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Aurelio F. Concheso. Démosles pescado y no los enseñemos a pescar

Los anuncios de medidas económicas por cadena nacional del miércoles 1° de noviembre en la noche parecieran ir dirigidas a la distribución de dádivas entre una población cada vez más abrumada por la contracción económica y los estragos de una hiperinflación en pleno desarrollo, nunca a implementar los correctivos que pudieran devolverle cordura y crecimiento a la economía venezolana.

Un quinto aumento salarial del ingreso mínimo en el año, esta vez por 40% y para llevarlo a $ 10,29 por mes a la tasa libre del día después del anuncio, bonificaciones diversas que suenan muy generosas por la cantidad de ceros que las acompañan, en el fondo, son míseras. Después de todo, 500.000 bolívares, que es una de las bonificaciones anunciadas, equivalen a tan sólo unos $ 12, u ocho cajas de huevos, o una cuarta parte de Canasta Básica a los precios de hoy. Aunque mucho menos cuando, por fin, se pague dentro de varias semanas.

Y entre tantos ceros y anuncios, desde luego, ni una palabra sobre lo que los más optimistas habían esperado de flexibilización del cepo cambiario, y, al menos, la despenalización del cambio libre. Mejor dicho, la única tasa a la que acceden los meros mortales, después que el Dicom fue llevado ya hace varias semanas al congelador, y que el único cambio oficial conocido es el de Bs. 10 por dólar. Sí, ese manjar al que accede solamente un número cada vez más reducido de amigos de La Corte. Lo cierto es que resulta casi una ironía y hasta un insulto a los trabajadores que, calculado a esa tasa, el salario mínimo sea $ 43,500 mensuales, equivalente a más o menos diez veces el ingreso anual promedio de Alemania o los Estados Unidos.

Pero lo que estamos presenciando no es nuevo. Es, si se quiere, la apoteosis o, tal vez, misericordiosamente, el capítulo final de una historia de comportamiento populista de los gobiernos de turno; de esos mismos que prefieren darle pescado a la población más humilde, antes que enseñarla a pescar. En este capítulo, desde luego, podrían añadirse la renuencia no solo a enseñar, sino también las trabas para impedir que puedan pescar por su propia iniciativa y cuenta y riesgo.

Las trabas se evidencian en varias políticas, comenzando por la macroeconómica. Al existir una tasa de cambio controlado, ahora al parecer única de Bs. 10 por dólar, y una libre 100.000% superior, el arbitraje en contra de la población es inmenso. Si a eso se suma el que Pdvsa tenga que venderle al fisco sus dólares a Bs 10 para luego endeudarse con el Banco Central, creando una deuda ficticia que ya va por 54 billones de bolívares, lo que aparece es una cifra similar al exceso de liquidez inflacionaria que nos ha llevado a la hiperinflación.

Las secuelas de esas políticas en lo cotidiano dificultan hacerlo, pero no imposibilitan la opción de pescar. Y es así como aparecen un servicio de transporte público colapsado porque los repuestos están dolarizados y las tarifas rezagadas; la ausencia de circulante que obliga a pasar horas y horas en colas ante cajeros para sacar una suma ridícula de efectivo, para luego ir a otra cola en la panadería o carnicería que permanecen desbastecidas por una policía de precios. ¿Con qué fin? Al parecer, con agenda propia, que pretende que vendan a pérdida, inclusive a precios por debajo de lo que se ha pactado el día anterior con el mismo Gobierno.

Por supuesto, cada ciudadano registrará su propia vivencia al respecto de tan nefasta situación. Porque si bien Venezuela constituye el primer país petrolero en llegar a estos extremos, otros países -y muchos de nuestro continente- han pasado experiencias similares. La más emblemática, sin duda alguna, es la de la hiperinflación alemana de 1920, ocasionada por las reparaciones de guerra, que por 100 años ha hecho de los alemanes uno de los pueblos más frugales del mundo, y más inmunes al canto de sirenas populistas.

La luz al final del túnel es ver a nuestro alrededor cómo reaccionan los peruanos, chilenos, colombianos, hasta bolivianos y ecuatorianos, más cercanos ellos a las predicas del chavismo, cuando alguien pretende repartir lo que no hay desde las alturas del poder. Es obvio, habiendo pasado por este calvario, nuestros vecinos están dispuestos a experimentar, siempre y cuando no le toquen la moneda y la estabilidad de precios. Pero ¿habremos aprendido la lección también nosotros los venezolanos? Amanecerá y veremos.

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