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Jesús Alberto Castillo: El voto, el arma de la democracia

“El que no sabe a dónde va, ningún viento le será favorable” Séneca

Es razonable para algunos que no hay condiciones de participar en las elecciones municipales de diciembre. Otros argumentarán que quienes participen legitimarán el régimen tramposo de Maduro. Por su parte, habrá un sector que apostará a pasar agachado en estas elecciones para reforzarse en las elecciones presidenciales, tal como lo ha anunciado un ala de la defenestrada MUD. Todos esos argumentos pueden sonar lógico al oído de quienes ven la realidad lineal o maniquea (en blanco y negro). Pero, para quienes creemos que la política es un escenario complejo, lleno de incertidumbre y entretejidos cognitivos, la abstención no sólo es un error garrafal, sino un discurso que esconde la debilidad de un determinado sector en la arena electoral.

Para los estudiosos y expertos en el tema, la política es un escenario que se diferencia de la guerra porque sus actores son capaces de entenderse, independientemente de sus deseos e intereses grupales. En la arena política, al igual que la guerra, se presentan adversarios que presentan estrategias para resultar vencedores. Es una medición donde se dejan de lados las pasiones y se actúa con la cabeza bien puesta. “Una cosa es el deseo y la otra es poder hacer lo que se anhela”. Una regla de oro que no debe desestimarse en esta dura y peliaguda batalla de las ideas. Quien pretenda salir airoso en política debe ser sensato y astuto. Es cierto que ha de tenerse principios, pero eso no es suficiente. Se requiere de racionalidad y comprensión de la realidad emergente.

Estas reflexiones son pertinentes para hacer frente al llamado abstencionista de algunos voceros opositores en las elecciones municipales. No han logrado asimilar que en política, al igual que en la guerra, se gana y se pierde. Claro, en el primer escenario se enfrentan ideas y poder, en el segundo la existencia física. Por eso, muchos se echan a morir cuando sufren una derrota electoral y no se reponen fácilmente. Creen fielmente que se acabó la política y generan desesperanza a sus seguidores. La cruda realidad nos enseña que no todo se acaba con unos resultados electorales. El ejemplo más notorio lo representa la derrota sufrida por el oficialismo en las parlamentarias del 2005 y Maduro, en vez de echarse a morir, infló a sus seguidores de optimismo, para hegemonizar políticamente con los resultados de la Asamblea Nacional Constituyente y Gobernadores de Estado en este año. En tan solo 2 años, lo que parecía imposible, se cambió la realidad.

Aprender de esos eventos es la mejor forma de concebir la praxis política. Los espacios no pueden abandonarse por muy adversos que parezcan. Mucho menos el escenario municipal, donde se conjuga la interacción directa del poder ciudadano con sus gobernantes. Pretender no participar en las elecciones de alcalde es una torpeza más de algunos voceros opositores, tal como ocurrió en las parlamentarias del 2005. Precisamente, 12 años atrás, el oficialismo tomó el control absoluto del parlamento y renovó al resto de los poderes públicos para acentuar más su hegemonía política y persecución judicial contra la disidencia. De estos desaciertos hay que tomar lecciones para enrumbar a una nueva etapa de la estrategia opositora, que debe centrarse en fomentar la participación electoral de sus seguidores, preservar algunas alcaldías y promover candidato unitario con sabor a pueblo para las presidenciales.

Aquí lo que está en juego no es el interés de un determinado color político o capricho de un determinado candidato, sino la propia existencia de la democracia. Esta última representa el régimen perfectible por excelencia que conoce la humanidad. Los demócratas deben crear conciencia de los electores sobre el poder del voto, como el mejor instrumento para producir cambios políticos. Esta tarea pasa por formar ciudadanos y evitar que el sufragio sea una mera mercancía que utilizan los demagogos de turno. Es hora de asumir la responsabilidad histórica de reivindicar el voto y no inculcarle a la gente que no es posible salir de la crisis jamás.

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