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Gloria Cuenca: Un siglo y desapareció

Como sabrán, mis contradictorios lectores, el 7 de noviembre se cumplieron 100 años de la “revolución de octubre” (por el antiguo calendario). Escribo, consciente de que, para muchos creyentes en la utopía marxista, resulta doloroso este siglo transcurrido desde 1917 hasta 2017 cuando, no hay dudas, el comunismo desapareció. Lo determinante: el terrible fracaso y su puesta en acción o implementación no sirvió en ninguno de los países del mundo donde se instauró a fuerza de terror, agresión, violencia y ausencia de humanidad.

Al intentar llevarlo a la práctica, no pudieron cumplir con ninguno de los postulados que planteó Marx, mucho menos Lenin o Mao. La cuestión principal, de la que no les gusta hablar (ni a los revolucionarios, ni a los comunistas), además del tema económico, pasa por la realidad del ser humano. Es la fábula de la construcción del “hombre nuevo”.

Les cuento, contradictorios lectores, que como hija de liberales burgueses, profesionales de la clase media -otrora fuerte y culta- de Venezuela, no entré al marxismo por razones económicas, sino por el planteamiento del humanismo y de la devolución de la identidad, desde el marxismo, al humano. La desalienación como la gran meta. Es lamentable que haya creído tantas mentiras y supuestos falsos.

He escrito en innumerables oportunidades: mi disculpa fue la edad en la que me lancé en esas aventuras, por supuesto, al lado de Adolfo, compañero de todos los momentos vividos. La historia es esta: el hombre nuevo es la promesa básica del comunismo. Un disparate. Por cuanto, al destruir a la burguesía, los malos, los ladrones, los explotadores, como “por arte de magia” desaparecerían, (¿o los liquidarían?) y el “hombre nuevo” tomaría su lugar en la nueva sociedad. ¡Ah, qué de mentiras y falacias! ¡Cómo los sueños de juventud nublan nuestra razón!

Creo que quien conoce algo de la historia de la humanidad sabe que el humano, creado a semejanza de Dios, pierde la divinidad al contacto con el poder y el dinero. Más de uno “se engolosina” con la vida de “encantos de la burguesía”. Nada discretos. Se observa que, entusiasmados con la nueva posición de poder, actúan para obtener una mejor calidad de vida, casi siempre por vía de la corrupción. Lo peor, por el narco y demás delitos comunes. ¡Ah, los comunistas, idealistas materialistas! Todas las revoluciones, incoherentes y perdidas, a pesar de lo que digan.

Del odio escribiré después.

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