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Juan Cruz: El triángulo azul de los republicanos

La imagen que me vuelve siempre de Montserrat Roig es la de ella cantando en un autobús, entre los montes de Galicia. Era suave y firme, como una roca rodeada de aire y de musgo. Fue periodista, escritora; tenía en todo lo que hacía, en sus gestos, en su forma de mirar, en sus labios, la presencia de una adolescente. Era de Barcelona, donde nació en 1946; libros suyos fueron El tiempo de las cerezas, La hora violeta, Los catalanes en los campos nazis… Y murió, nos morimos todos, ella murió demasiado temprano para todo, el 10 de noviembre de 1991. Como si se hubiera dormido de pronto en medio de la vida y esta se quedara quieta sin Montserrat Roig.

Ella escribía en periódicos, escribía libros, entrevistaba, y dejó atrás testimonios muy emocionantes de su modo de ver la vida, también cuando esta oscurecía. Y ahora, en estos días en que de nuevo está oscuro, muy oscuro, el porvenir de importantes ilusiones, me ha llegado, pegado en un papel blanco, un recorte desde el que ella mira el 12 de mayo de 1986. Está impreso en El Periódico de Cataluña ese día y hoy reclama escalofrío.

Los recortes de periódicos tienen el tiempo en su textura; no es lo mismo que esas hojas ciclostiladas por la máquina de eliminar el pasado que son las reproducciones de lo que se publicó y está en Google. La tinta de periódico, la textura del papel, todo eso se añade a la fecha, como si se hubiera escrito hace mucho para que se leyera ahora, 10 de octubre de 2017, aquello que ella cuenta el 12 de mayo de hace 31 años.

En ese recorte envejecido Montserrat explica lo que vio “y no puedo callarlo”. “Vi”, escribe, “cómo un grupo de hombres se abalanzaban sobre un borracho y le dejaban el rostro ensangrentado”. Y sigue así:

“Antes había habido una explosión de himnos y de banderas, y unos cuantos jóvenes alzaron el brazo, la mano extendida, pero no toda la mano, sino cuatro dedos, cuatro dedos que son el recuerdo de las cuatro barras. No sé qué dijo el borracho, no sé si les provocó, pero no era más que un hombre solo”.

No era más que un hombre solo. Prosigue Montserrat: “Y entonces oí la frase de un joven. No era un adolescente, era un joven de unos 25 años que, buscando en la aquiescencia de un público mudo, dijo en catalán: “No preocuparos, que es español”. El joven dijo esta frase porque sabía que podía expresarla, así, impunemente. No os preocupéis, que es español, como otros han dicho judío, palestino, negro, libio o catalán. Podría ser la expresión de una Cataluña desesperada, no sé, una Cataluña que cifra sus victorias en un campo de fútbol, una Cataluña que ya no puede dar la imagen de una sociedad feliz e integrada, con una escuela libre y abierta, sino la de una Cataluña resquebrajada, desintegrada, insolidaria”.

Acaba así El triángulo de los apátridas, que así tituló Montserrat Roig ese artículo que era la descripción de su estado de ánimo: “Y yo, que ciertamente tampoco me considero española, estoy por pedirme el triángulo azul que llevaban los republicanos asesinados en el campo nazi de Mauthaussen. El triángulo de los apátridas”.

Ella estudió a fondo, conmovida, aquella razzia feroz contra los judíos y contra los republicanos. Cuando he leído ahora ese texto revivido por el viaje de los recortes de prensa sentí ante lo que escribe Montserrat lo que expresa José Hierro al final de Requiem, el poema que el poeta cántabro escribió sobre Manuel Rodríguez, un emigrante que yacía sin nadie al lado en Funeral Home, Haskell, Nueva Jersey: “No he dicho a nadie que he estado a punto de llorar”.

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