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Earle Herrera: Unidad tóxica

El problema de la MUD es que el orden de sus factores sí altera el producto y, para colmo, tóxicamente. Lo que puede significar una victoria del todo –parlamentarias del 2015– significa la preponderancia de unas partes sobre otras. Y aquí empieza el merequetén. En política, las matemáticas son caprichosas, aunque sigan siendo una ciencia exacta.

Una vez alcanzada la victoria circunstancial, los aliados se desatan a discutir quién aportó más y si la repartición del botín se corresponde con el esfuerzo de cada cual. La presidencia de la AN en 2015 no se la llevó el partido que sacó más diputados, sino el mismo que con menos votos, se alzó en 2017 con más candidaturas a las gobernaciones. De estas, logró coronar cuatro contra una de sus aliados, quienes al final se quedaron sin ninguna por una infecunda malcriadez que pretendieron gloriosa. Ya esto no es culpa de las matemáticas ni de la estaca.

En la oposición, así la barnicen de “libertad” y “resistencia”, la unidad se resquebraja logrado el objetivo o ante su espejismo. Es lo que ha venido pasando en la MUD, desde el canibalismo que se desató en el Fuerte Tiuna cuando “derrocaron” a Chávez en 2002, hasta la sesión en la que decidieron que Maduro “abandonó” el poder, algo que Chúo Torrealba llamó “excrecencia tropical”, sin explicar ese insólito hallazgo lingüístico.

Toda unidad en la derecha está llena de suspicacias. Es una paradoja, pero Chávez ayer y Maduro ahora garantizan la vida política de todos los opositores. En cambio, la presidencia y preeminencia de unos de ellos, significa la extinción de los otros. Primero Justicia iría por sus pares mellizos, Voluntad Popular, y viceversa. De triunfar un candidato de AD, el viejo partido desataría su venganza reprimida contra los lechuguinos que tanto la humillaron. Estos, por su parte, no tardarían en deglutir al viejito que se los clavó en cada “negociación”.

Cierto que la embajada de Valle Arriba suele meter en cintura a sus cachorros, pero ni siquiera el pitiyanquismo permite superar los odios mellizales. Y aquí hay algo más que odio, una lucha sin cuartel por la sobrevivencia, donde la victoria de uno conlleva la extinción del otro. De manera que la alianza opositora es una unidad tóxica, autoinmune, letal.

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