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Alberto Mansueti: La mentalidad antipolítica

“La política no puede hacernos a todos felices, pero puede hacernos a todos desgraciados”, dijo el ex presidente español José María Aznar, en un discurso titulado “La reivindicación de la política”. Cierto: la política de izquierdas nos somete al socialismo, que nos roba oportunidades; y así nos hace a todos infelices.

La política liberal, al contrario, impulsa el capitalismo, que no puede hacernos felices, pero nos da oportunidades para labrarnos nuestra felicidad, aunque en grado variable, obvio, dependiendo de las diversas capacidades y habilidades.

Los de izquierda han esparcido una “mentalidad antipolítica”. Es muy hipócrita, porque ellos no dejan de hacer su política; pero es muy efectiva: nos obstaculiza a los liberales hacer la nuestra. Incluso muchos eminentes liberales se han dejado contagiar por esa boba mentalidad antipolítica, que reina soberana en la gran masa de la gente.

Sin embargo John Locke, “Padre del Liberalismo Clásico”, habló sobre “gobierno por consentimiento”, lo que luego se llamó democracia, y sobre el rol central del Parlamento y los partidos. Y Adam Smith, padre del liberalismo económico, escribió “La Riqueza de las Naciones”, sobre la economía “política”, como parte de una obra mayor, que nunca pudo llegar a escribir: “Los principios generales de la ley y el gobierno”. ¡Nada de antipolítica hay en el liberalismo clásico! Porque política, democracia indirecta o “representativa”, y partidos liberales, son las claves esenciales para promover las leyes buenas, las economías libres y sanas, y el justo orden social.

En cambio antipolítica, acción directa y aversión a la democracia y los partidos, siempre fueron cosas propias de las izquierdas. ¿Por qué? Simple: el socialismo rehúye el consentimiento, ya que requiere el uso de alguna clase de fuerza para imponerse. Por eso los socialistas no confiaban demasiado en los partidos: los “utópicos” promovían los falansterios y las cooperativas; Marx y Engels confiaban en los sindicatos; Lenin, Mussolini y Hitler organizaron sus fuerzas de choque militarizadas; Castro y el Che Guevara armaron sus guerrillas. Y ahora, en el Foro de Sao Paulo, los “movimientos sociales y fuerzas populares” son el centro, y los partidos de izquierda y “progresistas” son la periferia. Es la realidad.

La antipolítica siempre fue de ley entre estas gentes; nunca entre los liberales consistentes, porque la política liberal es vital para tener capitalismo de libre mercado, y conservarlo vivo.

Pero la izquierda es básicamente maquiavélica, y si les conviene, entonces dejan atrás sus prejuicios contra el “cretinismo parlamentario” (expresión de Lenin): forman partidos, postulan candidatos, y hacen campañas electorales. Y ganan elecciones. Y una vez trepados al poder, patean la escalera: difunden la mentalidad antipolítica, y así nadie más que ellos pueden tener partidos y ser gobierno.

Es más: los socialistas no se contentan con tener un partido político: siempre tienen varios, con diferentes nombres, logos y colores. Así es como se aseguran de ser gobierno y a la vez oposición, y tienen uno o más partidos de repuesto, para cuando el oficialista de turno se desgaste.

Siempre he admirado la inteligencia de las izquierdas. Y he guardado mi desprecio para los liberales despistados y las derechas imbéciles, que no quieren ver los hechos básicos de la política; y esperan ingenuamente que los socialistas van a “aprender economía”, y se van a “convertir” al liberalismo, y van a aplicar medidas liberales desde el poder.

“A mí no me hables de política; no me interesa porque no me afecta”, dicen muchos jóvenes que estudian ingeniería, medicina, administración o derecho; y luego tienen que trabajar de taxistas, autobuseros o porteros, o limpiar baños, quizá en países extranjeros, porque la política de izquierdas nos impide rehabilitar moral, política y jurídicamente al capitalismo. Así “la política nos hace a todos desgraciados”, como dijo Aznar. Casi 30 millones de latinoamericanos, jóvenes en su mayor parte, viven en el exterior, porque sus países están arruinados por el socialismo. Son demasiadas las vidas frustradas, y las familias separadas, rotas en pedazos. Y lo peor: inmigrantes latinos en EE.UU. y Europa, en el colmo de su analfabetismo político, apoyan las mismas políticas antiliberales que destruyeron sus países de origen, y les obligaron a escapar.

¿Cómo hicieron las izquierdas para meternos tremendo golazo? Simple: ante la decepción popular por los males que nos aquejan y perduran, le echaron la culpa al capitalismo, como siempre, en su versión “Neoliberal” de los ’90, el “Consenso de Washington”, necesario pero insuficiente y mal cumplido. Pero también satanizaron a “la corrupción”: le metieron a la gente en la cabeza el simplismo tonto de que el estatismo no funciona bien porque “se roban todo”. O sea: que de no haber corrupción, ni impunidad para “los ladrones”, entonces la economía intervenida, la “educación pública”, la medicina “socializada”, y las jubilaciones del “Seguro Social”, serían estupendas y maravillosas.

¡Jugada maestra! La masa de gente creyó el cuento, y se expandió la “histeria anticorrupción”. Se vendió el relato de que todos los políticos son corruptos, los partidos no sirven, tampoco el Congreso ni la democracia representativa. Con las consignas de “democracia participativa” y “protagónica”, se compró la vieja mentira de la democracia directa, el “directismo”. Así volvió el socialismo al poder, comenzando el nuevo siglo XXI, pese al derribo del Muro de Berlín y el fin de la U.R.S.S. Y lo peor es que no sólo nos atornillaron firmes las políticas del marxismo clásico, las 10 del Manifiesto de 1848, corrientes y vistas como normales desde la Revolución Rusa (hace 100 años este mes, noviembre); como si eso fuera poco, ¡encima nos encajan el marxismo cultural!

La Agenda LGBTI (que apoyan muchos “libertarios”), les sirven para dos fines a las izquierdas: (1) la ideología de género y la “corrección política” hacen una gruesa cortina de humo que encubre las reales causas del desempleo, la recesión interminable en la economía, y la pobreza; y evita así los incómodos cuestionamientos. (2) Al amparo del relativismo “Posmoderno”, destruyen los valores cristianos, el matrimonio y la familia “burguesas”, y de paso la moral “convencional”, y el sentido común. Todas esas destrucciones, junto con la antipolítica, y el protagonismo otorgadao a los chismes y anécdotas de la politiquería, les ayudan a taponar la salida, y bien taponada; eso es lo que quieren.

A diferencia de muchos liberales de hoy, Ludwig von Mises bien sabía que no hay capitalismo liberal sin los valores morales propios de la civilización. Y sin democracia liberal, con Parlamento y partidos. ¿Por qué? Simple: porque sin Gobierno limitado no hay mercados libres ni respeto por la propiedad privada; y nada de eso tendremos sin partidos liberales, para atajar la marea socialista, y revertir el curso de la historia reciente de nuestra América y el mundo.

En “La mentalidad anticapitalista”, Mises dedicó el primer largo capítulo a sus “causas psicológicas”; y encontró un factor común: el resentimiento, por todas las ambiciones frustradas. ¿De quiénes? De los tantos escritorzuelos, “artistas” y filósofos de cafetín, de los empleaditos de oficina y vendedores de tienda, de los envidiosos parientes pobres de los multimillonarios, etc.; o sea: de los fracasados, de los mediocres. ¡Un genio Mises!

Liberales: basta de seguir la corriente antipolítica por favor. La política de izquierdas nos hundió en los fangos del socialismo. ¿Podemos salir? Claro que sí, con una política de derecha inteligente y anti-sistema; o sea: liberal clásica. Las Cinco Reformas. Hay que leer (o releer) este librito de von Mises, porque la “mentalidad antipolítica” tiene un trasfondo socialista, ligado a la mentalidad anticapitalista.

Muchas gracias a los buenos. Y hasta la próxima, si Dios quiere.

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