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Rudolf Hommes: ¿Autoridad o autoritarismo?

La revista ‘Semana’ del 5 de noviembre revela los resultados de un estudio del Centro Nacional de Consultoría (CNC) que parece mostrar que una mayoría de los colombianos se inclinan a favor del autoritarismo y que entre ese grupo hay un segmento recalcitrante que piensa que el país necesita “un líder fuerte y decidido que destruya la maldad y nos devuelva por el camino verdadero”. Ellos favorecen a aspirantes como Óscar Iván Zuluaga, Germán Vargas; Viviane Morales, enhorabuena retirada del Partido Liberal, Iván Duque y Juan Manuel Galán (!). El posicionamiento de este último lo atribuyen a que la memoria de su padre evoca autoridad.

Al padre no le hubiera gustado estar en ese grupo de candidatos y mucho menos que confundieran autoritarismo con autoridad, que es lo que están haciendo los que ofrecen esa explicación. Galán creía en la autoridad, pero de un Estado democrático liberal en el que la constitución y las leyes le ponen límites al ejercicio del poder del Gobierno para que ejerza su autoridad con moderación y respetando los derechos de los ciudadanos y su libertad.

La pregunta en la que el CNC basa su conclusión de que Colombia se está moviendo a la derecha es: “¿Viviríamos en un país mejor si respetamos nuestras tradiciones, hacemos lo que nos dicen las autoridades y nos deshacemos de las ‘manzanas podridas’ que están echando todo a perder?”. Se presta a interpretaciones y no tiene suficiente poder discriminante para llegar a esa conclusión. Una persona liberal demócrata puede estar de acuerdo con ella si entiende que las autoridades respetan las normas, que las tradiciones están reflejadas en ellas, que ‘deshacernos’ no quiere decir asesinar o desaparecer y que ‘manzanas podridas’ son la mafia, los paramilitares y los corruptos, por ejemplo. Por eso, dentro del grupo supuestamente proautoritario hay otro segmento que se aferra a una cosmovisión liberal y votaría por candidatos democráticos.

El autoritarismo no pega si hay constituciones, leyes y respeto a los derechos de los ciudadanos y el Estado cumple a cabalidad sus funciones. Es cuando no funciona el Estado o no hace presencia con pleno ejercicio de su autoridad en toda la nación cuando surgen las preferencias electorales por “líderes autoritarios carismáticos” u “hombres fuertes”. Y es también cuando naciones civilizadas con tradiciones centenarias o milenarias de respeto al ser humano caen en la tentación de elegir extremistas cuando las llevan a su destrucción y a barbarie sin precedentes, como sucedió en Alemania. O causan la muerte de decenas de millones de personas, como en Rusia y China.

Hay autoritarismos más democráticos que pueden salir más o menos bien, como el de Correa en Ecuador o el de Lee Kuan Yew en Singapur. Pero el autoritarismo conlleva un alto riesgo de provocar catástrofes por falta de controles, como ha ocurrido en Venezuela. En Colombia también ha sucedido a nivel local cuando se ha querido ejercer autoridad delegando a paramilitares o dejándolos actuar libremente. En territorios dominados por ellos en varios departamentos impusieron un régimen del terror para anular al ser humano, ensañándose contra las mujeres jóvenes, que rivaliza con los peores de la historia (reportaje de Angy Alvarado sobre la violencia sexual del bloque Central Bolívar, EL TIEMPO, 5-10-17, p. 5.4).

Afortunadamente, los demócratas liberales se están agrupando a favor de candidatos que garantizan que no sea ese el rumbo del país que se va a recuperar. Patentes de corso para aterrorizar a la población no deben volverse a expedir. Es urgente, entonces, que los demócratas voten en masa por la paz y por un Estado de derecho eficaz y democrático el próximo domingo y no paren hasta elegir presidente.

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