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Víctor Maldonado: Las beatas en acción desde su esclarecedora beatitud

Para apreciar la realidad tal y como es hay que hacer un esfuerzo sistemático para comprender los aspectos subjetivos de la acción social. Comprender siempre es entrometerse, desentrañar, tratar de involucrarse, eso sí, sin perder la distancia científica. Hay un cierto tipo de acción social que es típica de la política venezolana de nuevo cuño, que vamos a llamar la beatitud, y quienes participan dentro de esa acción social, y le dan sentido y propósito, las llamaremos beatas. ¿Cómo lo vamos a hacer? Decía Max Weber que la única forma de describir una acción social era a través de los pasos que inventarió en su sociología del conocimiento. Primero comprender lo que efectivamente está ocurriendo, seguidamente categorizar la conducta, y finalmente generalizar ciertos patrones de acción, transformados en tipos ideales, que no son otra cosa que modelos simplificados de actividades sociales, extrapolaciones de los aspectos de la acción que se seleccionan intencionalmente para formar un complejo inteligible en cuyos términos podemos comprender la conducta real. De lo que se trata es que podamos llegar al concepto de “beata”.

Antes hay que hacer una aclaratoria. No nos estamos refiriendo stricto sensu a lo que se entiende generalmente por ese término, pero si vamos a conservar dos atributos básicos del concepto. La extrema devoción que las caracteriza, y que frecuentemente se organizan en una comunidad. La comunidad en la que se han aposentado estas beatas de la política venezolana son las redes sociales, especialmente el Twitter y el Facebook. Su devoción principal se centra en los partidos del statu quo, y como cabe esperar, podemos discriminar entre las que constituyen la guerrilla comunicacional del régimen, y las que se alistaron en la contraparte de la oposición. La finalidad es la misma, defender sus correspondientes teologías, ser los portaestandartes de sus respectivas cofradías, y enfilar contra todo aquel que ose ir contra los designios y mandatos de sus míticos dioses. Una cosa más, serán llamadas beatas, independientemente del género que cada uno tenga. Pueden ser hombres o mujeres, ancianos o muy jóvenes. El fenómeno no discrimina por sexo, edad, condición social, preparación académica, o coeficiente intelectual. Son otras las caracterizas que los agrupa, y que nos permite construir con ellos un tipo ideal weberiano.

Las beatas políticas como tipo ideal

Una beata de la política venezolana es parte integrante de un esfuerzo sistemático de lograr ventajas políticas a través de los siguientes comportamientos:

Lealtad ciega a un líder.

Seguimiento irrestricto a las líneas políticas decididas por el líder.

Alineación no deliberante con un partido político.

Todas se organizan alrededor de las ideas de dos o tres “santones” que operan como interpretes supremos de la voluntad del líder.

Con recursos provistos por el líder y el partido político, se dividen en diferentes logias, congregaciones y enjambres desde donde actúan perfectamente coordinados. Son una logia misionera que busca imponer y extender su sistema de creencias.

Identificación, marcaje y persecución de cualquiera que suponga ser un peligro para la estabilidad política y emocional del líder y de su proyecto.

Personalización del conflicto. Las ideas sobran. Lo que procede es la destrucción del otro, al que atribuyen traición, herejía, anatema y condición antipatriótica.

Uso del insulto, la descalificación, la injuria y el acoso como forma de hacerse presentes en las redes.

Evitación también sistemática de una sola idea original. Cada uno de ellos desarrollan experticia en la presentación de argumentos y falacias con los que atacan cualquier tesis divergente presentada por los demás. Cuando los abruma el argumento, vilipendian automáticamente.

Cada momento del país es una nueva oportunidad para arremeter contra cualquier disidencia a su propia visión del mundo. Son por eso mismo los creadores de nuevos conceptos como “manager de tribuna”, “radicales”, “guerreros del teclado”, “vendidos al G2 cubano”, “tarifados del régimen”, “vendidos al chavismo”, y cualquier otra frase que sea buena para descalificar las ideas y colocar la discusión en otro ámbito. También ellos son los creadores y usuarios obsesivos de la pregunta más repetida en las redes sociales: “¿Y tú que propones?

Todos ellos tienen perfectamente ubicado su panteón de santones y profetas en un determinado portal web, desde donde se lanzan las líneas generales con las que las beatas se arman para combatir a los demás.

Todos ellos enarbolan las banderas de la unidad, concepto que han tergiversado, porque terminan entendiéndola bajo el siguiente apotegma: “Si estás de acuerdo con lo que nosotros proponemos, eres unitario. Caso contrario, eres divisionista”. Ellos pretenden ser la representación de una mayoría supuesta alrededor de la cual es obligatorio gravitar. La unidad la han transformado en un criterio de urgencia, que si no se asume va a ser la causante de la destrucción de la patria. Para ellos unidad alrededor de la MUD y patriotismo son la misma cosa.

Son consumidores asiduos de “teorías conspiparanoicas”, en las cuales los villanos son los que atentan contra la primacía de su amado líder, de sus estimadas ideas, de su verdad. Para las beatas, lo que hay detrás de cada disenso es un complot contra el país, articulado por quienes han sido captados por el régimen.

Pretenden tener una supremacía moral y republicana que, por supuesto les niegan a los demás. Todos terminan cayendo en una espiral fundamentalista, donde los valores que ellos defienden se transforman en absolutos.

Usan la violencia y la aniquilación simbólica de los demás, niegan el debate de las ideas, malandrean desde la jauría, lo que no es otra cosa que una forma muy contumaz de la antipolítica.

No existen otros dirigentes que estén a la altura. El país solamente tiene una única opción, la que ellos representan. Todos los demás, estorban. Por eso mismo niegan con violencia cualquier exigencia de rendición de cuentas, solicitud de transparencia en el uso de los recursos, explicación de cómo viven y por qué viven así sus amados líderes. La pureza y la probidad de sus líderes son partes de los dogmas indiscutibles.

La negación de la ética pluralista

Llamemos pluralismo al esfuerzo de la política de lograr la convivencia pacífica de los que son diversos. Esto significa renunciar a los absolutos para asumir la construcción intersubjetiva de los criterios sobre lo que es verdadero y falso, lo que es bueno y malo, lo que es aceptable y lo que es repudiable. Los fundamentalismos asumen la realidad contrariando radicalmente al pluralismo. Para las beatas, lo justo, lo bello, lo verdadero y lo bueno, la verdad, el bien y la justicia, tendrán contenidos previos y ajenos a cualquier discusión. Todos esos criterios están decididos y serán dependientes de lo que convenga a su propio proyecto político, y al líder del cual todos ellos son devotos conspicuos. Ellos están claros en los criterios de verdad que deben imponer. Para ellos la verdad es lo que ellos creen que es cierto. El que contravenga esos designios será anulado simbólicamente, y cualquiera de sus santones o profetas se puede dar la licencia de adjetivarlos. Un caso reciente, todavía circula por las redes, denomina como cretinos a todos aquellos que siquiera duden en ir a unas elecciones regionales. En lo que el santón coloca en el portal web que usa la secta el artículo contentivo de todos los tipos de cretinos que ellos han inventariado, de inmediato salen las beatas en enjambres para imputarle el calificativo a todos aquellos que ellos crean que merezca el agravio. Todo fundamentalista tiene un proyecto de exterminio entre manos. Y las beatas no son la excepción.

La lógica implícita de la persecución del que piensa diferente

El problema de los esquemas fundamentalistas es la necesidad de ser intolerantes. Las beatas creen que son sujetos de una revelación divina, y que por lo tanto no están sometidos a cualquier rigor epistemológico y científico. Para ellos no hay verdades provisionales sino arcanos revelados, por los que están dispuestos a la aniquilación del otro que dude. Norberto Bobbio establece claramente la diferencia entre un tolerante del que no lo es, ““Se trata de saber si el método para hacer triunfar la verdad en la cual creo es el recurso a la persuasión o a la fuerza, la refutación del error o la persecución de quien se equivoca. Aquel que escoge el primer camino es un tolerante”, en tanto que el uso de la fuerza y la persecución son propios de los fundamentalistas. Las beatas no son una excepción. Todas ellas muestran una indisposición de ánimo para cualquier idea, práctica o comportamiento opuesto y que por eso los contraría. Este atributo los coloca en la acera opuesta a los demócratas, porque en una democracia “la verdad” solo puede alcanzarse en un proceso perenne de confrontación o síntesis de verdades parciales. Los demócratas creen en lo que Max Weber denominaba “un politeísmo de valores”, en relación con el cual nadie debería estar dispuesto ni a matar, ni a morir. Las beatas sienten que tienen el monopolio de la fe, quisieran cerrar la sociedad a cualquier tipo de escrutinio, y asumen que cualquier impugnación es una herejía, una refutación de la santidad total y absoluta de su máximo líder. Así como en el flanco del gobierno llegó Diosdado e impuso que “aquí no se habla mal de Chávez”, en el costado opuesto las beatas resguardan el sancta sanctorum de sus respectivos caudillos.

Dicho de otro modo, las beatas combaten a muerte la sola posibilidad de que diversas interpretaciones de la política convivan pacíficamente, soslayan la esencia de la tolerancia, que es el mutuo reconocimiento a través del cual se forman los consensos y los compromisos entre las partes. Es por eso por lo que las beatas han convertido en un fetiche inservible a la unidad, que dejó de ser un propósito inclusivo para pasar a ser una bota totalitaria y excluyente que aplasta cualquier versión disidente o cismática. Las beatas desprecian todos los argumentos diferentes al propio, porque no les otorgan igual validez, no tienen la misma cualidad, ni la misma potencia. Todo lo contrario, el fundamentalismo se expresa en la intolerancia, la persecución y la discriminación. Las beatas son las garantes de una odiosa segregación que distingue entre ellos, y el resto que, en virtud del rechazo construido, no merecen estar al mismo nivel de ellos, y su panteón de santones, profetas, semidioses y líderes, inapelables en sus ideas y proyectos, e infalibles en los criterios de verdad que sostienen. ¿Quedan claras las razones por las que aplican con ferocidad el exterminio simbólico de cualquier amenaza, cualquier liderazgo que compita por la buena voluntad de la gente?

Los dioses de barro de las beatas políticas

El gran perdedor de esta conducta política es el país. Para las beatas, el país es una difusa bruma que está al fondo de la escena en la que ellas juegan. No importan las penurias ni las angustias de la gente. No significan nada las corrientes de emigración de ciudadanos que intentan obtener algo más de calidad de vida. No tienen objeción alguna en jugar hoy a la ruptura y mañana a la cohabitación -porque eso lo deciden en las alturas-. Ellas son las operadoras de un plan sistemático, articulado, y planificado de control total de un status quo que es a la vez gobierno y oposición. Las beatas son la han emprendido contra ciertos presos políticos y sus mujeres, a los que han llamado “showceros”, mientras callan deliberadamente sobre la suerte de los otros. A otros presos les asignan responsabilidad en su desdicha. Unos cuantos son objeto de un silencio, que los vuelve -a las beatas- cómplices, e incluso verdugos. Con algunas líderes practican una desfachatada misoginia, y como todas ellas -las beatas- tienen un especial fervor por la juventud, pues la emprenden contra los que consideran viejos. Las beatas quisieran decidir quién existe, y quien no. Las beatas andan con la cruz en la mano izquierda, y una ristra de ajos en la mano derecha, mientras en el bolsillo guardan una botella de agua bendita con la que buscan exorcizar a todos los demonios que ellas han concebido.

Debemos estar muy mal como sociedad cuando soportamos la acción impune de la logia de las beatas. Cualquier crítica es devuelta con esa acidez corrosiva con la que trataron, por ejemplo, al violinista-escudero, con quien no tuvieron consideración alguna, ni respetaron derechos ni vida privada. Ellas, las beatas, son expertas en reducir cualquier realidad a un descalificativo, y en enjambres atacan hasta que solo queda el hueso de sus víctimas. Ellas son también las campeonas invictas en el uso de las falacias lógicas y argumentales. Para ellas, la mentira y las medias verdades son parte de sus herramientas. Ahora bien, las beatas responden y rinden cuentas a sus santones, profetas y dioses. Esos, los que se aprovechan de la destrucción del otro, los que viven de la carroña política que producen sus operadoras, son responsables de eso que está ocurriendo con una sistemática propia de la ingeniería del exterminio. Esos dirigentes políticos, y sus partidos, algún día tendrán que explicar por qué terminaron decidiendo que el camino para recuperar la democracia era tan largo, tan errático, tan infructuoso, y tan fraudulento como su propia negación. Los dioses de las beatas no son democráticos, ni son tolerantes, ni tienen escrúpulos. Ellos son los temerarios autores intelectuales, que juegan por mampuesto, y que se lucran de la devoción fanática de sus secuaces.

Ellos son los que pagan para que mercenarios, bufones disfrazados de profesores, intelectuales, artistas, o amas de casa, la emprendan contra todos aquellos que no piensen igual, y no crean que la democracia que perdimos se recupera por el camino del oprobio. Hay un déficit de valores democráticos en aquellos que favorecen la marca y el ataque. Alguien (y ese líder o conjunto de ellos tienen nombre, apellido, cargo, recursos y proyecto político) planteó la confusión terrible que no discrimina entre la batalla por las ideas para construir una verdad que nos sirva a todos, y la personalización de cualquier diferencia, el señalamiento atroz de enemigo, anormal, imperfecto, y cretino, con el que ellos crucifican y empalan a todos aquellos que signifiquen un peligro para su dogmática.

Ese alguien patrocina a las beatas, y aplaude su esclarecedora beatitud. Ese alguien debería dar la cara y asumir su responsabilidad. Porque las beatas son el reflejo de una perversidad cuyo manantial no son ellas, al fin y al cabo, la última línea de ataque, sino que tiene que ver con esto que ya se mantiene casi veinte años. Una apariencia de normalidad que encubre algo siniestro, la pretensión de mantener este orden social mientras sea mutuamente conveniente a los que juegan a ser gobierno, y los que simulan ser su oposición. Recordemos siempre que la falta de transparencia encierra lo siniestro e inconfesable. Este caso no tiene por qué ser la excepción.

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