurrió en la crisis de 2008, con una corrida contra parte importante del sistema financiero, existiese un organismo que “discrecionalmente” pudiese proveer la liquidez necesaria para que la economía pudiese funcionar. Las razones que hoy se esgrimen para la vuelta a ese patrón son en cierta forma las mismas que justificaron su abandono.

El patrón oro, como cualquiera con un activo de respaldo, es un esquema donde todo el pasivo que emite el Banco Central está respaldado por las tenencias de oro del instituto emisor. Cualquiera que tenga una acreencia en moneda contra el Banco Central puede convertirla, a una tasa fija, previamente establecida, por una determinada cantidad del metal. Dicho en otras palabras, la oferta monetaria está atada a las reservas en oro y cualquier cosa que pase con esas reservas, sea que cambie el precio o las cantidades, tendrá un movimiento similar en la cantidad de dinero.

En la medida que todos los países tienen un arreglo similar, eso se traduce en que básicamente la economía funciona con un esquema de tipo de cambio fijo. Bajo ese esquema, un país que tenga un déficit de balanza de pagos entonces tendrá que reducir sus tenencias en oro, de forma que la disminución en la cantidad de dinero llevará un ajuste del nivel de producto, con movimientos en precios y tasas de interés, en línea con esa reducción de la cantidad de dinero.

El patrón oro, planteado de esa forma, tiene dos ramificaciones para la discusión. Uno referido a la elección entre tipos de cambio fijos o flexibles. Lo segundo, la discrecionalidad de la política monetaria. Aun cuando son temas relacionados, por cuanto bajo tipo de cambio fijo la política monetaria pierde grados de libertad, las dos cosas no son generalmente equivalentes. Un esquema de tipo de cambio fijo puede ser muy útil bajo algunas circunstancias, pero en economías que enfrenten mucha volatilidad en sus cuentas externas, con choques recurrentes en sus exportaciones, ese esquema puede ser muy costoso.

Tipo de cambio fijo significa que esos choques son absorbidos por vía de variaciones en los niveles de producto, de manera que el esquema cambiario termina amplificando los efectos. La discrecionalidad de una autoridad monetaria que actúe erráticamente es muy costosa. Pero el hecho de que los agentes valoren su posición de activos en oro también es un asunto de fe, la existencia de ese patrón al final no implica que el sistema financiero esté vacunado contra corridas, de manera que extraer toda la discrecionalidad puede resultar muy costoso.

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