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Juan Arias: El estratégico perdón de Lula a los golpistas

En Minas Gerais, en días pasados, Lula da Silva sorprendió a la opinión pública al confesar: “estoy perdonando a los golpistas de este país”. Se refería a los partidos y a los políticos que apoyaron la destitución de la presidenta Dilma Rousseff y que el Partido de los Trabajadores (PT) denunció como un “golpe parlamentario”.

Nadie puede negar que el popular expresidente es un gran estratega político. Su confesión en plaza pública, rodeado por los seguidores de su partido, con Dilma a su lado, solo puede significar algo más allá de un acto de perdón cristiano.

La inesperada afirmación de Lula de querer acercarse a los golpistas se ha dado, en efecto, en un momento crítico de la política nacional. En vísperas de unas elecciones presidenciales con las mayores incógnitas en muchos años y en las que el partido clave de la izquierda, el PT de Lula, se lo juega todo. Su líder indiscutible es acosado por la justicia y podría quedar fuera de la disputa presidencial sin que aparezca en el horizonte un candidato creíble y capaz de sustituirle con éxito.

Lula no es de los políticos que se resigna a perder, ni aún cuando se ve con el agua al cuello. Es capaz, en el último momento, de sacar de la manga la carta que nadie esperaba. En este caso, cuando se ve más acosado que nunca, Lula no podía quedarse aislado o fuera del juego. Convencido de que la batalla judicial no le es favorable y que tendrá que enfrentar varios procesos más y nuevas condenas, acude a sus viejos amigos de los partidos conservadores, con quienes ya había gobernado para que le ayuden a salir del atolladero y auxilien al PT a resurgir en las urnas.

Acosado sobre todo por una posible deletérea delación de Antonio Palocci, que había sido su brazo derecho en el Gobierno, Lula sabe que el PT no se salvará solo. En este momento, son sus compañeros de infortunio judicial, partidos y políticos corruptos, que hoy están en el poder, los que pueden intentar “parar la sangría” en la herida abierta por los jueces en la lucha contra la corrupción, que amenaza a todos los partidos más importantes.

Lula sabía cuando decidió perdonar a los golpistas, con las consecuencias que ello podría acarrear, que sin la fuerza del PMDB y de sus satélites y sin la fuerza del gobierno del golpista Temer, que ha conseguido salir a flote de la tormenta de acusaciones salvado por el Congreso, el PT sería hoy el más perjudicado en las urnas pudiendo reducirse a un partido marginal.

Y Lula sabía que también la parte de Temer y los suyos, que tienen hoy la baza de haber parado la recesión y la crisis económica dejada por Dilma, no desprecia un abrazo de reconciliación con el líder carismático que aún recoge el 35% de los votos. Se puede gobernar sin Lula, pero no contra él, que ha demostrado ser capaz de resucitar siempre como el ave Fénix de sus propias caídas.

No se puede olvidar que ese pacto que hoy intenta Lula al perdonar a los golpistas ya había iniciado en el interior del hospital en el que estaba agonizando Doña Marisa, su esposa. Aquel perdón tuvo allí su primer eslabón. Lula y Temer se abrazaron frente a medio gobierno golpista presente. Allí se empezó a tejer la túnica de una posible reconciliación del PT con la derecha en el intento de salvarse todos juntos de la operación Lava Jato.

Quedaría solo la incógnita de cómo recibirán el perdón los militantes del PT, que creyeron al líder cuando proclamó que la salida de Dilma había sido un golpe. ¿Qué pensarán los movimientos sociales que lucharon para salvar a Dilma y los movimientos progresistas que se manifestaron contra el golpe y los millones de brasileños que lloraron cuando fue depuesta? ¿Entenderán todos ellos la maquiavélica estrategia política de Lula? ¿Perdonarán su osadía? ¿Y Dilma? ¿También ella va a perdonar a quienes la arrancaron del Planalto?

Quizás lo que salve al líder carismático Lula y a su estrategia de poder, en el momento más frágil de su carrera política, es que es capaz de ser él y su contrario. Y si hoy perdona a los golpistas, mañana, si la diosa política lo exigiera, podría retirarles su perdón. Lula es político antes que nada. Y con un particular del que gozan pocos políticos: a él se le acaba perdonando todo, fuera y dentro del partido, del que es el principio y el fin.

¿Por qué será?

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