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Maryclen Stelling: Discurso y negación del diálogo

Recientemente, de la mano del propio Presidente de la República, saltó a la palestra la adulancia política, en tanto problema ético que va aparejado con la corrupción y otra serie de desviaciones que afectan la gestión, la comunicación política, la convivencia y las posibilidades de diálogo.

Ello nos conduce a evidenciar un discurso montado en “una media verdad” política; un discurso adulante que tiene como fin la persuasión en detrimento de la franqueza; un discurso que antepone “la demagogia y el comercio de la palabra” a la propia ética de la palabra; un discurso orientado a la crítica falaz y al autointerés; un discurso eminentemente retórico y persuasivo, en menoscabo de la autenticidad, la ética y la verdad.

El liderazgo, de ambas toldas políticas, debe favorecer la posibilidad del diálogo, abrir las puertas e impulsar la negociación de la paz, lo que obligatoriamente incluye la estrategia de confrontación de la crisis multidimensional. Y en esta tarea, independientemente de la posición política, el discurso debe estar dotado de una fuerza ética con miras a la discusión del proyecto de país. Si realmente se aspira a la convivencia, la tolerancia y la paz, el liderazgo político debe dialogar y no entramparse en la negociación de posiciones políticas, donde cada quien pretende imponer su “verdad”, sus representaciones, su microproyecto político y dirigir la acción para su propio beneficio. Está en discusión la paz del país, por lo que ambos bandos políticos deben superar la confrontación política mezquina y actuar como portavoces, no de parcialidades políticas, sino de todos los venezolanos y venezolanas.

El país exige de su liderazgo político una ética discursiva que se aleje de la retórica, la falsedad, del silencio deliberado y la adulación. Un liderazgo comprometido con la obligación ética de decir la verdad. Venezuela requiere en esta coyuntura la emergencia de un nuevo tipo de discurso valiente que se atreva a la crítica y la autocrítica, que corra riesgos y se exponga al peligro; que se deslinde de la grandilocuencia y tenga como fin la autenticidad y no la persuasión. El país demanda que se instaure un nuevo tipo de discurso que promueva éticamente un verdadero diálogo político. Venezuela pide a gritos otra manera de hacer política que fortalezca la democracia.

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